Cine y TV 10 Dic 2012
Los ángeles de Rick O´Barry

Delfines, japoneses y ecologistas. Un cóctel explosivo que hace a The Cove un raro ejemplar de la sub-raza ya casi extinta del pop documental.

The Cove es un documental de 2009 que aborda, de una forma muy peculiar, la caza masiva y sistemática de delfines en las costas de Taiji, Japón. Lo mejor del documental es que todo parece mentira, que lo que se muestra parece sacado de una ficción inventada por un adicto a las teorías conspirativas o salida de la mente de un exagerado. Y en realidad, me corrijo, lo mejor del documental es que parece una exageración en tanto que todo lo que muestra, desde el operativo que tienen que montar los buenos de la película para llegar al fondo del asunto "un equipo que recuerda a los Ocean's Eleven de Soderbergh" hasta la actitud de los cazadores de delfines, es como demasiado. Todo parece incubarse en condiciones extremas y extraordinarias.

El objetivo del equipo -encabezado por Rick O'Barry, otrora entrenador de Flipper- es mostrar cómo más de veintitrés mil delfines y sus crías son cazados en ese pueblo de Japón, en condiciones realmente arcaicas y para fines inexplicables, de modo que la narración se articula alrededor de la conciencia arrepentida de O'Barry y su incansable sensibilidad de militante ecológico que se superpone con la fría crueldad de los cazadores japoneses. Si hablamos de superposición y no de contraste es, precisamente, porque la crueldad y el arcaísmo surgen como algo que la realidad le devuelve a un tipo que, en los años 60, había sido la cara visible de una industria que se iba a construir en base a la captura de delfines y otras criaturas marinas para la construcción de parques acuáticos alrededor del mundo. Y, honestamente, ¿en que otras condiciones podemos hablar de crueldad? ¿En qué sentido sería cruel la caza de delfines si no se tratara de un animal que el humano reconoce que posee una inteligencia cercana a la suya? Hay algo en todo esto que nos hace pensar en el otro significado de la palabra delfín, el de sucesor en el mando, continuador de la dinastía. En sus dos acepciones, el delfín es el que secunda, en un caso en inteligencia, en el otro en poder. Basta con imaginarnos -o recordar- casos de sucesores, naturales o políticos, que han sido apresados, maltratados y expuestos al ridículo para hacernos una idea de lo que significa la crueldad para con el delfín en la imagen que el humano tiene de sí mismo y su relación con las criaturas de esa especie.

Al documental no le falta ni el glamour de la técnica -encarnado en personas que uno no puede creer que se ganen la vida de maneras tan extravagantes-, ni el pragmatismo de la mafia y el lobby internacional. Lo que ocurre es que entre esos dos extremos va creciendo poco a poco un aparato independiente de reproducción de la industria compuesto de consumidores y trabajadores de la caza. Lo que impacta es la paradójica cotidianeidad de eso que nos parece tan exagerado. Porque ese es el límite de la denuncia respecto de los delfines pero también, en general, respecto de las formas de producción y los hábitos de consumo que nos dejó el neoliberalismo. Estamos todos en esa, hasta las pelotas.

No obstante, a The Cove no le falta tampoco la salida liberal progresista. La cosa termina con O'Barry paseándose por una convención repleta de diplomáticos, con un televisor de 14 pulgadas colgado del cuello, mostrando los videos recogidos por su equipo, con esa mirada nostálgica tan característica de los "activistas" sesentistas. Todo muy de esa incorrección bienintencionada, por un fin más alto. "Heroes" corona el cierre y nos conmovemos. En serio nos conmovemos, no hace falta ser cínicos con esto. Bowie y los delfines nadando en libertad nos llegan hasta la médula y casi casi que termina la peli y entrás a la página de la Oceanic Preservation Society para donar plata. Pero lo que más pega, quizá, sean las palabras de O'Barry del final: "If we can't fix this, forget about the bigger issues. There's no hope."

Terminan los títulos y uno se queda en ese espacio indefinido que representa, no la esperanza, sino sus márgenes. Un espacio que se abre entre la impotencia y las ganas de salir a romper todo. Mientras escribo esto pienso cómo mi generación -los más o menos 87- hizo de ese espacio intermedio un aparato de elaboración muy peculiar de la experiencia. Porque así como nosotros vimos siendo muy jóvenes la remake de Flipper -año 96, con un pubertoso Elijah Wood- y visitamos un flamante Mundo Marino camino a Pinamar, fuimos espectadores pasivos de la remake neoliberal del Consenso de Washington durante el menemismo, mientras le quemábamos la cabeza a nuestros viejos con todo lo que fuera un producto de Mattel. Nosotros no inventamos nada -quizá con la salvedad de los emos e Instagram- que nos haya estallado en la cara. No tenemos la experiencia de la crueldad en carne propia pero sabemos, algo nos indica, que es una cuestión de tiempo. Con The Cove pasa algo de eso: nos conmovemos porque igual vislumbramos que estamos todos en esa, hasta las pelotas.

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