La pieza diferente: veintitres

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De todos los prodigios que esconde el mundo, quizás el que Turog Ihalim menos había imaginado ver era el llanto de su hermana Dedemie. Había escuchado, de paso frente a su puerta, en el silencio del pasillo vacío, el sonido apagado de sus sollozos, y contra su costumbre había decidido casi sin pensarlo entrar sin golpear, imaginándola herida o enferma.

Encontró la puerta sin pasador. Adentro, las cortinas de junco estaban corridas, y dejaban pasar apenas unos rayos de luz por las dos angostas ventanas, que dejaban la amplia estancia en penumbras. Sobre los almohadones del rincón, sentada abrazada a sus rodillas, Dedemie lloraba, haciendo un esfuerzo visible pero infructuoso por no hacer ruido. Levantó la cabeza con sobresalto al escuchar la puerta. Pero volvió a bajarla cuando lo vio.

—Ah, sos vos —le dijo, en un hilo ahogado de voz—. Por favor entrá, cerrá la puerta y pasá la traba.

Turog obedeció, y se quedó de pie en el medio de la habitación, desorientado y sin saber bien qué hacer.

—Abrazame, idiota —le ordenó Dedemie, y trató de sonreír. Pero no le salió, y la sonrisa se le congeló en una mueca amarga.

—Es que no sé consolar gente —se excusó Turog, mientras se sentaba a su lado y le pasaba un brazo por sobre los hombros amplios—. No estoy acostumbrado, verás. ¿Se podrá saber qué te ocurre?

Dedemie no contestó. Hizo un esfuerzo para serenarse. Estiró la mano derecha hacia una de las cortinas, y la descorrió un poco. Podía ver desde allí al que supuso hijo de alguna mercader de telas, que entregaba su mercancía a un painoner de la Casa Roja, en el camino que llevaba a la segunda puerta. Se empezaba a levantar el polvo del día de Bjurikti desde abajo.

—¿Y, entonces, me vas a decir qué nujes verdes te pasa?

—Es una estupidez, ya se me va a pasar.

Pero escondió la cabeza entre las manos, y Turog, con espanto, la sintió temblar. Ella lo había visto llorar montones de veces, y siempre había encontrado la forma de sacarle una sonrisa, tenía un talento especial para eso. Él no tenía ese entrenamiento. Conocía, claro (como mucha gente, por otra parte), la ira de Dedemie Ihalim, y un par de veces, cosa menos habitual, la había visto triste. Lo que normalmente quería decir verla encerrarse a tallar lanzas y puntas de flecha en el taller, en silencio, hasta lastimarse las manos. Pero verla derrumbarse de ese modo, por vez primera, le resultaba un espectáculo aterrador.

—No suena a una estupidez, hermana.

—No es nada que no le pase a todo el mundo, eventualmente. Material para el glario de los malos juglares. Creía que me iba a salvar de eso, pero acá me ves —y esbozó apenas una sonrisa torcida entre las lágrimas—. Me serviría que cantes algo. No una canción de amor, por favor. La Elegía de Anadora podría funcionar.

Turog obedeció, y se puso de pie, para buscar dentro del armario esquinero el glario maltratado de su hermana. Lo probó con resignación, y el sonido completamente falto de armonía de las cuerdas completamente desafinadas lo hizo fruncir el entrecejo. Era, de por sí, un instrumento bastante malo, difícil de afinar y de tocar. La forma material que había encontrado Zuria para opinar sobre el talento musical de su hija mayor, cuando Dedemie había pedido insistentemente un glario a los doce y su madre no había encontrado un buen motivo para negárselo. Por lo menos esta vez tenía todas las cuerdas. Señal de que Dedemie, que no se daba por vencida tan fácil, había estado tratando otra vez más de sacarle algo parecido a sonido.

—¿Debo entender que lo tuyo es mal de amores, entonces? ¿Pero quién puede decirte que no?

—Tocá y no preguntes.

—Voy a tardar un poco en conseguir que esta cosa suene. Y si no vas a contarle al que compartió la incomodidad del vientre de Zuria con vos, a tu mellizo, ¿a quién si no? No es buena la pena de amor que no se comparte, hermanita.

