La pieza diferente: Tres

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Mucho habrá que contar en los siglos por venir, mientras crezca el pasto sobre los campos, de las habitaciones de Faghad de las Sulim, la reina que no fue. La difunta reina Dapes había dotado a su hija menor, cuando tuvo edad para dejar la habitación de los niños, con la que antaño fue la Torre de Nontima, considerando que la que había sido vivienda de reinas podía volver a serlo.

Hoy las gentes de Bjurikti la llaman la Torre de la Desgracia, y sólo los espectros y las alimañas se atreven a habitarla. Pero en tiempos de las primeras Sulim, la Torre de Nontima, que dejaba ver hacia un lado la ciudad y hacia el otro el río verde, era toda luz. Las flores cubrían todo el año los canteros de las ventanas y los balcones. Los painoner iban y venían por los cinco grandes salones y por las salas de servicio. Llenaban de agua fresca las jarras y de frutas sabrosas las bandejas, no sólo de Mabalaya sino también de Lubacay y de Eleura. Sacudían y limpiaban las telas bordadas en oro de los almohadones y de las cortinas, mientras la joven que iba a ser reina y no lo fue se paseaba inquieta sobre los mármoles. Por la sala azul, con sus murales que representaban a la ciudad de Golikti, con sus barcos pesqueros. Por los de la sala lila, con muros adornados por escenas primaverales de los campos que rodean a Bjurikti. Por los de la sala blanca con sus muros de piedra cubiertos de libros. Por los de la sala verde cuyas paredes mostraban escenas de la cosecha. Y por los de su preferida, la sala amarilla, con pinturas sobre el mercado de Nales y del río Mairib.

Se echó en un gran almohadón dorado en el medio de la habitación, a mirar absorta las volutas que adornaban el techo, como si los ornatos de yeso pudieran aclararle algo de lo que acababa de oír. Por primera vez, lamentó sinceramente no haber ido a la coronación de Keala. Por primera vez también, mortificada, admitió secretamente que algo de razón había tenido el Consejo de las Veintiuna Familias para dudar de sus tiernos dieciséis años y elegir a su hermana Keala como reina.

Dejarse llevar por un sentimiento tan banal como los celos y no ir a la ceremonia había sido probablemente la decisión más estúpida que había tomado en su vida. Y la más peligrosa, probablemente, también, si tenía en cuenta el episodio de aquél que se hacía llamar Dritz. Un acto de imbecilidad, dictado por la voz de Sílik, dios que guía a los niños y los idiotas, que evidentemente todavía tenía cosas para decirle.

—Y el nuj se murió, como yo había dicho que iba a pasar. Quedó con las cuatro patas abiertas y con sangre en la boca, tendido en la puerta, como ya había dicho que iba a pasar. Ese nuj no estaba sano, yo lo dije, no estaba sano. Hermanita, ese nuj no estaba sano y nadie me quiso escuchar. Porque no estabas vos. Que nadie se dio cuenta y no dije nada. Pero ese nuj no estaba sano, y vos no estabas, y se murió, cuando Keala sacó la esfera. Con la diosa de la bisabuela. ¿Creés que a Keala la van a pintar tan así? ¿Tan que la mirás y después no podés dormir?

Todo sonaba fuera de lugar. El detalle del nuj era demasiado curioso. Parecía improbable que las Cuidadoras hubieran elegido justo a un animal enfermo para la coronación. Y si bien era cierto que Gava tenía un don especial con los animales, uno de los pocos talentos útiles con que las Diosas la habían dotado antes de entregársela a Sílik para siempre, una cuidadora también tendría que haberlo notado. Las criadoras que cuidaban de los nujes reales conocían su oficio como nadie en el reino, no eran hombres ignorantes de establo, y un error como ese era impensable. Sólo cabía pensar lo peor: la muerte del animal emblema en plena coronación había sido un mensaje calculado. Ya sabía que pronto se hablaría de la mano de Riorrem de Nales. Ella, que bien conocía las lealtades de su padre, lo sabía incapaz de algo así, pero ¿cómo convencer a toda Bjurikti de lo contrario?

