La pieza diferente: veintinueve

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El estrecho pasadizo que unía, por el lecho del río, el antiguo fuerte derruido de Anaé con el de Aleó parecía, en opinión de Faghad, producto de la más furiosa de las Inwam sobre el sueño de la más frágil de las mentes de las antiguas Praelim. Era un paso de paredes lisas pero de ancho variable, en ocasiones tan estrecho que Faghad, por tramos, menuda como era, tenía que atravesarlo de perfil.

A la ida, siguiendo el paso ágil y seguro de Dedemie, había llegado a sentir miedo: en ese pasadizo olvidado por las reinas y por la mayoría de las memorias de Bjurikti nadie iba a buscar sus huesos, si todo no era, finalmente, sino una estratagema de Zuria Ihalim para deshacerse de ella. Se había tranquilizado diciéndose que, de haberlo deseado, Dedemie Ihalim, tanto más fuerte que ella, ya había tenido al menos en dos ocasiones oportunidad de dar cuenta de ella. Y no lo había hecho.

El mármol liso de las paredes parecía transpirar, y había un dedo o dos de agua barrosa cubriendo el suelo. Lo único que se escuchaba era el murmullo apagado del agua, el de su respiración, y el chapoteo suave de sus sandalias. Pero ahora, al regresar, sola, todo temor había quedado olvidado. Recordó las recomendaciones que le había repetido Dedemie: atravesar el largo pasadizo rápido, y procurar medir el aliento, porque el aire corría poco entre las ventilaciones. Había nada más que dos, una a cada lado, cerca de las salidas, con bocas ocultas en los fuertes gemelos a orillas del Gamir. Después tendría que secarse los pies, y borrar sus huellas con alguno de los trapos viejos que abundaban en uno de los rincones del depósito del fuerte de Aleó antes de salir.


Cuando Dedemie Ihalim había sugerido como punto de encuentro el fuerte de Aleó, Faghad había dado por supuesto que sería una entrevista corta, disfrazada de uno de los muchos encuentros fortuitos en las áreas de entrenamiento, en el tumulto de las salas de esgrima o de los blancos de tiro. Se había sentido ligeramente decepcionada, porque había estado esperando una oportunidad de realmente tener una conversación seria a solas con la heredera de las Ihalim, pero había entendido que la propuesta era razonable: si bien no se esperaba que ella, como Consejera de la Reina, asistiese a largas tardes de entrenamiento (ni que, de hacerlo, lo hiciese en el fuerte y no en el palacio), como joven noble no era en absoluto inexcusable allí su presencia. Y lo cierto es que tirar un poco tampoco le venía del todo mal.

Así que cuando, después, Dedemie, en una pausa para recargar su carcaj, le había sugerido en voz baja encontrarse en el depósito detrás de los establos, Faghad había supuesto una breve conversación, que era todo lo que podía resultar seguro en ese contexto, cerca de las miradas y oídos de tantos otros.


Le costaba no detenerse en el pasadizo, y le tardaba llegar a su habitación, a dejarse caer en la cama para saborear el recuerdo de lo ocurrido. Incluso la memoria del miedo que había sentido al decidirse, finalmente, a descender por segunda vez a un pasadizo oscuro y desconocido detrás de la hija de Zuria Ihalim, se le hacía, ahora, deliciosa. Aunque, reflexionó, era prácticamente la primera vez, si tomaba en cuenta el hecho de que la anterior había decidido acompañarla tomándola por un muchachito de rango menor.


Había imaginado hacia dónde iba el pasadizo, porque había leído alguna vez, en una historia de las antiguas Praelim, sobre la construcción de un paso por debajo del río entre los fuertes gemelos. Ella siempre había supuesto que no era sino otro de los muchos mitos que rodeaban las memorias de Zandar de las Praelim, pero allí estaba: un pasadizo húmedo y oscuro en el fuerte de Aleó, que no podía salir sino en el derruido y olvidado fuerte de Anaé, que había sufrido la furia de Keldre de las Sulim, su ilustre bisabuela.

Una vez del otro lado, Dedemie la había llevado sin dudarlo, como quien bien conoce el lugar, hacia el ala norte del fuerte, la que mejor se mantenía en pie. La había hecho subir torre arriba, hasta lo que alguna vez había sido una recámara de descanso de la Guardia.