Y se sentó cruzado de piernas frente a ella, luchando con el instrumento. En algún momento, evidentemente, la vieja profesora de música se había resignado a la falta casi absoluta de oído de su alumna y le había atado cuerdas al mango para marcar trastes y facilitarle un poco la tarea. Pero Dedemie, que hace rato que no tomaba clases, no se había molestado en pedirle a nadie que se las acomodara. Ahora estaban corridas de lugar, y hacían cualquier cosa parecida a afinar imposible. Turog se vio obligado a sacar de su cinto una navaja y cortarlas todas, una por una, para poder tocar con el mango libre, a su modo. Por un momento Dedemie abrió la boca para protestar, pero la cerró sin emitir sonido, y volvió a echar un vistazo al camino por la rendija de luz que dejaba la cortina apenas abierta.

—Bueno, creo que ahí está —dijo, no muy convencido, Turog, probando el arpegio con el que solía comenzar su versión de la Elegía de Anadora—. Hagamos un trato: yo te canto la Elegía y vos me contás bien qué te pasa, ¿te parece?

—No. Si no tenés ganas de tocar te podés ir.

—Ya pasé cuatro eternidades afinando este esperpento de los calabozos de Inúmare que tenés por glario, no me voy a ir.

—Tu elección. Si querés tocarme una canción, creo que me va a hacer bien. Pero no puedo pagarte y satisfacer tu curiosidad esta vez.

Resignado, Turog tomó aire y entonó, con su voz profunda y suave


Del día fatídico la negra noche
de una luna sola a las puertas llegó
de Bjurikti, despierta en manos traidoras,
la promesa de paz el Gamir se llevó
corriente abajo,
corriente abajo…


Pero no había llegado a cantar sino esa primera estrofa cuando lo interrumpieron cuatro golpes rápidos en la puerta de la habitación.

—Soy yo, Shídir —se identificó una voz aguda, infantil, del otro lado, sin esperar a que se lo pidieran.

—Qué raro —comentó Dedemie—, no lo oí llegar, debió entrar por la otra puerta. Que pase.

Turog descorrió el pasador y abrió la puerta. Como una tromba entró un niño de rasgos mésparos, que sin mirarlo se dirigió a Dedemie con entusiasmo.

—Respondió, la Consejera respondió, no me echó ni me mandó azotar. Me dio una moneda y todo. Tome, mire, la Consejera respondió.

—Gracias, Shídir, pero te pedí que no le comentaras esto a nadie.

Shídir se dio media vuelta, miró a Turog, y la volvió a mirar.

—Disculpe, creí que estábamos solos.

—¿Y creés que las puertas en la Casa Roja se abren solas? Vamos, dejame eso y no comentes esto con nadie. Con nadie. Nunca pasó, ¿se entiende? —le dijo, intentando lucir enojada pero sin poder ocultar del todo bien su entusiasmo. Le dio una generosa cantidad de monedas de cobre y lo dejó partir.

Cuando el niño hubo cerrado la puerta, cerró los ojos, tomó aire, tragó saliva, abrió el sello, desplegó el papel y leyó la única frase, garabateada en grafito, que oficiaba de respuesta. Turog la vio leer y releer, visiblemente aliviada. No necesitó ni siquiera destreza para sacarle el papel de las manos.

—¿La Consejera? ¿Faghad de las Sulim? ¿En serio? —comentó, mientras se apuraba a leer antes de que su hermana reaccionara—Con razón tanto interés en preservarla con vida, hermana. Quién lo hubiera dicho. Bah, me imaginaba que… Pero ¿Faghad de las Sulim? ¿En serio? Ni siquiera es exactamente bonita.

Dedemie se puso de pie, visiblemente incómoda.

—Turog, devolveme eso, por favor. No es nada, en serio. La vi un par de veces, cuando trataba de salvarle el pelo. Me creyó el papel de jovencito, me dio un beso, eso es todo. Cuestión zanjada, ahora sólo resta que todos nos olvidemos del asunto y…

—Pero no llorabas así por una confusión. Soy tu hermano, podés ser franca conmigo.

