La pieza diferente: treinta y uno

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El día apenas despuntaba cuando la reina Keala se quedó por fin sola, y todavía ardían varias lámparas de aceite que conservaban algo de combustible. Cerró la puerta de su sala de trabajo ella misma, se dejó caer en la silla de su mesa de escritura, y se cubrió la cabeza con las dos manos.

Por lo menos tenía que darse algo de crédito, se dijo, por haber elegido a Faghad como Consejera. Las últimas dudas sobre su lealtad quedaban, con esto, claramente anuladas: despertarla en mitad de la noche para referirle inmediatamente los planes de las Zaelim de Nales implicaba que Faghad de las Sulim había elegido, y que ante la disyuntiva de ser fiel a su amor filial por Riorrem Zaelim o a su hermana y Reina, la había escogido a ella. Le había rogado, claro, que preservara a su padre, pero eso era perfectamente comprensible, y era un asunto menor. Ella misma prefería dejarlo ir, además: entendía que Riorrem en Nales era bastante más útil que en Bjurikti, bajo sus narices. Y estaba bastante segura de que Ildei no iba a dejar de atacar la Ciudad de las Reinas porque la vida de su hijo corriera peligro, antes lo tomaría como un incentivo. No, no le costaba en absoluto concederle a Faghad la vida de su padre. Lo dejarían marchar, convencido de la discreción de su hija, seguro de que ella lo seguiría algunos días después, de que Faghad apenas esperaría un poco para salir con otro destino y no despertar sospechas. A su tiempo, lejos de Bjurikti, sabría la verdad. Su hija le rompería el corazón, pero, independientemente del resultado del conflicto, que ya parecía inevitable, le salvaría la vida.

Había que contar, claro, con que tenían que encontrar algún tipo de estrategia en la docena o poco más de días que le iba a llevar a Riorrem llegar a Nales, porque Ildei no iba a creer el cuento de que Faghad estaba por llegar de un momento a otro ni por el tiempo que tarda una mosca en cruzar una ventana. Iba a saber inmediatamente que Bjurikti estaba bajo aviso, e iba a actuar en consecuencia.

Si bien Keala no tenía a Riorrem en muy alta estima, no pudo evitar pensar que no le gustaría estar en sus zapatos cuando eso pasara. Riorrem podía haber sido un pacificador inteligente en su momento, pero ver a su hija en peligro, evidentemente, lo había hecho comportarse con la torpeza de un digno hijo de Sílik. Era imposible que nadie en Nales fuera a confiar tanto en Faghad como él, y bastante obvio que el hijo de Ildei Zaelim había hablado de más, que toda su misión se reducía a llevarse a la Consejera a Nales con alguna excusa vagamente oficial, para que se viera obligada a decidir bajo otro tipo de presión.

Habían tenido, dentro de todo, suerte.

“Suerte”. Bueno, era un decir.

Se frotó el rostro con las dos manos, y detuvo unos momentos las palmas en los ojos. Cuando los soltó y los abrió, tuvo que esperar un momento para poder enfocar la vista. Llenó entonces su copa de agua cristalina, y la olió y probó antes de beberla.

¿La muerte de su madre habría sido obra de Ildei? No podía descartar la posibilidad. No creía que hubiese sido Riorrem. Pensaba, como todos en el palacio, que el amor que le profesaba a la Reina era verdadero. Él no ganaba sino dolor con la muerte de Dapes la Pacífica.

Bueno, había que decir que si lo que Riorrem refería era cierto, y a Ildei le bastaba con acomodar a Faghad Sulim en el trono y deshacerse de las Ihalim, tampoco había mucho que ganar con asesinar a la Reina tanto antes de que Faghad llegase a una edad razonable.

¿Su abuela Nuralia? ¿Habría sido capaz de algo así? No le cabía duda de que a su padre Desfret, si se lo hubiera pedido ella, no le habría temblado el pulso para rociar con muerte la comida o el agua de su madre. Sabía que no tenía en mucha estima a Dapes de todas maneras. Pero Nuralia… No, no sonaba a Nuralia.

¿Zuria Ihalim? Bueno, ya la muerte de su tía Dáriga, única hija mujer de Nuralia, había sido bastante sospechosa, si había que creerle a las insinuaciones constantes de Riorrem y de Dapes.

Pero Nuralia jamás la había acusado.

Volvía a llegar otra vez a la misma conclusión de las semanas anteriores. Que era, a su entender, uno de los peores escenarios posibles. Porque con Ildei Zaelim lista para marchar con más de la mitad de las fuerzas del reino sobre Bjurikti no podía, tampoco, acusar públicamente a la hermana de Nuralia, la madre de la heredera de las Ihalim. Si había sido Zuria, que era lo más probable, había sabido muy bien lo que estaba haciendo.

Sentía cómo se cerraba el círculo alrededor de las Sulim. Había que cuidarse mucho de Zuria Ihalim. Si lo que estaba buscando la hermana menor de Nuralia era desencadenar una guerra con las Zaelim, que no era algo especialmente difícil de conseguir (de hecho, todo indicaba que lo había conseguido), era más que probable que todo no tuviera otro fin que cargárselas a ella y a Faghad, erigirse en protectora del reino como en su momento había hecho Keldre Sulim, y ganar el trono, si no para ella, para su hija Dedemie, como muy probablemente ya había hecho con la silla principal del Consejo de las Ihalim.

Se sacó las sandalias empujando los pies uno con el otro, y se encorvó nuevamente sobre la mesa, dejando caer la cabeza de costado sobre su mano derecha.

Le hacía falta su madre. Dapes habría convocado los banquetes y audiencias correctos, y se las habría ingeniado para encontrar algún tipo de solución.

Bueno, por algo era que Dapes no estaba allí. Y también por algo Gava le había notado los signos de quien muere como una bestia envenenada.

Cuando se había instalado en las habitaciones reales, Keala había elegido no usar la amplia mesa de trabajo de sus antecesoras, sino llevarse la propia, antigua y más pequeña, que la había acompañado desde la infancia. La hacía sentirse un poco más en casa, en esos amplios espacios, que eran y no eran el lugar en el que había vivido y muerto su madre. Ese lugar extraño para ella que había habitado desde los ocho años el ala prácticamente opuesta del palacio, y doloroso en los momentos en que el recuerdo de cómo había sido un rincón en otro tiempo le volvía a la memoria.

Y había preferido, como recordatorio a sí misma, poner el altar de Gukduk-hé, su diosa tutelar, sobre la pared izquierda, bien a la vista, pese a los consejos de todas y cada una de quienes se habían atrevido a opinar. Ahora, con la cabeza de lado, sus ojos quedaban alineados con la mirada color sangre de la diosa, que la observaba con gesto entre desafiante y burlón. Estaban solas, ella y Faghad, contra el reino entero.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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