La pieza diferente: treinta y tres

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El caballo era uno de los animales que la Guardia de Baricai reservaba para los viajes largos, y no parecía confiar demasiado en la brida inexperta y las piernas no del todo bien acomodadas de Aorion Onite. Habían tenido que ajustar los estribos para su estatura, y a ella le daba la sensación de que habían quedado demasiado cortos. Odiaba montar, pero esta vez todas las manos y todas las bestias de carga parecían haber quedado ocupadas en las obras de reparación y fortificación de la muralla, así que lo único que había conseguido era un animal ligero, unas provisiones, y elementos para encender fuego y ahuyentar a los nujes si le tocaba pasar la noche a la intemperie, a un costado del camino. Aorion esperaba muy sinceramente que eso no fuera necesario, porque jamás había resultado muy buena para armar fogatas.

Casi sin querer, había sido la misma Kortuka Agarien, que había intentado disuadirla de su idea de dejar Baricai, la que le había presentado la excusa perfecta para viajar a Golikti. Al parecer, la Reina Nablea precisaba una copia de la versión en mabalayo de la Donación de Isidena. Y ese era un documento que ella estaba en perfectas condiciones de copiar en la biblioteca de Griena Veeklim, en Golikti. 

Aorion, que había mencionado a su amiga la posibilidad de visitar a una supuesta tía en Isidena, había tratado de no sonar demasiado entusiasmada ante la mención de una excusa oficial para instalarse directamente unos días en la casa Veeklim. Había regresado inmediatamente a enviar la segunda badrona a Turog, narrándole los resquemores de Kortuka y la misión inmejorable que había recibido pese a ellos. Le pidió que no enviara las badronas de regreso, porque podían encontrarla ausente, y había iniciado inmediatamente los preparativos para el viaje.

Le había llevado un día entero conseguir los permisos oficiales y la carta a Griena Veeklim, y había usado otro en preparar equipaje y dejar a todas las personas necesarias bajo aviso para que no contaran con ella durante una ausencia que podía prolongarse. Al tercer día se había despertado todavía de noche, con la idea de comenzar la cabalgata cuando se abrían las puertas de la muralla, con los primeros rayos de la mañana. Y cuando llegó a la Puerta Verde, de hecho, con la primera luz lechosa del amanecer, recién la Guardia desbarraba la compuerta para abrir paso a los constructores encargados de las labores de reparación del muro y excavación de un nuevo foso.

En Bjurikti, la reina Keala se revolvía inquieta en su cama, sin conseguir conciliar el sueño más que de a ratos breves. Un sueño sin paz, atormentado por pesadillas que la hacían despertarse sobresaltada, y tardar cada vez más en volver a dormirse.

El último sueño le mostraba el palacio como había sido cuando ella era niña. Pero veía los tamaños de las cosas como los ve una mujer adulta. Atravesaba la sala de audiencias vacía, y subía por la escalera del fondo hacia el corredor que llevaba a las habitaciones privadas de su madre y de Riorrem. Se preguntaba por qué estaba ahí, si su madre estaba viva, no solía querer verla, y ella nunca sería reina.

Recordaba entonces las palabras de Faghad, la larga noche en vela intentando encontrar una salida que no fuera una guerra de hermanas contra hermanas entre las Veintiuna Familias. Y caía en la cuenta de que estaba allí para pedirle consejo a Dapes la Pacífica.

Entraba en la habitación (la misma en la que ahora dormía), y encontraba a su madre de espaldas, mirando por la ventana que da hacia la ciudad. Se acercaba y la llamaba despacio.

Pero cuando se daba vuelta, Dapes no era Dapes. Era Keldre Sulim, su bisabuela, joven como debió lucir al degollar con sus propias manos a Meideme Zaelim. Se vio frente a frente con el gesto duro de quien había conducido las tropas que habían tomado el palacio de Bjurikti, y ordenado la muerte de Áruka Praelim y el exterminio de toda su Casa. Tenía los ojos color sangre como Gukduk-hé. Y se le reía en la cara.