¡Y Gukduk-hé, de todas las Siete!

—Falta mucho para que pinten a Keala, querida.

Pero la tutela de Gukduk-hé nunca significa nada bueno. Aunque hay que decir que era difícil de entender. A diferencia de Keldre, Keala nunca había siquiera querido devenir reina.

Un par de años más, sólo un par, y las cosas hubieran resultado tan diferentes.

Ahora tenía que escuchar, de todas las personas de la corte, el relato de Gava al respecto. En algún lado Sílik, el dios niño, debía estar riéndose con todos sus dientes de perlas afiladas, con la carcajada destemplada de los locos, de eso no le cabía la menor duda. Jugueteó nerviosa con una cajita metálica que algún painoner había dejado fuera de lugar, y volvió a escuchar por segunda vez la descripción del nuj muerto, y de la indiferencia de Figa trocada en espanto. Y nuevamente del nuj muerto. Aunque, pensó mientras la escuchaba, sí había algo que su hermana podía decirle, que nadie más de la corte hubiera sido capaz de ver.

—¿Qué era lo que le pasaba al nuj, hermanita?

—Ya dije. Tenía un poco de espuma blanca en la boca. Y la nariz prácticamente marrón. Y con toda esa gente, parecía casi caerse dormido, eso no es normal, Faghad. Aparte los ojos, vieras los ojos, estaba asustado, hermana, un nuj asustado, ¿dónde se vio eso? Imaginate, un nuj asustado, no era normal, no, no es normal. No sé cómo nadie se dio cuenta. Yo le dije a Figa, pero no quería saber nada del nuj, le importaba más mi vestido. Como si fuera mi vestido el que se estaba muriendo, sí.

—No, pero pregunto, ¿de qué estaba enfermo el nuj? ¿Por qué se murió?

—Comió carne de liebre que había comido pastos amargos, probablemente. Tenía la nariz marrón. Sí, comió algo que había comido pastos amargos. La nariz marrón, seguro fue eso —repitió, con gesto seguro—. ¡Tremendo descuido de las cuidadoras! ¡Darle cualquier liebre silvestre a los nujes reales! Debería ir a reclamarles, debería ir a gritarles, ¿no?

Faghad miró la figura alta y desgarbada de su hermana mayor. Se contaba que su padre había sido muy joven y particularmente hermoso cuando se había unido a la reina Dapes. Y que había muerto de tristeza, caído en disfavor cuando Gava, su hija, demostró ser lo que era.

Había algo de belleza animal en Gava. Como mirar a los ojos a un gato nípero.

—Mejor no, hermanita.

—¡Pero alimentaron mal a un nuj y lo mandaron al cierre de la coronación de Keala!

—Te creo, pero si confiás en mí, esta vez conviene que no digas nada. Para el próximo banquete oficial insistiré en que seas vos quien elija y cuide el nuj personalmente.

Los ojos de gato nípero de Gava brillaron, y una amplia sonrisa se dibujó en sus labios pálidos. Puede que Gava estuviera bajo la tutela perpetua de Sílik, condenada a actuar y pensar como niña por siempre, pero así como no se le escapaba la nariz amarronada de un nuj enfermo, también veía, a su modo, de que Faghad era una de las contadas personas en el Bjuriktalie que realmente escuchaban lo que tenía para decir. Y, quizás, la única que confiaba en ella. Se levantó y la abrazó.

—Hubiera preferido que vos fueras reina, hermanita menor —le dijo, y se fue intempestivamente sin saludar por la puerta que comunicaba a la escalera central.

Faghad abrió distraída la cajita. Dentro, una hoja cuidadosamente doblada traía un mensaje, en una caligrafía desconocida: “Fue bueno conocerte. Ya tendremos ocasión de conversar con algo más de tiempo. D.”


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Ilustración por Dolores Alcatena

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