—Es todo un error, me tranquiliza saber que no puse a la Casa en peligro...

—¿O creés que no supe lo de la bella Alide Veeklim? Vamos, Dedemie. Te conozco. Y esto que le escribiste habla de otra cosa, muy distinta de un mero error.

Dedemie recuperó su carta y se dejó caer nuevamente en los almohadones del rincón.

—Es que, ¿qué voy a hacer, Turog? Con Alide no fue más que un juego que alguna vez se fue un poco lejos. Esto no es lo mismo. Sabés que no.

—No, claro que no. Alide era linda. Y mamá Zuria y tía Nuralia no la odian. Pero por lo demás…

—Y la Consejera Faghad no quiere nada conmigo, seguro.

—Del mensaje, a mí no me queda para nada tan claro, hay que decir…

Dedemie lo miró, y Turog pudo adivinar el vértigo en el estómago, la sensación de caída libre, la esperanza y el miedo. Estaba perdida. Por una vez le tocaba a ella.

Pensó en el cuerpo menudo de su Aorion, tan distinta, tan lejos. “¿Le corre sangre por las venas a esa chica, estás seguro? Yo creo que se murió dormida a los doce o trece y no se dio cuenta”, había sido el comentario cruel de su hermana sobre su amante lubacaya. Pero los había ayudado, y había sido todo lo amable que era capaz de ser, que viniendo de Dedemie no era una deferencia menor. Y hasta había cedido la mitad de sus badronas mensajeras por ellos.

—Bueno, por lo pronto creo que esa línea amerita una respuesta. Podés proponer aclarar las cosas en persona, sugerir coordenadas para un encuentro, y ver qué pasa.

—Es una locura eso, Turog —respondió, pero se cruzó de piernas y se inclinó hacia adelante, mucho más animada.

Turog jugueteó con un arpegio alegre en el glario, y se sentó frente a ella.

—No creo. Esta respuesta habilita a que por lo menos lo propongas. A lo sumo te responderá un poco más cortante que no te quiere ver, y tendrás que dejar pasar un tiempo para reintentarlo. Pero diría que es muy probable que acepte. Eso sí, vas a tener que conseguirte un mejor modo de enviar mensajes, está visto que este… ¿Shédir? ¿Sheódir? Como sea, este nene mésparo que vino recién no es fiable. No porque parezca tener mala voluntad, pero es un poco imbécil, convengamos. Mirá si en vez de ser yo era, no sé, tu amiga Libítare Qualim, que tiene esa bella costumbre de aparecerse donde no la llaman.

—¿Y qué va a hacer Libítare acá en mi habitación de la Casa Roja, me querés decir? Pero entiendo a lo que vas. Podría haber sido Kiana, o mamá misma —Dedemie se sacudió, exagerando el escalofrío ante la idea.

—Y lo mejor sería usar a alguien que de por sí suela ir al palacio. O que no llame tanto la atención. Vamos, que esos ojos amarillos son una antorcha en el medio de una cueva, ¿no tenías a alguien más llamativo que mandar? Se ve que esta muchacha te nubla el juicio, hermana.

Dedemie frunció el entrecejo y los labios, y se llevó una mano al mentón, preocupada.

—La idea era mandar a alguien que no supiera leer, y que no fuera tan fácil de rastrear hasta la Casa Roja. Es el hijo de una de las lavanderas.

—Pero justamente, es alguien que va a llamar la atención tanto en el Palacio como en la Casa Roja. Agradezcamos a las Siete y al manto protector de Sílik si nadie lo vio y lo notó. Por lo pronto creo que lo mejor sería difuminar un poco la pista. Digamos, creo que si algo de esto llegara a oídos de mamá, sería terrible, sin lugar a dudas. Pero resultaría infinitamente más leve y manejable si pensara que la Consejera Faghad Sulim me requirió de amores a mí y yo cedí. Mejor que a los próximos mensajeros los mande yo, así ellos tienen más bien esa vaga idea. Y ya que nombrábamos a Libítare, creo que se me ocurre a quién enviar y todo. En fin, ¿todavía querés que te cante la Elegía de Anadora? ¿O me hiciste afinar esta porquería para nada?

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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