Abrió los ojos y se sentó sobresaltada en la cama. Miró en dirección a la ventana junto a la cual se había sentado la Reina Keldre, la Despiadada.

Pero quien esperaba sentada allí, más menuda, con los ojos oscuros despiertos e inteligentes, pero cargados de miedo, no era su cruel antecesora, sino sólo su hermana Faghad, su Consejera.



Aorion giró la cabeza una vez más. Baricai lucía imponente a la distancia. Y ya desde la colina de Ilduka podían verse los andamios que rodeaban el muro, haciéndolo más alto, más grueso. Más resistente. Como para soportar largo tiempo los embates de un poderoso reino enemigo, pensó la escriba, con cierta inquietud.

Las Iniciadas rara vez se equivocaban.

Muy lejos de allí, otros ojos oscuros, ojos de hombre, miraban otra ciudad a la distancia, con la consciencia de que esa podía llegar a ser la última vez que lo hicieran. Bjurikti, como ciudad de llanura, podía ser, para algunos, más prosaica que Baricai. Pero ciertamente no era menos imponente, con su antigua muralla, sus torres, las barcazas que llegaban por el Gamir y la ancha estela de casitas que la rodeaban. Y en Bjurikti, alguna vez, él había sido feliz.

Riorrem había optado por ir a Nales por tierra, y partir montado en Sarpex, caballo blanco de crines doradas, el último regalo que su Dapes le había hecho, antes de enfermar. Dio la vuelta y volvió para seguir el fop pesado que llevaba las pocas pertenencias que aún no había enviado a su casa natal.

Pensó en Faghad, que lo había despedido con un abrazo tal vez demasiado largo, y volvió a detenerse, y a mirar para atrás.

Se había permitido, para el viaje, cargar varias botellitas de daghar, elegidas al azar entre las que se mantenían frescas en las bodegas del palacio. Desenganchó la que traía en el cinto, y tomó un trago largo, para no atragantarse en su propia saliva. Y picó espuelas.



Turog le había hablado mucho de Griena y de su casa, de la alegría que parecía acompañar siempre a las Veeklim. Como un aura clara, o un perrito lanudo que corretea siempre a su alrededor, la había descrito.

Él no había estado mucho, sin embargo, en la biblioteca.

Podía notarlo en su letra, se dijo Aorion, y se rió sola, allí entre el colorido de las aves y los campos de cultivo.

Amberó empezaba ya a calentar los caminos, y ella se echó un gorro de juncos tejidos a la cabeza para ocultarle su rostro.



Esa noche, Dedemie también había dormido poco. No había encontrado el valor para decirle a su hermano que cabía la posibilidad de que ella fuera la causante involuntaria de la guerra que preveían las preclaras Iniciadas de Lubacay.

Se había repetido muchas veces durante la noche que Faghad y Keala eran capaces de encontrar una solución menos llevada de la mano de Sílik que esa. Y cuando no lograba convencerse, que era la mayor parte de las veces, se había quedado mirando las estrellas por la ventana, desde su lecho, intentando encontrar una mejor ella misma. Si tan sólo pudiera hallar una respuesta menos desaforada, se decía, Turog nunca sabría que había estado a punto de desencadenar un desastre.

Delero, pensó, había faltado a sus propias protegidas, las Mnatesogran de Lubacay, las Reinas Brujas, y no la había visitado ni le había enviado uno de sus Inwam con el rapto de inspiración necesaria. Con lo que, reflexionó, tenía que empezar a pensar que tal vez la solución mejor no existía, y realmente no habría más remedio que optar entre dos guerras.

Con la primera luz se levantó, dispuesta a confesarle a su hermano lo que había hecho, para que la ayudara a pensar, con el ínfimo tiempo disponible.

Pero Turog, casi sin dar aviso, había pretextado un llamado de Griena y había partido ya hacia Golikti, antes de que amaneciera, a esperar a que las puertas de la ciudad abrieran, para aprovechar mejor la jornada de viaje.

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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