La pieza diferente: treinta y dos

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Era poco antes del mediodía, y el calor húmedo cargado de insectos subía desde el río hasta la habitación en que Dedemie esperaba impaciente, desde hacía ya un buen rato, la llegada de Faghad. Caminaba de un lado al otro de la habitación, los pies descalzos para sentir algo del frío de la roca, repasando su indicación. Por la mañana, tan pronto como fuera posible.

¿Habría decidido que era una locura? ¿Tendría que esperarla hasta entrada la tarde y llegar a la conclusión de que nunca vendría?

Había bajado a refrescarse al río, a una zona de la orilla desde la que podía oír los goznes de la puerta trampa chillar. Había vuelto a subir, y se había dejado caer sobre la cama llena de recuerdos hasta que el calor la había obligado a levantarse. Había mirado largos, interminables ratos por la angosta ventana que daba al fuerte de Aleó, del otro lado, y había paseado los ojos por las muchas torres de la construcción, originalmente gemela, que tras un siglo de ampliaciones lucía tanto más imponente.

A las cansadas, escuchó ruido de pasos subiendo las escaleras, se sentó primero, y luego decidió que era mejor esperarla de pie, cerca del umbral. Estaba tratando de decidir qué hacer con sus manos, que parecían sobrarle a su cuerpo, cuando finalmente la vio entrar.

Notó enseguida que algo andaba mal. Estaba perfectamente vestida para el supuesto entrenamiento, con una garda verde bastante corta, de tela resistente pero liviana, y traía un poco de barro del pasadizo en los pies. Pero, si sus ojeras no mentían, no parecía haber dormido, y había algo sombrío en su mirada. Todos sus temores se reavivaron al unísono, y no supo si ir a abrazarla, esperar, o qué decir.

—Faghad, hermosa, ¿qué es lo que pasa? —atinó apenas a decir.

Faghad la abrazó en silencio, le dio un largo beso, luego bajó la cabeza, la apoyó sobre su pecho y se echó a llorar, desconsoladamente. Dedemie le acarició el pelo, sin comprender.

—Perdón, Dedemie, no tendría por qué cargarte con esto. En mal momento nos vinimos a conocer, la verdad.

—¿Es conmigo? ¿Es mucho esto para vos? —buscó los ojos oscuros de Faghad con los suyos—. ¿Es que… no sé… preferirías no verme?

—No tiene nada que ver con lo nuestro, no. Por favor, no pienses eso —le aseguró, y la abrazó más fuerte—. Venía haciendo el papel de la inmutable Consejera Faghad de las Sulim prácticamente desde que nos despedimos ayer, y ya no lo soporté más. No dormí, pasé toda la noche reunida con Keala, tratando de resolver lo irresoluble. 

Faghad la tomó de la mano, se sentó en la cama y le pidió con un gesto que hiciera lo mismo. Dedemie obedeció sin decir palabra. Por primera vez desde que había vuelto a Bjurikti, tuvo la sensación de que algo grande le estaba pasando por debajo de las narices, y se le estaba escapando por completo. Era una sensación de la que, como heredera de Nuralia, viviendo en la Casa Roja y cultivando la amistad de la poco discreta Libítare Qualim, había llegado a desacostumbrarse pronto.

Faghad, sin decirle más nada, volvió a besarla, y buscó los bordes de su ropa mucho más rápido que la tarde anterior.


Después de los placeres, tras un rato de acariciarse despacio, Faghad fue la que rompió el silencio.

—¿Puedo preguntarte algo y confiar en que me serás completamente sincera?

—Lo que quieras, claro.

Faghad tomó aire antes de formular su pregunta.

—¿Zuria, tu madre, mandó matar a la mía, la Reina Dapes, no?

Dedemie respiró profundo, miró al techo y se tomó su tiempo para responder. No había esperado esa pregunta. Sintió nuevamente aflorar la duda. ¿Cuán segura podía estar de que Faghad de las Sulim no la estuviera usando? Reflexionó sobre las veces en que la había encontrado vulnerable, con la guardia baja, en sus ojos entonces, y en el temblor sincero, prácticamente imposible de fingir, de su cuerpo bajo sus dedos. La miró nuevamente a los ojos, y decidió que, si Faghad, Consejera de la Reina Keala, la estaba usando, era la mejor actriz que habría de conocer en todos los tablados del mundo. Y ella, de todas maneras, estaba ya perdida.

