La pieza diferente: veinte

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Quién no tiene algo de sangre real, había dicho Turog, con esa sonrisa a la que era imposible no corresponder. Fácil de decir para él, hermano de la heredera de las Ihalim, que seguro estaría destinado a mezclar su simiente con la de reinas, princesas o gente equivalente. Para Aorion, que tenía que ganar el sustento copiando y traduciendo en la cancillería real, que era hija de una hija menor de una línea segundona de la familia crecientemente poco ilustre de las Onite, engendrada por un padre que ni siquiera había merecido entrar al registro de su nacimiento en los libros nobiliarios, ese resto de sangre regia era todo lo que la separaba de otras del mismo oficio y menos nombre, juglaresas, escribas y tutoras a sueldo que proliferaban en las ciudades grandes, débiles de tanto comer salteado y mendigar patronazgos magros.

 La veintena de largos pasos que separaban el portón de madera labrada de su escritorio de trabajo, al fondo de la sala, sonaron amplificados sobre el granito frío del scriptorium. La oscura y arrugada Siliana ya esforzaba sus pupilas viejas sobre un texto ajado, probablemente buscando datos para dirimir algún conflicto menor de tierras. Aorion pensó por un momento que la vieja escriba parecía asomada a una fuente de agua quieta, su rostro oscurecido y lleno de surcos reflejado en el papel amarilleado, lleno de apretadas líneas escritas. La luz que entraba por uno de los ventanales y daba en el mismo exacto ángulo sobre la anciana y su libro contribuyó al efecto. Eventualmente Siliana la escuchó pasar (o, más probable, la vio por el rabillo del ojo, porque hacía rato que había perdido el gusto por los músicos que no cantaban a gritos), levantó la cabeza, sonrió apenas como forma de saludo y el efecto se rompió.

Se sentó en su escritorio. La esperaba una lista extensa de tareas. Trabajo de rutina, que Aorion odiaba hacer: los documentos eran lo suficientemente nuevos para ser de papel, y lo suficientemente viejos para estar quebradizos y mordisqueados por las polillas y los roedores. Repasó con gesto resignado la letra inexperta de Dala Emante. Inexperta pero eficiente, pensó Aorion mientras leía el listado ordenado y pulcro. ¿Cuánto tiempo le habría tomado?

Recordó sus primeros años de trabajo allí. Había aprendido en casa de su madre con una tutora mabalaya las letras y las lenguas y, si no otros beneficios, su nombre le había dado acceso bastante temprano a las estanterías altas de la biblioteca del palacio de Baricai. Así que todo lo que le había quedado por aprender era, apenas, la forma de los documentos, y el modo de trazar algún tipo de letra particular.

Dala no había tenido esa suerte. Era noble también, hija de una señora de cierto renombre, pero había crecido en Aubicai, una ciudad menos libresca, y apenas sabía leer cuando la habían enviado a la capital. No había sido el destino que habían pensado para ella, sino el que Nablea le había concedido, después de que una caída especialmente desafortunada de un caballo le dejara dolores recurrentes que le dificultaron continuar el intenso entrenamiento. Así que había tenido que aprender prácticamente todo desde cero. Aorion no había tenido demasiada fe en ella, pero viendo la lista y el prolijo pilón de documentos que le había dejado preparados la aprendiz, tenía que reconocer que ciertamente la jovencita se estaba esmerando.

Comenzó con la primera tarea. Un pedido de rutina: la sucesión de una casona nobiliaria en Codena y unos campos allí cerca, que sencillamente había que registrar en los libros de la familia en cuestión. No era difícil, pero evidentemente todavía Dala no confiaba en su manejo de las fórmulas, y tenía miedo aún de copiarlas y hacerlo mal. Y como Siliana tenía mejores cosas que hacer, eso había ido a parar a la mesa de Aorion.

La jarra de cobre sobre su escritorio estaba llena de té dulce de efreda con hojas de menta. Buen gesto de bienvenida de parte de Dala, sin duda. Se sirvió un tazón abundante. Mezcló cuidadosamente la tinta con un palillo de metal y mojó el cálamo. Eventualmente iba a tener que ponerse a preparar tinta roja. Eventualmente. Podía empezar por lo que no requería mayores esfuerzos, era su primera mañana tras un viaje largo.

Escuchó llegar una a una a las demás, y las fue saludando con un movimiento silencioso de la mano izquierda, sin levantar la vista de los papeles. Tendrían tiempo de ponerse al día cuando llegara la hora de comer. Y quería tener una parte aceptable del trabajo pendiente ya hecha para entonces, estaba bastante cansada aún y no se sentía del todo bien. Siempre cuesta acostumbrarse a las largas horas en posición de escritura bajo la luz insuficiente que baña la mañana del scriptorium, tras haber llegado a saborear unos días de otra vida.

