La pieza diferente: treinta y seis

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

El Salón Redondo de la casa de las Qualim en Bjurikti, una amplia sala de techo abovedado y alto en el centro de los jardines de la casa, había pasado toda la noche con las ventanas abiertas. La conversación, además, había sido breve, y gruesas nubes ocultaban afuera el rostro ardiente de Amberó. Pero Libítare había pedido cerrar todas las siete ventanas de la sala para hacer su revelación, y pese a que el rocío todavía mojaba el pasto, ahí dentro el calor ya empezaba a resultar insoportable. Meba terminó de escuchar a su sobrina con paciencia, y con la incómoda sensación de que tras su rostro de grave censura la joven estaba disfrutando enormemente el relato. Que, después de todo, no era sino la delación de un secreto ajeno. Que probablemente había sido sonsacado al pobre Nígot Failim, jovencito torpe, con palabras hirientes y amenazas.

—Sin embargo esto no nos concierne, y tal vez sería mejor dejarlo descansar.

—Meba, tía y señora, tenemos que llamar a las hijas de nuestra gente para que conduzcan a sus hermanos a la batalla, en una invasión ridícula que, las dos lo sabemos muy bien, obedece más a la necesidad de aplazar un conflicto en el seno de las Cuatro que a un problema real con las Reinas Brujas de Lubacay —replicó Libítare. Meba no pudo contenerse, y la afectación del discurso de su sobrina (ensayado, sin duda) le hizo arrugar la nariz y echarse atrás en su asiento—. Con un poco de suerte, si las Zaelim están tan felices con la designación de Faghad de las Sulim como Consejera como Nuralia Ihalim cree, esta puede ser una vía de solución.

—No creo que esto cambie nada, la verdad. Ni que la casa Qualim gane mucho con inmiscuirse en los problemas entre las Zaelim, las Sulim y las Ihalim. Somos la única familia de las Cuatro que puede jactarse de estar en paz, Libítare, y preferiría que eso siga así.

—Pero no nos queda otra que ir a Lubacay como cualquier otra de las Veintiuna. Vale hacer el intento.

Meba calló. Le daba algo de pena intervenir en el asunto, pero su sobrina tenía razón: no iba a perdonárselo jamás si veía a los suyos morir sin haber agotado todos los medios a su alcance para evitar la guerra. Finalmente agradeció, despidió a Libítare, abrió con lentitud, una a una, las siete ventanas ella misma, y se detuvo a pensar en el umbral. La brisa era cálida y olía a lluvia. Y traía nubes de insectos consigo. Miró el cielo cubierto.

Esa noche, pensó, le iba a costar dormir.

Emprendió la galería que llevaba al salón central, con paso lento pero decidido. Lo mejor iba a ser sacarse el trago amargo de hablar con Nuralia lo antes posible. Pasó primero por la habitación en la que su hija Lánea, todavía con ropa de dormir, jugaba concentrada a terminar de armar con bloques de madera la casa que había dejado a medio construir la tarde anterior. Pero la niña no la vio, y creyó mejor no interrumpirla. Así que siguió camino, y dobló la esquina hasta llegar a la habitación de su éicadim Ágrate Jolim. Golpeó la puerta.

—¿Quién llama? —preguntó la voz de Ágrate desde adentro. Meba tuvo, sin saber bien por qué, la sensación de que su éicadim no había pasado la noche sola, y de que alguien todavía la acompañaba.

—Tu éicada. Necesito que me acompañes a la Casa Roja, ¿podrás estar lista antes de que suene el cambio de guardia?

—Sí sí, enseguida salgo —Meba oyó un golpe, una risa ahogada de hombre y el chistido de Ágrate, que intentaba callarlo.

—No es problema, despedí al muchacho en paz. Saldremos desde la cuarta puerta, cuando suene la trompa de cambio de guardia. Iremos a pie.

El hombre en el cuarto de Ágrate dejó de intentar contenerse, y resonó una carcajada grave dentro de la habitación.