En la habitación, sorprendentemente intacta, subsistían dos sillas antiguas de madera oscura y sin pulir, de líneas severas, una tabla rectangular que pendía de dos cadenas de la pared y oficiaba de mesa, y un lecho bajo y angosto de los que suelen usar los relevos nocturnos en la Guardia, en el que a Faghad le había sorprendido notar el heno fresco y las sábanas y mantas limpias.

—Es que suelo venir acá cuando necesito estar un poco sola —se había apresurado a aclarar Dedemie, que había leído su expresión de desconcierto—. Los muebles los juntamos Turog y yo, estaban dispersos por el fuerte. Hay bastantes, pero costó encontrar algunos que  sirvieran aún y pudieran ser acondicionados. En este cuarto lo único que había era esa mesa, claro, pero juntamos todo acá porque es uno de los pocos lugares que todavía resisten bien cuando hay tormenta.

—¿Venís con tormenta por allá abajo?

—No, claro que no, pero me sorprendió la lluvia de este lado más de una vez. Hay que decir del pasadizo ese que las Praelim lo hicieron bien, que yo sepa no se inundó nunca. Pero como habrás visto la compuerta acá en el fuerte de Anaé está casi a la intemperie, y no tengo forma de cerciorarme de que sea seguro. Si quiero regresar con mal tiempo, hago lo que hace todo el mundo: cuando la tormenta lo permite uso las barcas, y si no me desvío hasta el puente de los carros.

Su tono de voz y su gesto se habían mantenido serenos, pero a Faghad le había parecido notar que, tal vez, Dedemie había hablado un poco demasiado rápido mientras le contaba todo esto, y que sus manos habían temblado ligeramente al sentarse e indicarle la otra silla.

—Entonces Turog, tu hermano, ¿sabe que estamos acá?

Dedemie asintió.

—Si es por la discreción de mi hermano, no hay de qué preocuparse. No quise hacer entrar a nadie más en el secreto, pero si no quería llamar la atención de mamá necesitaba su ayuda para contactarte de nuevo.

Faghad había entonces levantado una mano, en señal de que comprendía. Se quedaron un largo momento en silencio, antes de que Dedemie se decidiera a hablar.

—Bueno, creo que te debo un pedido de disculpas. Ya te lo envié en papel, pero creí que era necesario decírtelo en persona. Debí darme a conocer antes, no tendría que haberte dejado persistir en el equívoco. Quiero que entiendas que la situación era, por lo menos, compleja, y que tenía mis motivos de peso para actuar como lo hice.

—Sí, eso es claro. Lo que no entiendo es por qué me buscaste, por qué decidiste ayudarme.

Dedemie se había tomado un momento para responder.

—Nuestro primer encuentro fue hijo de la casualidad. Yo tampoco quise estar en la coronación de tu hermana. Y si bien vos no habías reparado en mí, yo ya estaba en Bjurikti el día en que eligieron a Keala por sobre el designio de tu madre. Y no me costó mucho reconocerte, hay que decir que tenés que aprender a ocultarte mejor. En cuanto a nuestro segundo encuentro… Bueno, digamos que supe qué daghar se maceraba en la Casa Roja, y no me pareció justo. Así que decidí mantener cierta vigilancia y aprovechar la primera oportunidad que se presentara para ponerte sobre aviso.

Dedemie se había quedado entonces en silencio, mirando las piedras grises del piso. Había juntado aire con el gesto de alguien a quien le duele el mundo, antes de mirarla y agregar:

—Debo pedirte, Faghad, perdón también por otra cosa. Tengo que reconocer que disfruté tu beso allá en la escalera aquella vez. Sé, soy perfectamente consciente de que propicié con mi engaño que eso pasara. Noté mucho antes cómo me mirabas, y supe hacia dónde iba eso. Y no te detuve, no quise ni pude detenerte. Por favor, te ruego que no me odies.

Faghad se había tomado, también, su tiempo para responder.

—Si yo te besé, y si también lo disfruté, ¿por qué habría de odiarte? —había replicado finalmente, y había buscado sobre la mesa la mano de Dedemie con la suya.


Abajo en el pasadizo, Faghad, recordando, traía el corazón acelerado, y le costaba no agitar la respiración. Encontró finalmente la escalera de subida. Al menos faltaba poco, y se sentía el aire menos viciado que le indicaba que estaba cerca de la ventilación. Se detuvo apenas un momento, para tantear con los pies en la oscuridad la altura de los escalones, y emprendió con cautela la subida.