Eventualmente, Dala deslizó un mensaje sellado sobre su escritorio, antes de anunciar que ya estaba el almuerzo servido en la sala de lectura. Aorion limpió con cuidado sus herramientas, colocó un tapón de corcho sobre el cuerno de tinta, posó una tela de trama apretada que servía de secante sobre la hoja, y recién entonces rompió el sello y desenrolló el mensaje.

Una única línea, en mabalayo, en la caligrafía desordenada de un mensajero, que le indicaba que debía buscar algo en los establos. Procuró disimular el entusiasmo, y se sentó a almorzar con sus compañeras, que la rodearon ávidas de escuchar su relato. Se regodeó en el entusiasmo en los ojos de Dala cuando hizo su descripción de Bjurikti y de las ceremonias que había presenciado. Por un rato le pareció verse a sí misma en los ojos de su antigua tutora. Así que adornó el cuento con todo lujo de detalle, para que las palabras la llevaran adonde nunca habría podido ir.

Sólo omitió a Turog, porque como buena narradora sabía bien que siempre es mejor que algunas cosas queden para el solo disfrute de quien conoce completa su historia.

Se terminaron la carne fría y las legumbres de los platos, y la vieja Siliana decidió (porque era su privilegio decidir esas cosas) que era hora de volver al trabajo. Entonces Aorion se excusó, y bajó por la escalerita lateral de piedra que llevaba a las cocinas, y de allí a los establos del palacio. Apuró el paso cuando se supo circulando a solas, y se detuvo a recuperar la compostura antes de salir a buscar a su mensajero. Reflexionó que un viajero venido de Bjurikti tenía que haber salido no mucho después que ella para haberla alcanzado tan pronto.

No le costó reconocerlo entre la pequeña multitud desordenada que poblaba los establos: la silla y las ropas mabalayas apagadas desentonaban con el colorido de las vestimentas de Baricai.

—¿Aorion Onite im Ámniane? —preguntó él al verla acercarse.

—Soy yo.

El mensajero se detuvo a mirarla, evidentemente midiendo la imagen frente a sus ojos con la de la descripción que había recibido. Cuando decidió que coincidían, desenganchó de su saz una caja de madera oscura con perforaciones. Escuchó, apagado, un batir de alas adentro.

—Badronas —explicó el mensajero—. Hay tres. Están entrenadas para buscar a Turog y Dedemie Ihalim en la Casa Roja. ¿Ya tuviste badronas entrenadas alguna vez?

Aorion negó, confundida. Al margen de lo extraño que le resultaba el regalo, no abundaban por entonces más que hoy las badronas mensajeras.

—Turog se imaginó, sí. Bueno, escribió sus indicaciones —le dijo, mientras le alcanzaba otra carta, sellada esta con el sello de Dedemie Ihalim—que no deberían ser complicadas de seguir. Por tres pares de días deberás darles cierta alimentación especial, acostumbrarlas a tu mano y a la ciudad. Recién entonces será seguro darles mensajes que llevar. Incluyó también tres sergas con su llave. La otra, esa sí, sólo la tiene él.

—¿Tres qué?

—Sergas. Vainas para mensajes. Esto —y desenganchó de su cinto una bolsita con tres diminutos grilletes, de los que pendían pequeños cilindros con una diminuta cerradura, evidentemente hechos para cargar, apretado y enrollado dentro, un mensaje.

Aorion agradeció confundida, se despidió y enfiló hacia las cocinas. Estaba ya por entrar cuando escuchó que el mensajero la llamaba.

—Casi lo olvido. Turog envía esto también, dijo algo como que lo olvidaste y le costó decidir devolvértelo —y le dio una cajita más.

Aorion la abrió, y reconoció el cordón de uno de sus vestidos. Le volvió la imagen de Turog desnudo, hermoso como sólo podían serlo algunos de los Inwam inmortales que llevan los sueños a quienes duermen, jugando juegos de cordel con su cinto delgado, y sintió de golpe como si el piso se hubiese vaciado bajo sus pies, como si la grava que cubría el suelo fuera una capa delgada a punto de quebrarse y ceder. Disimuló lo mejor que pudo, sonrió, volvió a despedirse, reacomodó la caja de las badronas bajo su brazo y enfiló hacia el scriptorium.

Pero cambió de opinión al llegar al umbral de las cocinas, y se desvió hacia la puerta de salida. Su casa, que ocupaba el primer piso de una de las viviendas que rodeaban al palacio de Nablea, no quedaba lejos. Y, sin saber bien por qué, le daba la sensación de que respetar también en Baricai el secreto de sus amores con Turog Ihalim los hacía, de alguna manera, más reales, y la mantenía a ella un poco más viva.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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