La pieza diferente: treinta y siete

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Pese a los años transcurridos, Riorrem sabía el lugar exacto en el que, al doblar por la angosta senda tallada en las sierras, podía verse de repente la ciudad de Nales en todo su esplendor, como una aparición. Detuvo a Sarpex un par de pasos antes, tomó el último trago ya caliente de su última botella de daghar, y cerró los ojos. Algunas cabras y flugas pastaban tranquilas en el terreno escarpado, cubierto de flores amarillas que parecían sufrir bastante bien el castigo inclemente de Amberó al mediodía. El fop había quedado atrás, en un caserío miserable de cabreros, desde donde esperaría a la mañana para hacer la lenta jornada faltante hasta Nales. Riorrem, confiando en la rapidez de su cabalgadura, y en que ya no necesitaría en lo inmediato de nada que no pudiera llevar en su montura y su cinto, había apurado el paso.

Aspiró el aire, el olor característico de las dormenas y los síbeles que florecían en las sierras, abrió los ojos, y agitó apenas las riendas de Sarpex. El caballo no precisó más indicaciones, y avanzó la curva escarpada con paso rápido y firme.

Y ahí estaba Nales, con su alta muralla de roca rosada, y la torre de las Zaelim, imponente, en el centro. Los barcos iban y venían por el hondo Mairib, una larga procesión en el agua que llevaba y traía cargamentos al mercado. Sonrió. Estaba, finalmente, después de tanto tiempo, en casa.

Anduvo a paso lento el último tramo del camino, la puerta de las agricultoras y el serpenteante trayecto de subida a la torre, tarareando una canción que había aprendido en su juventud, sobre las hojas secas en un bosque de nádrago y una badrona que llevaba palabras de amor.

Pero no eran de amor las palabras que lo habían precedido bajo las alas rápidas de las badronas, y Riorrem echó en falta la bienvenida que esperaba. Sin una palabra de explicación, en la misma puerta de los establos de las Zaelim, tres mujeres de la guardia de Ildei lo hicieron desmontar sin ceremonia, dejaron a Sarpex en manos de un caballerizo anciano, lo desarmaron, y lo arrastraron de mal modo escaleras abajo, a una celda húmeda de las mazmorras de la torre.

Tardó en reaccionar. Estaba solo en la celda, que era diminuta: apenas tenía un lecho de paja sucia, y un pequeño espacio para estar en pie. El único ventanuco, alto y estrecho, estaba prácticamente a la altura del suelo exterior, y por el olor que entraba debía ser, supuso, una de las celdas que daban a los establos. Pensó, mientras se sentaba, perplejo, en lo ofendido que se había sentido con la perfumada orientación de su ventana en el palacio de Bjurikti, y en que evidentemente las vejaciones no se habían terminado para él.

Se llevó instintivamente una mano al brazo derecho, desnudo, y la retiró con sangre. En algún momento, una de las lanzas de las guardias lo había cortado. No era un corte profundo, pero la sangre le corría por el brazo, y le había llegado a manchar la tela de la serba cerca de la cintura. Rebuscó en su cinto: al menos le habían dejado la botella de gradeara. Iba a volcarse el líquido sobre la herida, pero lo pensó mejor: conocía a su madre, y no sabiendo cuál era el motivo de queja para recibirlo de semejante manera, era mejor no gastar entera su única bebida en higiene. Así que rompió con los dientes un trozo de la serba, humedeció un borde apenas lo necesario, limpió la herida y la vendó. Y después bebió un único sorbo amargo del contenido de la botella, que lo hizo toser.

El brebaje siempre le había resultado repugnante, y si llevaba una botella encima era sólo porque era el método más rápido que conocía para limpiar una posible herida en el camino. Recordó la noche, muchos veranos atrás, con su primo Drífar, cuando ambos eran apenas niños, en que había probado la gradeara por primera vez. Ninguno de los dos había querido admitir el disgusto, y habían bebido imitando a los adultos hasta perder la habilidad de mantenerse en pie. Había sido también la primera vez que probaba las celdas de las Zaelim. “Si están en edad para hartarse de gradeara, están en edad de pasar unas noches en prisión”, había sentenciado su madre. Aunque en esa ocasión Ildei había tenido la deferencia de enviarlos a una de las celdas que poblaban el lado interno de la muralla cerca de la puerta del Poniente, en un piso alto, con un ventanuco desde el que se veía la ciudad, por el que él y Drífar habían podido turnarse para sacar la cabeza cuando había llegado el impulso de vomitar. Y les había hecho llegar enseguida una jarra de daghar frío con hojas de menta blanca. Y sólo habían estado ahí lo suficiente para sufrir lo que restaba de la borrachera y la resaca subsiguiente.

Algo le decía que, esta vez, pasaría más tiempo encerrado.

El ruido de pasos apagados sobre el piso de tierra lo alertó de que alguien se acercaba. Se puso rápidamente de pie. Era un guardia menudo, con el rostro desfigurado por la adolescencia, que pasaba rápido mirando al suelo.

Pero que se detuvo cuando Riorrem lo llamó.

—Por favor, creo que hubo un error, Ildei, mi madre, me esperaba. ¿Puede ser que me hayan tomado por otra persona? —preguntó, sin muchas esperanzas, Riorrem.

—Usted es Riorrem hijo de Ildei Zaelim, acusado de traición a la Casa, no, me temo que no hay error —respondió el muchacho, rápido, en voz baja de quien no está seguro de estar haciendo lo correcto. Y siguió su camino sin volver a mirarlo.

—“Traición a la Casa” —repitió Riorrem para sí, mientras se dejaba caer de nuevo, sentado, en el lecho duro de heno.

Le volvió a la memoria la larga despedida de Faghad. Y lo que había sido sospecha se tornó certeza: su propia hija lo había traicionado. Sólo restaba saber exactamente cómo. Y qué haría Ildei con ello. Bebió un largo trago más de su botella de gradeara, la tapó con fuerza, y se echó, con el rostro hacia la puerta de barrotes, para que la mugre que entraba de afuera no le cayera en la cara.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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