La pieza diferente: veintiuno

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La que siguió a la audiencia con las Ihalim fue una de las noches más largas en la vida de Faghad. Para cuando la luz del día entró a iluminar los pies de su cama, le dolían la garganta y los ojos de tanto llorar, las manos de tanto apretarlas, y las piernas de tanto temblar. En algún momento de la noche creyó sentir la manta fría de la fiebre que la envolvía pese al calor del verano.

Cuando el carro de Amberó avanzó en el cielo y llegó a iluminarle la cara, cruzó un brazo sobre los ojos. No se sentía capaz de moverse más que eso, y no quería ver el tiempo pasar.

La prima de Desfret. La heredera de las Ihalim. Porque a las Siete no les bastaba con haberla hecho mujer.

Sería prudente dejar esas nimiedades, levantarse y comenzar a bosquejar un plan de acción para resolver el conflicto entre las Ihalim y las Zaelim.

Sería prudente.

Pero de momento no podía pensar. Mucho menos levantarse.

Si dejaba todo estar, iba a terminar haciéndole compañía a su madre en los tranquilos jardines que florecen del otro lado del sueño. Reposar, dejar el cuerpo en las bóvedas de las grandes, un sótano más abajo que Dapes la Pacífica, como corresponde a hija de reina, no le resultaba entonces una idea tan terrible.

Escuchó eventualmente el paso ligero de Ariana, la nueva sígadim a su cargo, que pasaba a comprobar si se había finalmente levantado y necesitaba algo. Juntó como pudo aire para hablar, y la saludó sin mirarla ni cambiar de posición. Se excusó, y le pidió que sirviera una jarra de daghar y la dejara sola.

Dejó pasar el tiempo en silencio, procurando no contarlo. En algún momento, quizás, durmió, con ese sueño inquieto, entrecortado, plagado de imágenes, que es difícil diferenciar de una vigilia soñolienta cargada de recuerdos. Escuchó de a poco a la ciudad despertarse sin ella, los sonidos lejanos del curso normal de otras vidas, el paso cercano de Diorde que le dejaba preparada el agua para su baño al otro lado de la habitación, cargando desde el pasillo los toneles de agua que algún otro habría subido más temprano.

Escuchó eventualmente un paso más pesado que los demás, un carraspeo y una voz conocidos.

—Faghad, hija —la llamó Riorrem—, ya es pasado el mediodía, ¿no es un poco tarde para que la Consejera duerma?

Él se sentó en la cama y le posó una mano sobre el hombro. Se tranquilizó cuando la sintió moverse y responder, si bien poco, al gesto.

—Necesito hablar con vos, además.

—No me siento bien —respondió ella, girándose apenas—, no pude casi dormir. No es nada, en serio, todavía tengo que acostumbrarme al ritmo, nada más. Ahora me levanto. ¿Asumo que lo que sea puede esperar un rato, hasta que pase la media tarde, verdad?

—Un rato —respondió Riorrem, no muy convencido.

—Bien. ¿Te busco o podrás subir de nuevo?

—Subo, no tengo tanto espacio en mi nueva habitación.

—Te tengo dicho que bien podrías mudarte a esta torre, espacio hay —lo miró con los ojos entrecerrados para acostumbrarse a la luz. Notó el gesto preocupado de su padre y la invadió la culpa. ¿Qué derecho tenía a descuidar todo por la angustia nimia de un beso en mal lugar y mala hora dado? Amores malditos por Sílik los suyos.

—Podemos hablar de mi situación habitacional en otro momento, Faghad. Ahora las prioridades son otras. ¿Estás segura de que estás bien?

—No te preocupes. Dame algo de tiempo, necesito sacarme la mala noche de encima, es cuestión de bañarme y comer algo —procuró sonreír. No necesitó un espejo para saber que había fallado.

Riorrem le pasó una mano por el pelo, la saludó con un beso en la frente y se fue. Ella notó los hombros caídos de su padre mientras cerraba tras de sí la puerta, y pudo brevemente entrever cómo habría de ser cuando anciano.

Se sentó en la cama. Tenía la boca pastosa, y el blanco de las sábanas le hería los ojos. Desvió la mirada para un sector oscuro de los murales que adornaban la habitación.

Oyó otros pasos en la escalera, que se acercaban mientras los de Riorrem se alejaban. Pasos más ligeros y desordenados. Finalmente llegaron al otro lado de la puerta, y escuchó tres golpes rápidos, nerviosos.

—Adelante —respondió Faghad.

El que entró era un niño de no más de ocho años, con rasgos extranjeros. A juzgar por la ropa, el amarillo brillante de los ojos, la palidez pecosa y el cabello rizado, probablemente el hijo de alguna painoné o esclava méspara. La saludó con cortesía asustadiza y le alcanzó una pieza de papel, lacrada con el sello de la heredera de las Ihalim.

Sintió que se le aceleraba el corazón “Por lo menos tiene la delicadeza de enviar un mensajero que no sabe leer”, pensó.

Buscó una moneda para darle al niño a cambio del papel, le dio las gracias para que se fuera y se quedó mirando el sello, sin atreverse a romperlo. Finalmente abrió la carta con dedos temblorosos y leyó. Sólo tres frases, en la misma letra fina que ya conocía: “Por lo menos pude verte una vez más. Prometo no volver a importunarte. Por favor, no me odies”.

Leyó las palabras varias veces, intentando leer en ellas la noche que habría pasado por su parte Dedemie Ihalim antes de escribirlas.

—¿Tengo que llevar una respuesta? —preguntó el mensajero, y recién entonces Faghad cayó en la cuenta de que no había salido, de que se había quedado ahí todo ese tiempo—. Tengo instrucciones de esperar una respuesta —le dijo.

Faghad se levantó, buscó rápidamente una barra de grafito sobre una de sus mesas de lectura y, tras dudarlo un poco, añadió una única línea abajo: “Querría, pero no me sale odiarte”.

Limpió el lacre viejo y reselló el papel, por las dudas, con un sello en blanco, antes de devolvérselo al niño.

Recién cuando el pequeño mensajero estuvo bien lejos de su alcance se le ocurrió pensar que, tal vez, hubiera preferido usar un papel nuevo para la respuesta y conservar para sí el mensaje de Dedemie.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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