—Disculpas, éicada, no volverá a pasar —dijo la muchacha desde dentro.

—Nada que disculpar si conseguimos salir a tiempo —respondió Meba, con una sonrisa, y siguió camino hacia las cocinas, para servirse un vaso de leche fresca.

Los amores de su éicadim volvían a hacerla sentirse particularmente incómoda con lo que tenía que hacer. Que estando Zuria de por medio, podía salir horriblemente mal.

Era temprano todavía, y desde la cocina el olor del pan invadía los pasillos. Mejor desayunar liviano, pensó.




En su habitación, Ágrate pasó una vez más uno de sus dedos largos por el perfil del rostro de Ílsitar. Por su frente y su nariz, hasta detenerse en sus labios, que continuaban riendo.

—Voy a tener que ir con mi éicada, lo siento.

—Bueno, dijo que no había apuro, ¿no?

—No conocés a Meba —Ágrate se sentó—. Es una éicada flexible, pero no es un ayo, y creeme que no queremos que empiece a llevarse una mala impresión de tus noches conmigo.

Se calzó las sandalias con rapidez, y se echó la briada verde del día anterior sin demasiado cuidado. Le dio un largo beso a Ílsitar, que continuaba exponiendo su desnudez sobre la cama.

—No habrá problema en que vayas a la cocina a buscarte algo de comer, pero preferiría que esperes a que suene la trompa del cambio de guardia. No falta mucho para eso.

—Esperaré y desfalleceré de hambre hasta que se haya ido el ogro de tu éicada, entonces, y ahogaré mis penas en pan con manteca dulce.

Ella rió, acomodó su bolsa de monedas y su cuchillo en el cinturón y se lo ajustó.

—Es la casa de las Ihalim, yo que vos llevaría algo más que una cuchilla corta.

—Pero es una misión diplomática. Más que esto es provocación... Igual, supongo que llevar mis dagas eleurinas bajo las mangas de la briada no estará de más, ¿no?

Se ajustó dos brazaletes con vainas para sus dagas algo más arriba que la mitad del brazo, calzó las armas y comprobó un par de veces su rapidez de movimientos para desenfundarlas. Ílsitar aprobó con un silbido de admiración. Ágrate sonrió, se inclinó para darle un último beso, y se fue tras el olor cálido del desayuno, a buscar a Meba.

Desde atrás, sintió los pasos livianos y luego el abrazo de Lánea, que iba también camino a la cocina, cubierta apenas con una falda liviana.

—Buenos días, Aga —saludó, marcando las sílabas, sin soltarle la pierna derecha. Ágrate rió, y le desordenó el cabello castaño.

—Buenos días, señorita Lánea —contestó Ágrate. La hizo soltarse con delicadeza, la alzó sobre su espalda y continuó camino por el largo pasillo, todavía dormido y falto de movimiento—. ¿Qué es lo que la hizo despertarse tan temprano?

—Tenía que terminar de armar la casa de Gadel. Anoche Lale Víred me hizo ir a dormir cuando me faltaba poco.

—¿Y ya terminaste? —Ágrate exageró un poco el gesto de asombro.

—Esta mañana, sí, sí.

Ágrate atravesó el umbral de la cocina, y bajó a la niña, que corrió a darle los buenos días a su madre, ya sentada frente a un tazón humeante de leche con especias. Meba untaba una rodaja caliente de pan con manteca dulce, acompañada sólo por dos de sus sígadims más jóvenes, dos muchachas Failim menores que Libítare había traído a Bjurikti para la coronación. Las Qualim, fieles a los hábitos más informales de la ciudad de Gadel, salvo en ocasiones especiales, compartían los largos mesones comunes de la cocina con esclavos y painoner.

—Ahora sí, buenos días, Ágrate —saludó Meba, después de abrazar a su hija y cederle una pieza especialmente grande de pan con manteca.

—Buenos días, éicada.

—Qué raro que no trajiste a tu muchacho a desayunar.

Ágrate, visiblemente incómoda, escondió su rostro rápidamente tras el tazón de leche que una painoné anciana acababa de servirle.

