La pieza diferente: veintiocho

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Era noche cerrada en Baricai. Las luces de las quince lámparas de aceite que pendían del techo de la sala del Consejo Real, pese al mármol blanco de la Mesa de las Iniciadas y de las paredes, parecían proyectar más sombras que haces de luz. La Reina Nablea había sido la primera en llegar, y esperaba en silencio en su trono. Pese a sus ropas blancas y su corona engalanada de flores albas de odezar parecía repeler la luz y abrazar la sombra.

Así la encontró Kortuka Agarien, que sintió el aire helado dentro de la sala al atravesar el umbral, como si el verano se hubiera detenido en la puerta y hubiera decidido que era mejor no entrar. Kortuka saludó con una inclinación de cabeza, y se acomodó lo suficientemente lejos como para no sentir tan cerca los ojos de la reina desde lo oscuro, y un poco a la izquierda, para no tener que observarla de frente. Y se dedicó a trenzar y destrenzar nerviosamente una de sus pulseras de cuero.

Después entraron Ihiuro Simnite y Bibena Emante, que saludaron a la Reina con una fórmula ceremonial pomposa y se sentaron del otro lado de la mesa circular. “¿Entonces es realmente inevitable?”, se preguntó Kortuka, que si bien no tenía los ojos de la anciana Inurion ni los de la Reina también había visto adentro del fuego.

Se le cerró la garganta y la invadió el vértigo cuando vio entrar a las hermanas Baliana y Sila Ambram, cabezas de la Guardia de Baricai y del Ejército. “Entonces ya empezó”, se dijo, mientras las hermanas, pese a haber llegado juntas, tomaban asiento una frente a la otra, con toda la mesa de por medio.

Cuando entró Varidene Mnatesogran, Kortuka sintió que el aire se aligeraba un poco. Era como si trajera algo del verano en los pliegues de su vestido amarillo. Ignoró el protocolo por completo, saludó con un sencillo “buenas noches” a todas las presentes, se sentó a la derecha de su madre, dejó un rollo de notas sobre la mesa y se dedicó a tamborilear con los dedos sobre el mármol frío, en lo que Kortuka reconoció como la cadencia de una danza. Le dirigió una sonrisa tímida, y por una vez Varidene la correspondió.

Los últimos en llegar fueron Berene, hermana de la Reina, que se sentó entre Varidene y Sila, y Pradmer, que tras una ceremoniosa inclinación de cabeza para cada una de las presentes tomó asiento al lado de Nablea.

Recién entonces, desde su oscuridad, la Reina habló.

—Supongo que aunque no hayan sido visitadas por el mismo Inwam, las que, como yo, han visto en el interior del fuego de Delero, ya imaginan para qué las he llamado. Para quienes no tuvieron esa gracia y esa desdicha, tal vez sea evidente ahora, al ver a quiénes convoqué: será nuestro infortunio el de tener que vivir para ver a Lubacay en guerra. Este es, entonces, un Consejo de Guerra. No tiene sentido ocultárselo a ustedes: nuestras posibilidades en este conflicto son muy escasas, y radican casi íntegras en poder actuar con cierta antelación. Probablemente nuestros enemigos todavía ni siquiera sospechan que lo serán. Pero, si la guerra fue evitable alguna vez, que tal vez lo haya sido, la hora de evitarla ya pasó.

—Siempre queda el ataque. Si sabemos que Bjurikti no espera...

—Sila, estamos hablando del ejército de Mabalaya. Aun cuando consiguiéramos coordinar todas nuestras tropas para atacar Bjurikti, que nos esperen o no ya sería bastante complicado. Basta mirar el mapa: habría que atacar también Golikti que por sí sola está mejor defendida que nuestra Baricai. Y supongamos el improbable caso de que eso funcionara: Bastaría que intervengan las fuerzas de Nales, y la armada de las Zaelim no tardaría en bajar por el Mairib. Terminaríamos replegándonos, y afrontando debilitadas la guerra que estamos tratando de sobrellevar. Hace tiempo que Lubacay no es un reino guerrero, y atacar en estas condiciones sería suicida.

—Bueno, en realidad, si atacáramos desde Codena, podríamos ir directamente hacia Bjurikti...

—¿Qué vamos a hacer? ¿Atacar la capital fortificada de un reino de guerreras con jovencitos de Codena? Está bien que contemos con algo de tiempo, pero tampoco llegaríamos a concentrar nuestras fuerzas ahí, y Codena es, siempre fue, una ciudad pacífica. Si atacáramos desde allí, deberíamos desguarnecer Baricai, o bien enviar a los locales. Y los muchachos y muchachas de Codena no son guerreros. Irían casi al descubierto, con armas improvisadas, sin disciplina, sin saber siquiera arrojar una lanza o tensar bien un arco, a morir como gallinas bajo las flechas letales de Mabalaya. No, atacar sería garantizar y acelerar el desastre.

Nablea se sirvió una copa de agua, y la bebió lentamente.

—Puede que las Cinco Ciudades no igualen la fuerza de Mabalaya, pero podemos convocar a Ninie —sugirió Baliana.

Sila se echó hacia atrás, y Varidene ni siquiera intentó esconder su risa. Kortuka dejó caer el rostro sobre las manos.

