La pieza diferente: veinticinco

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Los pasillos intrincados que comunican la puerta de la Guardia con el ala Norte del Bjuriktalie, donde vivía la Niña Eterna, todavía le resultaban demasiado complicados a Ágrate Jolim. Habituada como estaba a la distribución sencilla de su casa natal, amplia pero innegablemente ordenada, la superposición sin demasiado criterio de agregados, modificaciones, pasillos de servicio y habitaciones en desuso del palacio le resultaba confusa hasta tornarse prácticamente incomprensible. Era ella una de las muchas éicadim que habían prestado juramento el día de la coronación, todavía no se hallaba del todo en la ciudad, y la acuciaba el terror pánico de fallarle a Meba Qualim, su muy reciente éicada.

Contó las puertas, abrió la que creyó que le habían indicado (un portón de madera oscura, sin adornos), y volvió a dar con un pasillo de servicio, muy evidentemente no lo que estaba buscando.

Empezaba a entrar en desesperación cuando escuchó, desde un pasillo lateral, una risa destemplada y una voz que la llamaba:

—¿Me buscás a mí, no? ¿Te mandó Meba, no? ¿Me venís a buscar, no?

Traía un traje de montar gris, con bordados austeros, y parecía una niña preparada para salir de paseo. Una niña de unos palmos de estatura de más. Ágrate entendió rápido el motivo del apodo.  La invitó a pasar, y la hizo esperar sentada en un arcón alto. No fue sino después de los saludos del caso y de presentarse (y de dudar indecisa sobre qué forma de tratamiento usar, para decantarse tras varias frases neutras por una formalidad intermedia, que le pareció lo más correcto para con Gava, hija de Dapes pero maldita por Sílik) que cayó en la cuenta de lo extraño del reconocimiento: Meba no había avisado, había contado con la normal disponibilidad matutina de la Niña Eterna y no había enviado ninguna clase de invitación.

—¿Cómo es que sabías que te venía a buscar? —le preguntó, mientras esperaba a que Gava juntara varios objetos de utilidad dudosa en un morral de cuero.

Gava detuvo un momento lo que estaba haciendo, miró un momento por la ventana, se encogió de hombros, volvió a inclinarse sobre la cama y a tantear en busca de algo.

—No sé, supongo que lo soñé. Me parece que a veces sueño cosas que después pasan. Pero no estoy segura. Sí, seguro que lo soñé. En todo caso tenemos que pasar a buscar a Ílsitar, ¿no?

—¿Ílsitar?

—Mi hermano. Es un poco más chico que yo. ¿No conocés a Ílsitar? Creí que a Ílsitar lo conocían todas.

—No hace mucho que llegué de Gadel, verás. Pero no me dijeron que...

—¿Es lindo Gadel? fui una vez, pero hace muchos años, debía ser así más o menos —e indicó con la mano una altura algo menor a su cadera—y no me acuerdo de casi nada. Me acuerdo de Onya, que todavía podía caminar y que me daba dulces. La última vez que la vi vino ella a Bjurikti, pero ya no caminaba y no trajo dulces. Pero me dijeron que es muy bonito Gadel, sí, ¿qué pensás?

—Eh, supongo que es una ciudad bonita. Pero Meba no me pidió que lleve a Ílsitar, la invitación era para ti.

—No va a haber problema. Lo pasamos a buscar y le decimos que me espere afuera, ¿no? Juega muy bien al gars, Ílsitar, ya vas a ver.

Ágrate supuso, con razón, que no tenía sentido intentar discutir con Gava. Meba le había hablado de una nodriza, una mujer con la que se podía hablar llegado el caso de que fuera necesario, pero era evidente que, esta vez, Gava de las Sulim estaba sola. “Por lo menos aceptó venir sin reparos”, se consoló, y se dejó guiar hacia arriba por una escalera estrecha, luego hacia lo que supuso el Oeste por un pasillo de servicio, luego por otro pasillo principal transitado por una ronda de guardia que ya no sabría decir en qué dirección corría, y finalmente hacia abajo, hasta dar en un largo corredor con muchas puertas idénticas, a intervalos regulares. Gava, que en todo el trayecto no había dejado ni un momento de hablar (“¿te gustan los nujes? Yo quería uno, pero mi hermana Faghad dice que es mala idea tener un nuj en una habitación. Pero yo sé cuidar nujes. Y Faghad sabe eso. Y un nuj que está conmigo no le va a hacer nada a nadie. ¿La conocés a mi hermana? A Faghad, no a Keala. Bueno, a Keala la conoce todo el mundo ahora, ¿no?”) tocó la tercera puerta con cinco golpes enérgicos, calló por fin, y esperó.

Todo el fastidio y enojo que podía haberle causado la niña eterna a Ágrate Jolim en el largo recorrido pasó como el recuerdo borroso de un mal sueño cuando Ílsitar Sulim abrió la puerta. Había escuchado hablar, claro, de la belleza proverbial de Búcor Mnatesok, padre lubacayo de los dos hijos mayores de la difunta reina Dapes, y pese a todo algún rastro de ella era visible en el rostro infantil pero bonito de Gava. Pero, pensó, todas las canciones se quedaban cortas frente a la belleza de Ílsitar de la casa Sulim, de pie en el umbral, con el cabello de fuego iluminado a contraluz por una ventana abierta detrás. Agradeció internamente a Sílik por la verbosidad de su guía, que los presentó y le explicó rápida y desordenadamente a su hermano que tenían una visita que hacer a Meba Qualim, y que debía abandonar lo que fuera que estuviera haciendo para acompañarlas.

—¿Y se puede saber qué quiere Meba con nosotros? —preguntó Ílsitar, resignado.

—Mi éicada no explicó, asumo que sencillamente… —comenzó Ágrate, pero Gava, de nuevo, y por última vez, la interrumpió.

—Algo que preguntarme sobre mamá y unos nujes, creo. Pero podés hablar con Ágrate mientras tanto, y la comida de la casa Qualim es tan rica, ¿no es cierto Ágrate? A mí siempre me gustó ir a visitar a las Qualim. Por lo general hay dulces de frutas de Gadel, que me gustan tanto, y a vos también, Ílsitar, ¿no?

Después de esto la niña eterna se limitó a seguirlos y a dejarlos hablar entre sí, jugando a caminar con restricciones (primero por la línea azul que cruzaba el medio del corredor, luego por las flores blancas que adornaban el costado del pasillo central, y una vez afuera sólo pisando piedras blancas) y canturreando bajito, para sí misma, una rima, fuera de cualquier tono y ritmo reconocible.

*

¿Te perdiste entre los nombres de personajes, lugares y deidades? Consultá este índice onomástico.

Gusteá la fanpage!

Ilustración por Dolores Alcatena.

Notas relacionadas
Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y cuatro
por Guadalupe Campos 15 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y cinco
por Guadalupe Campos 15 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y dos
por Guadalupe Campos 08 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.