—¿Qué es lo que nos lleva a la Casa Roja hoy?

—No quiero ser indiscreta, y no tengo especiales problemas con los amores jóvenes, pero prefiero saber quién duerme en mi casa, Ágrate, sobre todo en el lecho de mi éicadim —insistió Meba, mientras untaba manteca en otra pieza de pan con una espátula de madera. ¿Ciudadano o esclavo?

—Noble —admitió, incómoda, la muchacha. Meba asintió con gesto grave.

—¿Cuál de las Diecisiete Familias?

Ágrate se tomó su tiempo para responder. Decidió que lo mejor era no darle demasiadas vueltas al asunto.

—No es de las Diecisiete, es de las Cuatro. Ílsitar Sulim.

Meba interrumpió la tarea, con la rodaja a medio untar. Ágrate volvió a esconder el rostro tras la boca ancha del tazón de leche.

—Verás que es por cosas como ésta que conviene saber quién duerme bajo tu techo, Ágrate. ¿Sabe su hermana la Reina, o su otra hermana la Consejera?

—La única Sulim que sabe es Gava, la Niña Eterna, que nos ha visto juntos.

—Entonces no tardarán en enterarse las otras dos. Supongo que estarás al tanto de por qué Ílsitar nunca fue entregado a ninguna mujer ante las Diosas, ¿verdad?

—Ílsitar no es Gava.

—Pero lleva la sangre de Búcor Mnatesok también. Igual, por ese mismo motivo dudo que las Sulim se molesten en impedir que su hermano Ílsitar pase las noches en la casa Qualim con la heredera de una de las Diecisiete. Si llegara a haber algún problema, puedo interceder. En fin, ¿estás bebiendo aceite de inina por lo menos? —Ágrate negó con la cabeza, incómoda—Veo. Es un riesgo, mi éicadim, entiendo la decisión pero te pediría que reconsideres, es la sangre de Búcor Mnatesok.

—La de la reina Dapes, también.

—Como dije, entiendo la decisión, Ágrate. No es lo que yo haría en tu lugar, pero podés recurrir a mí si llegaran a tener problemas con las Sulim. Y la próxima vez es bienvenido a desayunar conmigo. Lánea —dijo, dirigiéndose a su hija esta vez—, veo que ya no querés más pan y leche, ¿podrías ir a buscar a Lale Víred? Es raro que no haya desayunado ya.

La pequeña asintió y salió casi corriendo por el pasillo todavía dormido de la casona.

—Olina, Marena, voy a necesitar hablar un momento a solas con Ágrate, pueden terminar el desayuno en la mesa de afuera, que el clima ayuda.

Esperó, para hablar, hasta que la vieja painoné que servía el desayuno hubiera salido a tomar su tazón de leche afuera.

—Ahora sí. Me temo, Ágrate, que no puedo ser con todo Bjurikti tan indulgente como con mi éicadim, y que debemos inmiscuirnos en un asunto de las Ihalim, y de la hermana menor de tu querido Ílsitar. No debería ser problemático para nosotras, pero puede no salir bien. Conozco el paño del que está cortada Zuria Ihalim, pero no el de su prole. Y la Consejera bien podría intentar alguna represalia. Conviene en adelante que traigas encima algo más que tu cuchillo.

Ágrate levantó apenas las mangas de su briada, para mostrar sus dagas.

—Idea de Ílsitar, hay que decir.

 —Bien —aprobó Meba—. Se nota que se crió en los pasillos del Bjuriktalie.


*

¿Te perdiste entre los nombres de personajes, lugares y deidades? Consultá este índice onomástico.

Gusteá la fanpage!

Ilustración por Dolores Alcatena.

Notas relacionadas
Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y cuatro
por Guadalupe Campos 15 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y cinco
por Guadalupe Campos 15 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

Libros y revistas / La pieza diferente La pieza diferente: cuarenta y dos
por Guadalupe Campos 08 Dic 2017

Disfrutá de un nuevo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.