La pieza diferente: treinta y ocho

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La brillante Amberó ya no tocaba los pómulos de Riorrem, que dormía en su celda de la antigua ciudadela de Nales, con el rostro lejos de la ventana, el descanso pesado y sin sueños de la gradeara amarga. Pero todavía daba suficiente luz a la puerta del Comercio de Bjurikti para alumbrar el regreso de Turog Ihalim a su ciudad natal.

En el montón de caminantes, de gente a caballo, y de carros fop y saz que esperaban el visto bueno de la Guardia para entrar a la ciudad distinguió, desde bastante lejos, a Dedemie, que observaba todo sobre un corcel inquieto de los de Nuralia. Él no había sido muy específico sobre su llegada, pero su hermana claramente lo estaba esperando. Mala señal.

Ella no tardó en verlo, y azuzó a su caballo para acercarse. Se le notaba demasiado el esfuerzo por sonreír.

—Dedemie, qué bueno que seas la primera persona que cruzo en Bjurikti. ¿A qué debo la deferencia?

—No quería que se quedaran con ese honor mamá o Nuralia. Bienvenido. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Aorion?

—Como se puede. Yo hubiera querido que viniera a Bjurikti conmigo, pero prefirió volver a Baricai. Griena estuvo de acuerdo. En fin, es lo mismo, es una emisaria lubacaya, y ahora que parece que entramos en guerra, tampoco era seguro traerla. Y tiene su gente allá. Por cierto, ¿Faghad perdió el seso del todo, o es a su hermana la reina Keala a la que se le soltaron las correas?

Dedemie tironeó un poco las riendas de su caballo, e hizo un ademán para liberar a Turog del hato de ropa y el glario que traía encima, en una bolsa cruzada sobre su espalda. Él desató las cintas de cuero que mantenían la bolsa en su espalda, y ayudó a sujetarla a la silla de montar de su hermana. Sacó el glario, que tenía su propia funda de cuero blando y era liviano y frágil, y lo volvió a cargar sobre la espalda.

—Mejor no hablemos de eso acá. Ya sabés que esta muralla de porquería tiene oídos.

—Y la Casa Roja no.

—La Casa Roja tiene algunos menos. Y sabemos por dónde están.

Dedemie le sonrió, y le puso una mano en el hombro. Pero lucía nerviosa. Turog la siguió por entre carros y puentes hasta la Casa Roja. Por lo menos, nadie más que su hermana parecía haber reparado en su llegada.

Considerando el tiempo transcurrido desde que había dejado Golikti, Aorion debía estar ya en Isidena. Lista para repostar, y pasar la noche en un saz en el camino, probablemente. Porque Nablea Mnatesogran reina de Lubacay había sabido demasiado bien a qué la enviaba, y la donación polvorienta que la había visto copiar efectivamente era urgente.

Por primera vez, mientras atravesaba el portón de la caballeriza de la Casa Roja, le volvió a la memoria un comentario hecho al pasar por Aorion: la reina Nablea, sin explicación aparente, no había querido enviarla a Bjurikti cuando la coronación de Keala. Se preguntó si habría, realmente, llegado a estar en peligro.

O tal vez, y la idea le erizó los cabellos que crecen al comienzo del cuello, el peligro había sido él.

—Debería prestar mis respetos a mamá Zuria, supongo.

—Mamá no va a registrar que conversemos un poco antes de eso, Turog. Pasemos por mi habitación antes, por favor.

—O sea que hay algo que querés decirme.

—La Casa Roja tiene menos oídos, pero los tiene. ¿Cómo está Griena?

—No especialmente encantada con la leva y la perspectiva de, evidentemente, tener que proveer la vanguardia de un potencial ataque a Isidena. La dejé intentando un acuerdo previo con su tan querida Naria Haelim, imaginá su alegría.

Dedemie torció la boca en algo que no llegaba a parecer una sonrisa, mientras desmontaba y entregaba su caballo a uno de los mozos de cuadra. Turog la imitó, y le pidió ayuda para desatar y llevar las pocas pertenencias que traía en su montura.

Subieron las escaleras exteriores en silencio, y no cruzaron sino a una sígadim cansada (Turog no se molestó en reparar bien en cuál) que apenas les dirigió una inclinación de cabeza antes de seguir camino, probablemente hacia el ala en la que estaba la habitación de Zuria y el Consejo de las Ihalim.