Había podido ver la sorpresa en los ojos grandes de Dedemie. Bajo su mano, Faghad la había sentido temblar y dudar. Pero la duda había durado poco. Dedemie se había acercado despacio, como quien pide permiso, había arrimado su silla y la había besado largamente, con ternura primero y luego con avidez.


Faghad sintió sobre el brazo derecho, en la oscuridad, el aire fresco de la ventilación. Tuvo un primer impulso de llevar la mano hacia el hueco, pero lo pensó mejor, imaginó las alimañas que podían haberse alojado en un sitio como ese, y no lo hizo. Se detuvo, de todas maneras, y tomó algo de aire.

Las escaleras parecían infinitas. Según había leído alguna vez, el pasadizo estaba hecho de seis enormes bloques tallados de mármol duro, traídos con muchas penurias de las montañas lejanas, unidos y cubiertos con brea, sumergidos y enterrados en el limo. Haber dado con la ventilación y sentir la forma irregular de las rocas con las manos implicaba, también, haber salido del río y de las enormes rocas sumergidas, estar ya en tierra, lejos de la orilla.


Quién sabe cuánto había durado ese beso. Para Faghad había sido infinito, tan difícil de medir y de creer como el pasadizo de mármol sólido bajo el río. En algún momento las manos habían acompañado a los labios, primero por los rostros, luego por los cuerpos y finalmente bajo la ropa. Eventualmente las sillas se habían vuelto incómodas, y habían probado el colchón de heno nuevo del antiguo, angosto camastro de la Guardia de las Praelim.


Faghad sintió la puerta, por fin, sobre su cabeza. Abrió apenas una rendija, para comprobar que estuviera sola. Afuera, ocupado en la excusa de seleccionar varas para tallar y convertir en agudas flechas, aguardaba sentado Turog Ihalim. Ella cerró inmediatamente, con cuidado de no hacer ruido, pero él, que conocía la ubicación de la puerta y evidentemente estaba esperando verla salir, abrió haciendo palanca con la punta de una lanza rota y le extendió la mano para ayudarla a trepar los últimos dos escalones, mucho más altos que los otros, que a Faghad le llegaban a la altura de la rodilla.

—Consejera, buenas tardes —la saludó, en voz baja y con una sonrisa—. Si alguien llegara a preguntar —agregó, mientras Faghad se limpiaba con un trozo de trapo viejo las piernas y las manos, y él cerraba con cuidado la compuerta—, usted y yo estuvimos practicando algo de esgrima en una de las salas de arriba, y ahora bajamos a dejar las espadas de práctica. Yo, de paso, me puse a hacer lo de las flechas. Dedemie hace rato que se fue, y la vimos salir.

Por primera vez, Faghad se fijó realmente en Turog Ihalim. Alto y moreno, de grandes ojos oscuros, tenía los rasgos apenas más angulosos que los de su hermana, y una voz profunda, cavernosa. Pero por lo demás se le parecía mucho. Se le ocurrió pensar que, de haberlo visto pasar antes de conocer la identidad del enigmático personaje que dos veces la había acompañado por las calles de Bjurikti, lo hubiera podido tomar por Dritz.

Pudo leer la curiosidad y las preguntas en los ojos de Turog, pero prefirió no comentar nada. Que Dedemie, que lo conocía tanto mejor, decidiera cuánto era prudente que supiera su hermano.

—Gracias, Turog —respondió apenas, sin siquiera sonreírle, y tras chequear que no hubiera nadie en la galería que llevaba a los establos, salió.


Desnudas, abrazadas en el angosto camastro de descanso de la Guardia de las Praelim, Dedemie Ihalim y Faghad de las Sulim habían hablado largamente según las había llevado la tarde. Dedemie le había hablado de los veranos de Golikti, de la relativa buena fortuna que había significado, tras cumplir los siete años, irse con Griena Veeklim y pasar, desde entonces, buena parte del año lejos de su madre Zuria y de su vieja tía Nuralia. Le había hablado de una amiga de la infancia, Inna, una Ihalim menor, a la que Faghad apenas conocía de vista, que a pesar de llevar todavía la sangre de Anadora Ihalim y conservar el privilegio del apellido era poco más que una criada de la Casa Roja. Y que le había enseñado los secretos de los pasadizos perdidos de las Praelim, jugando en los inviernos helados de Bjurikti, de niñas. Y le había hablado también de Turog, su hermano, su otra parte, el único en quien podía confiar por completo, con sus dones imposibles para el glario, su voz profunda y su amada lejos, del otro lado de la frontera.

