La pieza diferente: uno

Disfrutá del primer capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto. 

Nota general

Las dificultades de traducir un texto tan alejado como el que nos ocupa son muchas, y no siempre existe una salida elegante para ellas. Ya es un lugar común, pero en el traslado hay, inevitablemente, muchos detalles que se pierden: la cadencia misma del fraseo lubacó, salpicado aquí y allá con palabras claramente mabalayas en un relato que se demora tanto del otro lado de la frontera; los significados de algunos onomásticos, cruciales para algunos de estos personajes; el sentido de algunos rituales, y el funcionamiento de los sistemas políticos; y otras tantas cuestiones pueden resultar en huecos prácticamente imposibles de salvar.

Lo más complicado a la hora de tratar con un texto como este parece ser el tratamiento de los matices dialectales, y sobre todo el problema muy complejo de los registros en las lenguas Garé, a las que pertenecen tanto el lubaco del texto como el mabalayo. En cuanto a lo primero, es una de esas cuestiones para las cuales no existe una salida satisfactoria. O una salida, a secas. En cuanto a lo segundo, las lenguas de la familia Garé presentan tres niveles muy marcados de cortesía, y el uso de uno u otro implica un aspecto importante a la hora de evaluar las relaciones y asimetrías de una relación. La elección del tratamiento bajo, medio o elevado son relevantes a la hora de interpretar cualquier situación comunicativa, por lo cual atenerme a los patrones estándar del español o a un regionalismo particular resultaba por lo menos limitante. Ante la disyuntiva, he elegido aquí utilizar una convención  artificial en la traducción de los diálogos, y traducir el modo bajo por la forma “vos”, el medio por “tú”, y el formal por el igualmente elevado “usted”. Dado que no tenemos tantas herramientas en los plurales, distribuir dos formas (vosotros/ustedes) en tres sería prácticamente imposible y, por otra parte, el relato rara vez deja ver conversaciones plurales que no sean entre pares, procuraré indicar las diferencias con soluciones ad-hoc.


***



Era el año décimo tercero después del centésimo onceno eclipse, y en el mundo los reinos eran ocho: al Norte Eleura, de los bellos frutos, al Noreste Fertes con sus grandes lagos y Nertalia castigada por las tormentas, al Noroeste Crambia, de las magníficas aves, al centro Mesparia de las hábiles artesanas y Darderia de áridas llanuras, al Sudoeste Lubacay, de las mujeres sabias, y al Sudeste Mabalaya, de las fuertes armas. Al Este y al Sur rodeaba a los reinos el océano, infinito, y al Oeste y al Norte las montañas. Detrás de las aguas y de las cimas la muerte afilaba sus dientes en los huesos frágiles de los peces y los pájaros.

No contaré de Eleura, de sus prados ni de sus colinas fértiles. No contaré tampoco de Crambia ni de sus reinas crueles y sus veranos secos. No contaré las prósperas ciudades de Mesparia sin monarcas, ni me lamentaré de Darderia castigada por el calor y las guerras intestinas. Esta noche y este fuego son para las Grandes Reinas de la cercana Mabalaya y de nuestra Lubacay, y para sus ciudades fortificadas, allá donde los feroces habitantes de la noche se llaman “nuj”, y acá donde son “nujur” y comparten el nombre con la tristeza.

Era el final del invierno, y las grandes pasturas lubacayas recuperaban de a poco el color cuando en la torre más alta del palacio blanco de las hechiceras izaron nuevamente el pendón verde de las reinas brujas. Toda Baricai supo que la joven reina Nablea estaba nuevamente encinta, y quedó a la espera del segundo pendón que, todos bien lo sabían, llegaría con el anochecer, cuando el color de la pócima supiera decirles si vendría otro guerrero, o finalmente tendrían una heredera. Y cuando con la primera luna subió el segundo pendón, dorado, se iniciaron los festejos en la ciudad: esta vez, finalmente, el trono de Lubacay tenía en el vientre de la reina a una sucesora.

Se dice que fue esa misma luna la que trajo a la poderosa Bjurikti, la principal y la más bella de las Siete Ciudades Nobles del reino vecino de Mabalaya, la música solemnemente triste que anunciaba la muerte y el final de un largo sufrimiento para la reina Dapes, la Pacífica. Y los preparativos fueron, entonces, otros: las Mensajeras Solemnes dieron pienso extra a sus cabalgaduras, y prepararon sus bolsas para el largo viaje, para llevar a cada rincón mabalayo la triste noticia, y para convocar la elección de una nueva reina entre las tres jóvenes hijas de la difunta.