—Mi habitación, mejor. Kiana está en casa, la tuya no es segura.

—Dejemos todo esto en la mía antes, Dedemie.

Ella asintió. Subieron los tres escalones que separaban el pasillo en el que estaba el cuarto de Dedemie del que llevaba a la habitación de Turog. Él rebuscó una llave en su bolsillo, abrió y dejó caer los bártulos sin mirar en un rincón lleno de polvo en medio del desorden. Después, mientras su hermana dejaba lo que había ayudado a traer en el mismo rincón caótico, se descolgó el glario, y lo acomodó con cuidado sobre su cama.

Escucharon la voz desafinada de Kiana que canturreaba en la habitación de al lado, probablemente mientras no hacía sus ejercicios de escritura, y no necesitaron hacerse señas para saber que no convenía hablar. Cerraron la puerta con algo más de cuidado que el que habían usado para entrar, y volvieron sobre sus pasos, en silencio, hasta la habitación de Dedemie. Entraron, y ella miró hacia ambos lados antes de cerrar la puerta con llave. Turog seguía de pie. Ella se sentó, y lo invitó a hacer lo mismo.

—Ahora sí, entonces. ¿Me podés explicar qué cuernos pasó mientras no estuve? —preguntó él mientras acomodaba almohadones en el suelo para sentarse—. Momento, vamos por partes, ¿seguís viendo a la consejera Faghad?

—Sí.

—¿Perdió el juicio?

—No, en realidad…

—¿La reina se volvió completamente loca?

—Es una guerra para evitar otra, Turog. Nales finalmente se levantó.

—No veo un asedio naleta en las puertas de Bjurikti. Y por otra parte, si hubiera un asedio naleta en las puertas de la ciudad eso querría decir que ya las Zaelim habrían declarado traidora a la Reina. Y en ese caso sería lo mismo que declarara la guerra a los otros siete reinos: si mientras hay paz las Zaelim y las familias que las sirven rompen sus pactos con la corona ya Ildei no tiene obligación de acompañar a Keala a ninguna batalla. Esto no tiene sentido.

—Es un poco más complicado. Como podrás observar, Ildei nunca llegó a sitiar Bjurikti. Tampoco a romper con la reina Keala. Pero advirtió a Riorrem Zaelim, para que abandonara la ciudad. Y Riorrem habló con Faghad.

—¿Riorrem Zaelim defendiendo a la reina Keala, la nieta de Nuralia? Debe ser broma.

—No, idiota, claro que no. Riorrem confió en que Faghad iba a ser más fiel a él, que es su padre, que a su hermana la reina, y en que lo iba a acompañar a Nales. Se equivocó.

Turog levantó las rodillas y pasó los brazos por debajo de los muslos para abrazarse las piernas. Estaba, a la vez, cansado y tenso. Por un momento, deseó haber acompañado a su Aorion a Baricai.

—¿La idea de invadir Lubacay para que no nos invada Nales es suya entonces?

Dedemie terminó de cortarse una uña con los dientes y de comprobar el filo quebrado con el que le había quedado, antes de responder, en voz baja, sin mirarlo.

—En realidad, Turog, la idea fue mía —él se puso de pie casi de un salto—. Por favor, sentate, y no lo tomes así. Estábamos buscando ideas, en desesperación, con la certeza de que todo lo que tardáramos en decidir una estrategia iba a ser tiempo para que Ildei preparara la tropa para liquidarnos a todos. Yo lo dije casi en broma, ella lo pensó y, con lo desproporcionado que suena, lo vio mucho más viable que todas las otras opciones a mano. Es el sino de Gukduk-hé, y una guerra de conquista es preferible a volver a romper la paz entre las Veintiuna Familias.

—Y la idea la sacaste de las inquietudes que me confió Aorion a mí, ¿no?

Dedemie no respondió. La boca reseca por el viaje y la furia, Turog luchó un rato con los dedos temblorosos sobre la llave de la habitación, para abrirla, salir y volver a cerrar la puerta con un sonoro golpe.

Afuera, la sígadim que habían cruzado al llegar traía consigo a Zuria Ihalim, que también venía visiblemente furiosa.

—Turog Ihalim, hijo de Sidin Niurdgam, y lamentablemente mío también, Nuralia te requiere en el Consejo.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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