La pieza diferente: veintidos

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Durante la noche la fértil Guria había visitado las casas de Ambaké, la que prende las estrellas, y le había regalado una abundante lluvia buena de verano a la dormida ciudad de Baricai y a los coloridos campos sembrados lubacayos que la rodeaban. Brillaba ya una luz sin nubes y Varidene Mnatesogran se llenó los pulmones del aire de la mañana. Tal como ella lo había previsto, era una mañana límpida que olía a pan, y que invitaba a desayunar en la amplia terraza que completaba sus habitaciones. Ayudó a Nirbe a sacar caballetes y una tabla oscura y liviana afuera para armar una mesita rústica, y acomodó unos bancos de madera oscura mientras llegaban desde la cocina las hogazas, los quesos y el dulce de verra. Para cuando Eridenz bajó, en compañía de la pequeña Treda y su nodriza, sólo faltaba el agua caliente. Varidene sentó a su hijita en su regazo, y partió una hogaza caliente de pan con las manos.

—Qué raro verte bajar tan temprano a desayunar —observó Eridenz, arqueando una de sus gruesas cejas pelirrojas, mientras se sentaba en la banqueta de al lado—, y encima ya vestida como para salir.

—Es que tengo una pequeña misión. Suponía que podías acompañarnos, de hecho —dijo, con la boca llena. Treda se sacudió las migas de la cara redonda con una protesta, y Varidene sacudió el pan para hacer nevar más migajas. La pequeña protestó nuevamente, pero esta vez se rió.

— ¿Misión? ¿Vos y quién más? ¿Treda?—preguntó, mientras cortaba un pedazo de queso suave.

—No, Dilarion. Le avisé ayer. Es raro que no haya venido todavía, la invité a desayunar.

Eridenz creyó entender y guardó silencio. Agradeció internamente la interrupción cuando vio llegar desde abajo, por la escalera externa, a un criado a quien apenas le despuntaba la barba. Traía una jarra caliente de cobre, sostenida con un paño grueso, y parecía fuera de lugar en la simple vestimenta gris de cocina que traía puesta. Volcó en silencio el agua en la jarra de cerámica azul que esperaba ya sobre la mesa, echó dentro, con un movimiento ensayado y nervioso, unas hojas de efreda, y se fue, con una reverencia.

—Debe estar perdiendo tiempo de más en arreglarse, le dije que hoy la precisaba más temprano —bromeó Varidene, y su hermano se llenó la boca con pan para no verse en obligación de contestar.

La pequeña Treda quiso imitar a su tío, echó mano de un pedazo especialmente grande de miga descartada por su madre y se lo llevó entero a la boca. Se atoró, y Varidene no hizo a tiempo de buscar otra insinuación para molestar a su hermano.

Cuando finalmente Dilarion llegó, Varidene sacudía vigorosamente a su hija boca abajo, sosteniéndola por los pies, con Eridenz de pie a su lado que evidentemente no sabía qué hacer al respecto. Eventualmente la chiquita tosió una bola blanquecina de pan a las baldosas amarillentas con bordes anaranjados de la terraza, y se echó a llorar mientras su tío la tomaba del torso para enderezarla.

—Buenos días —saludó tímidamente, cuando ya Treda lloraba sentada en el regazo de su nodriza— perdón si llego en mal momento.

—Era hora. No, no es mal momento pero tampoco es precisamente temprano. Querría que saliéramos antes de que se sequen del todo las acequias y empiece a levantar el polvo. Y me hubiera gustado discutir con ustedes los objetivos y el recorrido antes, porque vamos a tener que dividirnos.

—¿El recorrido? Bueno, si es un paseo no hace falta pautarlo, ¿no?—preguntó Dilarion, confundida, mientras tomaba asiento al lado de Eridenz.

—¿Dividirnos? Bueno, tal vez podríamos ir todos juntos —intentó casi en simultáneo Eridenz, que ya veía que todo esto no era más que una gran excusa para permitirle a Dilarion un rato a solas con él.

Varidene se rió de buena gana, llenó nuevamente su cuenco de té de efreda y saboreó por un momento en el vapor de la bebida perfumada la incomodidad de su hermano. Hizo un gesto a la nodriza para que se llevara a su hija adentro, y esperó a no escuchar más los hipos de Treda para contestar.

—Esto no es un paseo, no. Es una misión.

—¿Qué es lo que tenemos que esconder esta vez, se puede saber?

—No tiene nada que ver conmigo, Dilarion. Sí requiere cierto grado de secreto, pero es una misión que encomendó mamá.

—¿La Reina Nablea?

—No, mi madre secreta, me criaron en el palacio pero soy hija de una labradora de Codena. Claro que la reina. Y cuando dije “separarnos” me referí a los tres, cada quien irá por su lado. Originalmente la misión era para Eridenz y yo. Sugerí que podías ser de la partida para abreviar un poco el trabajo, y ella estuvo de acuerdo. Di mi palabra de honor... que sí, Dilarion, me queda honor, y valoro mi palabra. Y no la doy en vano. Y le juré a mi señora madre la Reina Nablea que eras tan de fiar como una hija, y que no implicaba enterar a toda la casa Arente del asunto.

—¿Qué se supone que hagamos? —inquirió Eridenz, aliviado de saber que, por esta vez, no debería lidiar con la mirada insistente de su enamorada.

—Verificar el estado de la muralla ante la eventualidad de una invasión.

Dilarion parpadeó, perpleja.

—¿Eso no podría directamente preguntarlo a la jefa de la Guardia? —atinó  a preguntar.

Varidene cortó un pedazo de pan y comenzó a untarle una cantidad abundante de dulce de verra.

—Podría, sí, pero conociéndola, es casi seguro que la jefa de la Guardia, a su vez, delegaría la tarea. Lo que trae dos problemas: por una parte, implicaría enterar a toda Baricai de que la Reina está pensando en la posibilidad de una invasión. Viniendo de mamá, para mucha gente eso de por sí sería bastante aterrador —hizo una pequeña pausa para morder un bocado abundante de pan con dulce y beber de su tazón de té. Eridenz y Dilarion la miraban hacer, sin tocar el desayuno —Por otra parte, está el temor de que la Guardia maquille un poco la verdad para no dejar ver alguna cuota de desidia. Y la idea es desayunar, porque va a ser un día largo. Puede que no terminemos hoy. Lo que hay que discutir es el mapa, los recorridos, y con qué excusas vamos a circular para hacer las preguntas necesarias.

Eridenz y Dilarion, a desgano, se sirvieron sendos cuencos de té. El día ya comenzaba a pasar de cálido a caluroso, y la bebida casi no se había enfriado.

—La idea sería entonces que cada tramo de la muralla sea visitado por al menos dos de nosotros, con espacio suficiente para hacer una inspección cuidadosa y no dar lugar a sospecha. Creo que podríamos simular que se trata de alguna clase de entrenamiento, pero escucho ideas.

De alguno de los muchos bolsillos que rodeaban la cintura de su falda, Varidene sacó un papel (arrugado y con una mancha enorme de tinta negra en uno de los lados), y una bolsita diminuta de tela gruesa que guardaba, a su vez, una barra de carbonilla. Dibujó, con su pulso firme, de un solo trazo un contorno aproximado de la muralla, y después añadió caminos y puertas.

Eridenz reparó en que, por una vez, su hermana parecía estar en paz con los designios de su madre la Reina. Pero algo se le cerraba en el fondo de la garganta, y lo hacía incapaz de acompañarla en su alegría.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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