—¿Qué? Es Lubacay también, y sin lugar a dudas nuestras mejores fuerzas residen entre las montañas.

—Estamos hablando de pueblos que ni siquiera tributan a Baricai, y que responden a su propio Consejo —respondió Sila—. A menos que la situación se torne verdaderamente desesperada, no podemos intentar convocar a las nobles de Ninie, Baliana. Hace rato que sólo responden a las Mnatesogran en los rituales. Además, en lo que puede tardar el Consejo de los Valles en reunirse y deliberar ya tendremos a Mabalaya en nuestras tierras.

—De más está decir —interrumpió Nablea—que ya convoqué a los pueblos de los Valles. Pero Sila tiene razón: es más prudente, en principio, no contar con ellos.

—Están Inurion Mnatesogran y Lubtana Enirente, entre las Iniciadas. Ellas deberían poder convocar a los Valles —intentó Kortuka.

—Lo propondrán, seguramente. Por lo menos no me cabe la menor duda de que Lubtana Enirente lo intentará. Pero aun así, lo más probable sigue siendo que las nobles de los Valles no comparezcan. Y si lo hacen, será más adelante, porque los tiempos de los Valles de Ninie son otros. Si tenemos alguna chance, lamentablemente está en resistir, en demorar la caída de Isidena y evitar la de Baricai el tiempo suficiente para dar tiempo a que el Valle decida si nos ayudará a repeler la invasión o no. Y en el caso de que no, para que Mabalaya encuentre una alternativa a su propio conflicto interno que nos abra el espacio para negociar un pacto con la reina Keala —Sila abrió la boca para interrumpir, pero la Reina levantó la mano y se lo impidió—. No, Sila, no creas que me gusta lo que estoy planteando. Pero vi dentro del fuego, y hablé largamente con mi Guía en sueños, y la única esperanza es esta, bastante oscura. La Reina Keala exigirá Isidena no porque la necesite, sino porque necesita la guerra en sí. Así que no hay modo de evitarla, porque aun cuando decidiéramos entregar la ciudad sin derramamiento de sangre encontraría otro motivo para atacarnos. Tributos, resarcimientos, alguna clase de excusa: lo sabremos entonces. Por menos que entregar Lubacay y nuestras cabezas la guerra no es evitable, y eso obviamente tampoco es opción. Lo más que podemos hacer es darle su guerra, y procurar que Lubacay subsista. Minimizar los daños. Sé lo que les estoy pidiendo, pero si ustedes y sus abuelas y sus bisabuelas se beneficiaron de confiar en las visiones de las Iniciadas, me creerán que es el único camino. Quien no esté de acuerdo, está invitada a irse —adelantó un poco el rostro serio, demacrado pero digno, y las miró a los ojos, a todas y cada una de ellas. Cuando fue su turno, Kortuka se estremeció, pero, como el resto, tampoco dijo nada—. Entonces, primero cederé la palabra a Bibena, que nos trae su relevo de fuerzas y defensas de Isidena, y a mi hija Varidene, que ha hecho lo propio con Baricai. Luego será hora de plantear una estrategia acorde a las circunstancias.

Por primera vez en la reunión, Baliana y Sila se miraron en silencio, y luego, casi al mismo tiempo, bajaron ambas las cabezas, y escucharon el informe largo, técnico y pomposo de Bibena, y el ágil, detallado y pragmático de Varidene sin decir palabra ni levantar la vista de la mesa blanca. Kortuka las observaba en silencio, no del todo segura de cuál era su papel allí, cubriéndose los brazos desnudos con las manos mientras la sala parecía sumirse en el más oscuro y frío de los inviernos.



Para cuando la reunión terminó, ya estaba amaneciendo. Varidene fue la primera en irse, y la única que saludó individualmente a todas las presentes antes de hacerlo. Apresuró el paso hacia la puerta Este del palacio, rumbo al jardín de las Diecisiete y el barrio de la Corte. Había llovido durante la reunión, y las calles estaban llenas de barro, que muy pronto le cubrió los tobillos y las pantorrillas. Conocía los caminos y los pasos, y sabía saltar en el momento preciso para esquivar los lugares en que el agua escondía bien un pozo, una piedra resbaladiza, o un canal de desagüe.

A mitad de camino, una garúa fina volvió sobre la ciudad de las hijas de Delero, pero a Varidene no le importó. Tenía, finalmente, el permiso de su madre la Reina para revelar su misión a quien considerara necesario y discreto. Y eso involucraba, por supuesto, a Dilarion y a Eridenz.

Escuchó al llegar la voz aguda y dulce de Treda, que la esperaba con Eridenz en la casa de las Arente, como ella había pedido, y ahora la saludaba desde una de las ventanas semicirculares del segundo piso. Alzó los ojos. Por un instante apenas, el espectro de un momento en la luz mortecina del amanecer bajo la garúa, pudo imaginar, hasta casi verla, la casa en llamas, la ciudad que se consumía en fuego y gritos.

 Y, por primera vez, Varidene pensó en su inusual destino de primogénita no heredera, y en los ojos color del tiempo de su pequeña Treda que habrían de ver volar las flechas sobre la muralla. Y se encontró frente a frente con el rostro, para ella desconocido, del miedo.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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