La pieza diferente: veintiseis

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Ver entrar a Varidene, de mejor humor que de costumbre, saludar a su madre la Reina con un abrazo alegre, y empuñar el glario para cantar la Canción de Ilduka la Bienaventurada fue una sorpresa para todas las que se hallaban esa noche en el Salón de las Hijas de Delero. En especial para Kortuka Agarien, que había esperado en vano con su hijita Arainé la noche anterior a que la Sin Dones saliera para devolverle su glario, y había tenido que enviárselo más tarde por una criada. Había dado por hecha la caída en desgracia de Varidene, y había supuesto que no iban a ver sus encendidos cabellos por el Salón por lo menos hasta que Aleó la luna mayor brillara completa en el cielo. Pero allí estaba, riendo, bebiendo y tocando. Cantando sobre la Guía Ancestral de su madre, además.

Recordó entonces lo que había visto en el fuego. Tal vez era que ya había comenzado. Tal vez. Abrazó a Arainé con un estremecimiento, y la llevó al semicírculo que se había formado alrededor de la canción de Varidene. La niña se soltó, incómoda, y fue a sentarse más cerca de la cantora, que le dedicó una sonrisa y cantó el estribillo para ella.

Intentó concentrarse en la música, pero la letra conocida le resbalaba por el cuerpo como arena seca en un viento que sopla sobre la espalda. La sentía moverse en la alegría ajena, en el festejo aliviado de una paz que ella sabía demasiado frágil.

Esperó a las últimas notas para tomar a su hija de la mano, y arrastrarla pese a las protestas hacia la puerta de salida.

—Vamos a descansar, mami no se siente bien —trató de explicar.

Al llegar al umbral oyó un saludo por detrás. Reconoció la voz de Aorion y se volvió para responderlo. Se detuvo en seco. Frente a ella, la menuda Aorion sonreía, y tendía una mano amigable hacia Arainé. Pero toda su ropa estaba cubierta de sangre. Y tenía sangre en el pelo, sangre en las pantorrillas, sangre en la cara y en las manos. Goteaba espesa, lenta, a su alrededor, y cubría un buen espacio bajo sus pies, un círculo que se ensanchaba poco a poco hacia todas partes.

Cuando levantó a Arainé, asustada, para que la sangre no la tocara, la visión se desvaneció, y Aorion volvió a ser apenas Aorion Onite, su amiga, la escriba.

Balbuceó un saludo confuso y apretó el paso, con su hija montada sobre la cadera.

—No me gusta el hijo de Aorion, mami —le comentó al oído Arainé, ya en el pasillo.

—Aorion no tiene hijos, querida. ¿Por qué decís eso?

Pero Arainé se abrazó más fuerte a ella, escondió la cabeza en su pelo, y no respondió. Cuando estaban por doblar hacia la escalera principal volvió a echar una mirada por encima del hombro de su madre, y vio a la escriba de pie, que las miraba desde lejos sin comprender.


Pero Aorion ya había aprendido, con los años, a no tratar de entender los eventuales gestos extraños de las Iniciadas, así que sin decir palabra ni intentar seguirlas tomó un pasillo central, amplio y ya a esa hora oscuro y vacío. Tenía que cruzar todo el palacio para llegar a la salida más cercana a su casa, y prefería el eco de sus sandalias en los pasillos y salones vacíos de las Mnatesogran a las calles, llenas de barro y de las formas inciertas de todos sus temores.

Era una noche calurosa, pero la oscuridad, los techos altos, la piedra de las paredes y las corrientes de aire que recorrían el pasillo le dieron un poco de frío. Se cubrió los brazos desnudos con las manos, y apuró el paso. Escuchaba a lo lejos, ya atrás, el sonido del glario de Varidene Mnatesogran, ahora acompañado por una flauta y un sirón. La del sirón tenía que ser Dala Emante. Había visto que lo había llevado, y no había muchas que pudieran sacarle sonido a semejante instrumento. Se detuvo, y pensó en volverse para escuchar, porque era seguro que su compañera de scriptorium le pediría opinión al día siguiente. Pero con un poco de suerte olvidaba hacerlo. Y en todo caso podía decirle que le había dolido la cabeza.

¿Y quién más iba a echarla de menos?

Se cruzó con dos hombres de la Guardia, pero ni siquiera se detuvieron al verla pasar. Intercambiaron una rápida inclinación de cabeza, el mínimo gesto que implicaba reconocerla por quien era, y la dejaron seguir, en el silencio de los pasillos.

Las dos jovencitas que toda la semana habían estado encargadas de la puerta verde habían sido relevadas, y en su lugar había dos hombres altos, jóvenes pero de aspecto cansado, sentados en los bancos de piedra a los lados del portón abierto. Aorion no los conocía más que de vista. Uno de ellos se levantó para abrir la puerta, con gesto aburrido y un saludo cortés, y cerró con un golpe apenas sus sandalias hubieron cruzado el umbral.

En el cielo nocturno apenas brillaban la pequeña Anaé creciente y las estrellas, así que casi la única luz con la que contaba Aorion para volver era la de las pocas lámparas de aceite que iluminaban algunas de las construcciones alrededor del palacio. Pero ella no precisaba la claridad, sus pies conocían demasiado bien ese camino. Apretó el paso, esquivando de memoria los charcos y con los oídos atentos, tres casas adelante, dos a la izquierda y un breve corredor entre dos viejas casonas señoriales, hasta que se vio frente a la puerta de su hogar.

La lámpara casi no tenía aceite, y daba una luz mortecina que iluminaba apenas el umbral bajo y la puerta de madera oscura. Miró de todas maneras a ambos lados, y rebuscó la llave entre su ropa, con los dedos torpes por la prisa. En un bolsillo cosido en la parte de atrás, junto a una barra de grafito algo desarmada que lo manchaba todo, dio con su llave. Forcejeó un rato con la cerradura, con manos nerviosas, hasta que finalmente cedió. Entró casi sin hacer ruido, por costumbre, porque a esa hora y con fiesta en el palacio todavía nadie había regresado. Subió los veinticinco peldaños con paso ligero y se encerró en su habitación, la tercera de la izquierda. Se sabía sola, y no hallaba nada de malo en recibir y enviar cartas de amor, pero sin saber por qué corrió el pasador, antes de encender su lámpara siquiera.

Levantó la tela que cubría la jaula de las badronas grises de Dedemie Ihalim, rebuscó unas migajas de pan en uno de sus muchos bolsillos de escriba y se las dio con una sonrisa.

Releyó por tercera vez las palabras tiernas de Turog, su letra desordenada apretada en el pequeño y fino papel de mensajes, y recién después se sentó a escribir su respuesta.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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