También se dice que el rostro de Amberó, la que ilumina el día, fue el mismo para la coronación de Keala de Mabalaya en Bjurikti que para la celebración de la Reina Madre en Baricai, cuando finalmente Nablea de Lubacay salió a la galería del palacio a presentar a sus súbditos su cabello rojizo suelto, su cuerpo desnudo y su vientre redondeado. Cuentan las que pueden ver más que nosotros que, al tiempo que caía el manto blanco de Nablea al mármol helado de la galería, se posaba otro, majestuoso y dorado, en  los hombros de la joven Keala. Dicen que lucía mucho más frágil la reina secular vestida con todas sus nuevas galas, con su cabello oscuro trenzado con hebras de oro, que la otra, desnuda bajo la luz tibia del final del día.

Pero ellas, las Sabias y las Iniciadas, saben mejor el significado de los signos, y conocen la preocupación de quienes esperaban a Nablea, que no osaban hablar para no verse obligadas a mentir.

Y la reina madre, Iniciada en los misterios de Delero, a su pesar, también entendía.


 

Y mientras las reinas lucían solemnes frente a la multitud, otra, que podría haber sido reina si tan sólo su madre hubiera vivido lo suficiente para disponerlo, se mordía las uñas frágiles bajo la sombra de un paño, que mantenía frescas las frutas en el barrio del Mercado. Las tiendas estaban abiertas, claro, y todas y cada una habían colgado la insignia amarilla y verde con la efigie del nuj de la casa real para celebrar a Keala de las Sulim, la nueva reina, elegida entre las tres hijas de Dapes la Pacífica.

El mercado, sin embargo, mostraba mucha menos actividad que la usual. Más allá de unas pocas muchachas que llevaban los libros de impuestos, dos guardianas y una recaudadora de aire seco y marcial, casi no había ciudadanas en el mercado: sólo unas pocas extranjeras, los simples hombres, las esclavas, y alguna que otra painoné se ocupaban del comercio esa tarde.

Con sus ojos oscuros y rasgados, Faghad miraba hosca hacia los quesos y los tejidos. Tenía el cabello suelto, apenas adornado con una cinta gris a la manera de las esclavas, y se había vestido con cuidadoso descuido, porque no se suponía que una de las Sulim faltara abiertamente a la coronación. Oficialmente, había asistido a la ceremonia: Diorde, una esclava dárdera que se le parecía extraordinariamente, en ese mismo momento se tapaba nerviosa el rostro y las orejas con el pelo, buscaba sentarse junto a una vieja noble miope y procuraba no hablar. No era la primera vez que Faghad enviaba a su esclava en su lugar, pero cuando Diorde había tenido la precaución de no usar mucho su voz (demasiado aguda), sólo dos personas en todo el palacio  habían sido capaces de distinguir a la menor de las Sulim de su doble, tomadas las debidas precauciones. Una, la reina madre, había muerto. La otra era Gava, su hermana mayor. Pero por defecto nadie le hacía demasiado caso a lo que fuera que la Eterna Niña tuviera para decir. Así que en el mercado, entre gente que muy difícilmente podía verse cara a cara con la realeza, y de darse la oportunidad, nunca por mucho tiempo, Faghad sentía que podía andar relativamente sin más cuidado que su puñal bajo la ropa.

Quizás fue esa misma confianza la que le jugó una mala pasada, y no la dejó ocultar su sobresalto al caer en la cuenta de que un muchachito de rostro fino la miraba fijo, sentado a unos diez pasos, sobre un cajón de frutas secas. Se compuso rápido, cuanto pudo, y se dedicó a estudiar con exagerado interés los códices que ofrecía una sierva painoné de largos y dignos cabellos grises, a todas luces una copista empleada por uno de los grandes talleres de la culta ciudad de Brenales. Por su parte, el joven se acercó, y se dedicó a estudiar con cuidado un dibujo de pájaros de colores.

Alarmada, Faghad cerró el códice que tenía entre manos, mascullando casi entre dientes “Hermoso, pero igual no podría pagarlo”. La copista le dirigió una mirada severa y volvió el volumen a su lugar, y ella intentó perderse con gesto calculadamente distraído por los pasillos del mercado, doblando varias esquinas por si acaso el muchacho pudiera estar siguiéndola.