Faghad, por su parte, le había hablado de la niñez relativamente solitaria y rodeada de adultos entre los muros altos del palacio, de la dulzura de Dapes a quien echaba tanto de menos, de la habilidad de su hermana Keala para componer versos y cancioncitas satíricas, del extraño don de Gava, la niña eterna, con los animales, y de la única vez que realmente se había sentado a hablar con su hermano Ílsitar, después de la muerte de su madre.


En un primer momento, cuando había conocido el plan, bastante lógico, para verse, había pensado en ir sola hasta el fuerte de Aleó. Podía llegar por el Camino de los Canales, recargado de guardia, que ella había cruzado sola infinidad de veces. Había decidido, para no levantar sospechas, llevarse a sus dos escoltas de la Guardia, su sígadim Ariana Gulim, y uno de los atranim que le había asignado su hermana, y pedirles que la esperaran en la salida de los establos. Ahora, consciente de lo poco que iba a poder cuidar de sus propios pasos en el camino de regreso, agradeció internamente tener quién la acompañara en la cabalgata hasta el palacio, mientras ella se dedicaba a perderse en el recuerdo de la voz de Dedemie, y de su cuerpo tibio bajo la escasa luz de la tarde que entraba por las ventanas angostas del fuerte de Anaé.

Llegó al palacio cuando ya empezaba a caer la noche, pero su idea de cenar frugalmente, sola, e irse a acostar temprano, para rememorar la tarde en la cama y ordenar sus ideas, se desvaneció al llegar a sus habitaciones y encontrar a su padre Riorrem, inusualmente serio, esperándola.

—Buenas noches, Faghad. Llevo ya varios días intentando hablar con vos, no quiero tener que pedirle una audiencia a mi propia hija —se quejó, al apenas verla entrar—. No, no quiero que me expliques nada ni que te excuses, es verdaderamente serio —la detuvo cuando iba a responder, y despidió a Ariana con un gesto.

—Sí, por favor, necesitamos unos momentos a solas —le dijo Faghad a su sígadim, que la miraba esperando confirmación. Ariana salió, y se llevó consigo al atranim de turno.

Faghad esperó a escucharlos descender, y a oír el sonido de la gruesa puerta de abajo al cerrarse, para sentarse frente a su padre e indicarle, con un gesto, que podía hablar.

—Es sobre Nales. Tengo que aclararte que estoy diciéndote esto como hija mía, porque me interesa preservarte, y lo hago bajo mi riesgo. No pretendo hablar con vos como Consejera de la Reina Keala de las Sulim, nieta de Nuralia Ihalim.

“Hija de Dapes también, y hermana mía”, pensó Faghad, con un atisbo de furia nueva y desconocida. Pero asintió sin decir nada, y procuró mantener sereno su rostro.

—Me llegaron instrucciones bastante precisas de Ildei Zaelim, mi madre y tu abuela. Me pidió que abandone Bjurikti, que pretexte no estar en paz tras la muerte de tu madre y me marche. Porque pronto estará frente a las puertas de Bjurikti, para reclamar sus derechos sobre el trono de las Praelim, y las cabezas de Keala, Nuralia y Zuria.

—¿Y puedo saber por  qué me estás contando esto precisamente a mí?

—Ildei va a hacer esto con o sin tu consentimiento, pero como habrás notado en la audiencia y en el hecho de que te haya pedido como sígada de una Gulim, la animosidad no es con vos. Tu abuela te aprecia, y la idea es preservarte. Si decidieras acompañarme, va a preferir reclamar los derechos de las Zaelim en tu persona. Va a ser más sencillo pacificar el reino luego, de ese modo. Sé que es una decisión difícil, pero el trono de Mabalaya te corresponde mucho más a vos por derecho que a Keala. Sabemos que si ella es reina es sólo por presiones de Nuralia, y esto es sólo adelantar lo inevitable. Por favor, Faghad, te suplico que me acompañes a Nales, entenderás que sólo te pido algo así porque es, lamentablemente, necesario.

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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