La pieza diferente: veintisiete

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Libítare Qualim apuntó la última de sus flechas y esparció, con un sonido sordo, las semillas que llenaban la más pequeña de las bolsitas de tela que su entrenadora había colgado de una rama. Miró a su protegido Nígot con sorna, que todavía luchaba para tensar el arco de forma correcta, y que no había podido dar en más de dos blancos de los más cercanos y enormes en toda la tarde, y hundió las manos en un cuenco de agua helada que Ígare Qualim, la vieja maestra de armas, les había dejado antes de irse. Bebió un poco, se echó otra parte en el pelo y el cuello, y se fue con un saludo burlón.

En el terraplén contiguo al fuerte antiguo, Nígot y Turog se quedaron solos, finalmente. Turog, de todas maneras, esperó tres flechas más para finalmente sacar el tema.

—¿Pudiste llevarle mi carta?

Nígot entendió que el entrenamiento había terminado, y se echó bufando una buena cantidad de agua en el rostro antes de responder.

—Sí. Me hizo esperar y me dio una respuesta, también —dijo, y señaló hacia su bolsa de cuero negro. Turog la abrió y sacó un papel, doblado con prolijidad en varias partes y con dos grandes sellos en blanco. Los rompió con calculada prisa y la desplegó.

—¿Y?

—Este es un asunto entre la Consejera y yo, Nígot. No vas a pretender que te lea sus cartas, ¿no?

—No, claro, perdón, preguntaba si eran buenas noticias —se excusó rápidamente, pero con una nota de decepción en la voz. Turog se guardó el papel en el fondo del carcaj bajo las dos flechas que le restaban, y se rió con ganas.

—Si hubiera sabido que me había procurado un mensajero tan indiscreto… —Nígot abrió la boca para excusarse, pero Turog continuó, y no lo dejó hablar—Mejor dejarlo así. Por favor, bajo ningún concepto comentes esto con nadie. Y por “nadie” me refiero sobre todo a Libítare. Ya es todo bastante complicado como está.

—Hubiese jurado que tenías algo con la emisaria lubacaya esa que llevé… ¿Cómo se llamaba?

—¿Aorion? Bueno, esto es completamente otra cosa... Mirá, prefiero no hablar de esto, todo a su debido tiempo.

Turog bebió una buena cantidad de agua, y después sumergió la cabeza completa en el cuenco profundo, que rebalsó y llenó de barro todo alrededor. Nígot lo imitó, y después cargó el cuenco para dejarlo dentro del fuerte. Descolgaron después juntos los blancos que habían quedado intactos y guardaron sin demasiado cuidado todo dentro de un depósito del fuerte.

—¿Podré algún día aprender a tirar? —preguntó Nígot, mientras caminaban despacio hacia la muralla—. No digo bien, aceptable, darle al saco más grande por lo menos. Esto ya es un oprobio.

Turog se rió.

—Es cuestión de práctica. Si no te enseñaron a tirar… A ver, Libítare tensa ese arco casi desde que aprendió a pararse, claro que sabe tirar. A Dedemie y a mí también nos hicieron practicar tardes interminables para eso. Que tu entrenadora haya pasado eso un poco por alto… Ya te nivelarás. Por ahora tu esgrima es impecable, sos mucho mejor con la espada y el hacha garla que cualquiera de nosotros.

—¿Te parece? —Nígot miró a su compañero algo más animado. Turog asintió con una de sus sonrisas amplias.

—Nos vemos mañana. Seguro que le das a algo. Y de nuevo, muchas gracias.

Se despidieron tras pasar la Puerta del Comercio. Nígot siguió bordeando la muralla hacia la Puerta de las Hacendadas, para tomar un atajo hacia la Roca, y Turog siguió camino por la ancha senda empedrada que lleva hacia el palacio, a través de las cuatro compuertas y dos de los tres puentes levadizos que cruzaban por entonces los antiguos canales. Antes del tercero, tomó la senda algo más angosta que comunica el Camino del Comercio con la Casa de los Pájaros y la Casa Roja.

Dedemie había dejado el entrenamiento temprano. No quería que la vieran tensa, y apenas había terminado su rutina de tiro había salido tras los pasos de Ígare Qualim, maestra de armas. Turog la imaginó tallando flechas en el taller, con los hombres de la casa, como solía hacer cuando necesitaba calmarse, y enfiló hacia allí.

Pero no la encontró.

Subió entonces a buscarla a su habitación. Tocó con dos golpes cortos, y ella, que reconocía el modo, le dio permiso para pasar. Turog entró, miró hacia ambos lados del pasillo y cerró la puerta antes de pasar.

—Tengo la respuesta.

—¿Qué dice?

—No sé, la abrí para disimular con Nígot, porque quedaba raro que no lo hiciera, pero prefiero que vos la leas primero.

Recién entonces notó la badrona, posada en su percha, y el pequeño rollo en la mano de su hermana.

—¿Es de…?

—Sí, es la respuesta de Aorion. Tampoco la leí, ni siquiera la abrí.

Intercambiaron rápidamente los mensajes y se sentaron, uno al lado del otro, en el lecho blando de Dedemie, a leer. Turog, con el ceño fruncido y el esfuerzo de quien no lo hace demasiado seguido, y su hermana con rapidez, devorando las palabras, releyendo todo apenas terminar.

Ambos permanecieron un rato en silencio antes de hablar.

—Hay que encontrar la manera de traer a Aorion a Bjurikti. No sé cómo, pero hay que convencer a Nuralia de que necesita una traductora de lubacó.

Dedemie rió.

—No creo que Zuria esté demasiado de acuerdo con ello. Pero podemos inventarte algo que hacer en el puerto de Golikti, y Aorion es una noble libre, así que no creo que si le solucionamos el costo de viaje tenga demasiados problemas para ausentarse de Baricai una semana o dos.

Turog hizo una pausa y lo pensó antes de responder.

—No es exactamente lo que tenía en mente, pero supongo que por ahora tendría que funcionar, es cierto. Hay que encontrar un motivo y convencer a mamá de que bajo ningún concepto quiero ir a Golikti, eso debería bastar —Dedemie rió, mostrando con ganas sus dientes pequeños—. Bueno, ¿qué dice la Consejera?

Tomó aire antes de responder, y miró a Turog con una sonrisa amplia en los labios.

 —Que acepta verme.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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