Doblando por una callecita repleta de tejidos, casi convencida de haberlo perdido, volvió a encontrárselo de frente.

—No estoy interesada en artículos robados, muchas gracias. Y le sugiero que no intente nada raro conmigo, podría arrepentirse —improvisó Faghad.

—Curioso lugar para encontrar a una Sulim en plena coronación, ¿no?

No pudo evitar que el terror, emoción por otra parte inusual para ella, se apoderara del gesto apretado de sus labios y del temblor de sus manos. El extraño se rió de ella con todos sus dientes blancos, a la cálida luz polvorienta del mediodía del mercado.

—Podés pagar muy caro esta insolencia. No soy una Sulim, pero soy más que vos, y no me interesa lo que tengas para venderme.

—Yo no tengo nada para vender, señorita. Pero si intentas hacerme pagar, se sabrá que hay una Sulim en el barrio del Mercado en plena coronación. Dado el caso, creo que sólo te queda hacerme un poco de compañía.

Muy a su pesar, Faghad debía reconocer que el muchacho tenía razón. Pero una nueva sospecha, antes que la lógica implacable del argumento, la hizo ceder: un jovencito cualquiera no trataría jamás de tú a una Sulim, ni aún sabiéndose momentáneamente impune.

—No soy de las Cuatro. No estoy obligada a estar en la coronación.

—Sí claro, yo tampoco —acotó a su vez el muchachito—, pero tú sabrás entenderme si me cuesta creerte. Por el momento, me llamo Dritz.

—Por el momento, Diorde hija de Eiel, de Darderia.

—Qué curioso, no hablas como dárdera.

—Es que me crié en el palacio, sirviendo a las Sulim.

Dritz volvió a reírse con todos los dientes. Su risa era aguda, un poco destemplada. Faghad consideró que los tenía un poco separados, y que había algo temible en el sonido de su carcajada. Recordó el retrato de Nontima la Grande, en la sala del trono, y terminó de cerciorarse de que su interlocutor tampoco era quien aparentaba ser. ¿Uno de los menores de alguna de las Cuatro Casas? El rostro le resultaba repentinamente conocido. ¿Alguno de los Veeklim o Sfelim recientemente llegados de Golikti? ¿Quizás inclusive alguno de los Ihalim criados y entrenados por Griena Veeklim? Esta idea, especialmente, la llenaba de pavor.

No estaba acostumbrada a quedar en una posición débil, pero debió reconocer que por esta vez era el caso, así que se limitó a acompañar a su desconocido por un laberinto de tiendas y pasajes, de perfumes y de colores fuertes. Las casas bullían con la vida soñolienta de las fiestas ciudadanas entre la plebe, y con los preparativos que painoner y esclavos hacían en las cocinas señoriales para los banquetes de la noche.

Siguieron su camino por entre las casitas dormidas del barrio de las Hacendadas, y se detuvieron en una fuente que hacía correr para nadie su hilo escuálido de agua. Faghad refrescó su largo cabello suelto, ante la mirada atenta de Dritz que la observaba en silencio, fascinado. Entrevió, doblando la esquina, a un atranim semidormido que cumplía por excepción tareas de la Guardia Civil en los límites del barrio del mercado.

Faghad se remojó las manos, los brazos y el rostro con movimientos rápidos. Cuando se secó el rostro con un pliegue de su ropa y giró para mirar, el muchacho había desaparecido.


 

Esa mañana, la reina Nablea se despertó sobresaltada en su lecho, tiritando. Había vuelto a caminar en sueños por el salón de las columnas azules, y el frío se había vuelto con ella a la vigilia. Tardó en recuperar el calor y el aliento.

—¿Estás bien? ¿Pasa algo? —preguntó Pradmer Righitz, que llevaba un buen rato despierto.

—No es nada, espero. Un mal sueño.

Él la miró con gesto preocupado, y atinó a replicar. Pero ella lo interrumpió.

—No todos mis sueños están llamados a cumplirse. Afortunadamente. ¿Podrás conseguir algo de té de efreda?

Pradmer asintió, no muy convencido. Se vistió y abandonó la habitación.

Nablea se sentó en el borde de la cama, y se llevó las manos a las sienes. Miró por la ventana.

En Baricai llovía. Una lluvia veraniega, buena, que golpeaba las ventanas del palacio de Baricai y anegaba, no muy lejos, los campos perfumados de agtre.

La klazheara sería especialmente buena ese año.

Pero Nablea acababa de ver que era bastante probable que nunca llegara a probarla.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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