La pieza diferente: veinticuatro

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Así como la mañana había sido límpida y prometedora, así la luz del mediodía ardía sobre el cabello de fuego de Varidene Mnatesogran im Nabléane, que ya preveía que iba a tener el rostro igualmente ardido por la noche. Tomó nota mental de una grieta importante en el muro, que iba a requerir una reparación más o menos severa, y de un desagüe ensanchado, que ni siquiera tenía más reja que unos tablones precarios, que la guardia bajaba por la noche para impedir el paso de los predadores. Ciertamente, Baricai no esperaba un asedio, y descansaba pacífica en la tranquilidad de los sueños de las Iniciadas.

Desenganchó una cantimplora de su cinto, y bebió un largo trago de agua, de pie en una de las angostas escaleras que subían muralla arriba, verde de musgo, hierbas y desuso. Ni el polvo parecía haber sido perturbado por largo tiempo. Nadie, evidentemente, subía al cuarto puesto de vigilancia de la puerta Sur. Eso pronto habría de cambiar, pero suponía que por esa noche podía, tal vez, llevar a Dínar allí, ver toda la ciudad dormida y abrazarlo bajo la luz de las lunas de verano.

Montó en su caballo y emprendió el regreso, por una callejuela angosta que comunicaba hacia la fuente verde, desde donde podía tomar el camino principal al palacio. Había tenido sus excusas bien ensayadas, pero lo cierto es que nadie las había requerido, ni mucho menos se había fijado en ella. Se dijo que era mejor. Pero, como siempre, le dolía un poco su casi completa invisibilidad. No es que nadie supiera quién era ella, sino que, más bien, a nadie parecía importarle demasiado.

Al llegar a la fuente escuchó, fuerte y clara, desde una callejuela, su nombre en una voz conocida. Montado en un hermoso caballo brenalino (regalo de Nablea cuando se supo embarazada de una heredera, recordó), Pradmer Righitz, el joven compañero de su madre, le dirigía un gesto alegre de saludo. No venía muy lejos, no serían más de cinco casas de distancia pero tenía un burro de carga que andaba a paso muy lento inmediatamente adelante, y debía esperarlo un poco. Desmontó para mojarse la cara y el pelo en la fuente. Deseó que Eridenz estuviera con ella para hacer algún comentario ácido, porque viéndolo venir, con sus hombros anchos, su pelo renegrido y sus ojos grises, no se le ocurría más que un saludo amable, que imaginaba poco acorde a sí misma.

Enjugó su cabello empapado sobre las piedras verdes que cubrían el suelo alrededor de la fuente, y lo saludó, entonces, con una inclinación de cabeza, cuando finalmente Pradmer tuvo el paso libre para acercarse. Él desmontó también, la saludó cortésmente y cargó su cantimplora en la fuente.

—Vaya día para andar bajo la mirada de Amberó —comentó él, alegre—. Por lo menos ya puedo emprender la vuelta. ¿Tú hace mucho que saliste?

 —Un rato, sí —respondió Varidene, un tanto mortificada por el tratamiento distante de quien, pese a todo, era padre de dos de sus hermanos—. Pero también, ya estoy emprendiendo el regreso.

—¿Camino principal? —ella no encontró una excusa para desviarse. Respondió con un movimiento afirmativo de cabeza, y volvió a montar con un salto ágil—Yo también. Si quieres, podemos volver juntos. Tuve que pasar por la casa Simnite, un encargo de tu madre la Reina. Me ofrecí porque supuse que no me iba a venir mal salir un poco, pero la verdad que no me imaginé semejante calor esta mañana.

Pradmer se mojó la cabeza, volvió a su montura, y emprendieron el camino hacia el palacio en silencio, uno al lado del otro, casi sin mirarse.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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