La pieza diferente: treinta y nueve

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El viento corría fresco por los pasillos oscuros del palacio de Baricai. Varidene subió la curva de la gran escalinata del ala Sur, acariciando con la punta de los dedos la madera oscura de la ancha baranda. Muchas veces, cuando niña, se había deslizado por ella para bajar, en lugar de usar los amplios escalones serpenteantes de mármol. Se detuvo en el silencio del corredor. Desde algún lugar, abajo, llegaba ruido de voces. Con la mano derecha apretó nerviosa el mensaje, cuidadosamente lacrado. Se preocupó de hacer suficiente ruido para que la escucharan llegar.

La reina Nablea había dejado abierta la puerta de su antesala. Pero había cerrado la que comunicaba al resto de sus habitaciones. Varidene dio cuatro golpes nerviosos a la puerta cerrada.

—Un momento, Varidene —dijo desde adentro, a lo lejos, la voz de su madre.

Se sentó a esperar en uno de los bancos largos dispuestos para los visitantes. Si sabía que vendría, pensó, podría haber tenido la deferencia de ahorrarle el mal momento. No necesitaba de su clarividencia para darse cuenta de que la situación seguía incomodándola.

Pero siempre es difícil, razonó, conocer el límite de lo que sabe y deja de saber una Iniciada. Y en ello radica buena parte de su poder.

Al rato, salió Pradmer, todavía con el cabello negro algo revuelto. Por lo menos venía ya completamente vestido. Varidene fingió estudiar el gran sello de la reina Keala y respondió al saludo distante y formal del joven compañero de su madre con una inclinación ausente de cabeza.

Esperó a que él saliera al pasillo para ponerse de pie y entrar a la habitación de Nablea. Su madre la esperaba sentada en una silla alta, frente a su mesa. La invitó a sentarse con un gesto.

—Buenos días, Varidene. Llegó, finalmente, ¿no?

—Llegó un mensaje de la reina Keala, si es a lo que te referís.

Nablea suspiró, y tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—Tenía la esperanza de que nos diera el día de hoy. Es un largo camino de Bjurikti hasta aquí.

—La mensajera llegó anoche, de hecho. Pero ya habían cerrado las puertas y tuvo que pernoctar extramuros, en una posada de la Serinta. Espera abajo. Al parecer tiene cierta urgencia por llevar una respuesta.

Nablea apretó los labios, y cerró los ojos para romper el sello del nuj con la insignia de Gukduk-hé, insignia de la familia y la diosa protectora de Keala de las Sulim, reina de Mabalaya. La cera hizo un ruido sordo, seco. Abrió los ojos, y leyó varias veces, con paciencia.

—Es muy claro, lo que quiere es dejar completamente anulada la posibilidad de una solución diplomática de ninguna índole. Exactamente lo que esperábamos. Lo que necesita es, obviamente, la guerra.

—¿Qué pretende?

—Lo que suponíamos: recuperar Isidena, la ciudad que la reina Anta Praelim de Mabalaya cedió a Lubacay en agradecimiento por servicios prestados desinteresadamente, cuando todavía era un pueblucho no más grande que Bansena o Talba. Como resarcimiento por los más de dos siglos que Isidena lleva como parte de Lubacay, espera otro período igual en que Lubacay ceda el puerto de Baricai y la ciudad de Codena. Y de paso, para sumar vejaciones, un tributo anual de cien hombres libres para destinar al servicio de las Veintiuna Familias de Mabalaya.

Varidene frunció el ceño.

—¿Es tan seguro que no habrá modo de encontrar una salida diplomática a esto?

—Es en vano intentarlo. No tiene nada que ver con nosotras ni con Lubacay esto, hija —Nablea arrojó la misiva con furia apenas contenida sobre la mesa, y se llevó una mano al vientre abultado—. La Reina Lasda, nuestra antecesora, supo bien que esa ciudad sólo nos traería infortunio.

—Pradmer Righitz viene de Isidena, también. O sea —se apresuró a corregir—no sé si puede decirse que sólo viene infortunio de la ciudad que trajo al padre de tu heredera.

—Pequeño consuelo... Lo que ocurre es que Keala necesita la guerra fuera de sus fronteras, Varidene, para evitar una del lado de adentro. Me temo que cabe la posibilidad de que no haya Lubacay para que tu hermana reine.

—¿Pero no habrían sido los signos como los míos, en ese caso? O sea, la diosa Delero no hubiese confirmado una Heredera si no hubiera reino que heredar.

—Es lo único que me hace pensar que tenemos alguna clase de posibilidad. Pero si la hay, no va a ser diplomática. Si aceptáramos las exigencias de Mabalaya para evitar el conflicto a toda costa, habría un levantamiento, y sería nuestra gente la que rompería la paz. Es lo mismo. Y Keala y su Consejera lo saben bien. Dado el caso, podemos llevarle rápido la respuesta a la mensajera impaciente. Ya debería estar de vuelta Aorion Onite, que quedó encargada de rever la Donación de Isidena, tendrás que pedirle los detalles a ella para incluirlos en la misiva. Pero hay que mandar a decir a la reina Keala que si quiere su guerra estamos dispuestas a darla. ¿Desayunaste o también te despertaron para esto? —Varidene negó con la cabeza—. Podríamos bajar entonces, y acompañar a Eridenz y a tu Treda, que deben estar despertándose. Iré a buscar a Mablik. No serán muchas las ocasiones que nos queden para desayunar en familia, como si estuviéramos en paz.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.


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