Y entonces respondió.

—Tengo que decir que no me consta, estaba en Golikti cuando la reina Dapes murió, y mamá jamás habla de eso. Pero hay que tener en cuenta que Nuralia no lo hubiera permitido, así que, si tu madre hubiera muerto por órdenes de la mía, eso jamás se hubiera dicho ni se comentaría abiertamente en la Casa Roja. Dicho eso, me temo que es, sí —se sinceró—, lo más probable.

Hizo una pausa, bastante extensa, y agregó:

—Creo que tengo que asegurarte y repetirte que te fui completamente honesta aquella vez en la calle, el día de nuestro primer beso, cuando te dije que había, y todavía hay, un sicario asignado a la tarea de deshacerse de vos, que sigue  buscando la oportunidad en tu descuido. Eso Zuria no tuvo ningún problema para proponerlo abiertamente en el Consejo de las Ihalim. Ni tuvo problemas Nuralia en aprobarlo. Yo me opuse, claro, dije que era una locura, y que era una garantía de que Ildei Zaelim nos declararía la guerra. No pareció importarles particularmente. Por un momento… No sé, casi podría decir que a veces pareciera que fuera eso lo que están buscando, desatar la guerra con Nales de una buena vez.

A su lado, Faghad levantó la mano que acariciaba su vientre, y se la llevó a la frente.

—Entonces, realmente somos prácticamente Keala y yo contra Mabalaya. Bueno, supongo que podemos contar con Ferga Dredim, Nilia Mepelim, Ómide Fegelim y las suyas, las familias que responden a las Sulim. En algo. Pero como si fuese una gran cosa...

—Y conmigo, Faghad. No te olvides nunca, jamás de contar conmigo. Ahora, vi que tomás tus precauciones y que tenés una sígadim que nunca se aleja demasiado. Eso sirve, no van a actuar con testigos. Mi voz no vale mucho que digamos en el Consejo de las Ihalim, pero asumo que siendo razonable e insistiendo un poco puedo convencer a Nuralia de que es mejor idea buscar algún tipo de pacto con vos y con Keala, antes que seguir tratando de matarte y de entrar en conflicto abierto con Nales. Nuralia está vieja, pero mamá Zuria todavía la respeta. Y por suerte mi tía tuvo el buen tino de designarme segunda heredera a mí y no a mi madre, en su momento, así que es todo cuestión de ganar tiempo. Supondría que todavía tenés alguna forma de disponer de Riorrem y del vínculo con las Zaelim para mantener a Ildei en paz, ¿verdad?

—No, ese es el problema que me mantuvo en vela anoche, de hecho. Bueno, si lo que quieren Nuralia y Zuria es una guerra con las Zaelim, por lo menos no van a necesitar matarme para que eso ocurra.


Le narró, entonces, su encuentro de la víspera con Riorrem, y la larga noche en vela con su hermana la Reina, intentando solucionar lo que parecía no tener solución posible. Para cuando terminó, tenía nuevamente los ojos llenos de lágrimas.

—Perdón, preferiría que no me vieras así, pero entenderás que esto es terrible para mí, y que no tengo con quién más… Perdón, Dedemie, no debería cargarte con esto.

—No tendría sentido que estuvieras acá de otra forma. Nada en esta situación es justo, no tendrías que haberte visto obligada a elegir entre tu padre y tu hermana…

—No podría elegir entre ellos. Si elijo quedarme, y hacer todo lo que está en mi poder por evitar una guerra, no es sólo por Keala. No tengo forma de saber qué hubiera hecho en otras circunstancias, me resulta totalmente impensable. Pero como no conseguía decidir entre ser fiel a Keala y a Riorrem, te elegí a vos. Y la única forma de no perderte es tratar de pacificar, de alguna manera, como sea, a las Cuatro.

Ante la falta de algo para decir, y un poco para deshacerse del nudo en la garganta, Dedemie la besó. Un beso largo, apasionado, de cuyo final no podían nacer palabras. Así que las manos buscaron nuevamente cada rincón de la piel, y los cuerpos se hicieron un único montón en el silencio.

Se vistieron después, y bajaron en silencio hacia la orilla del Gamir, que seguía su curso manso, ajeno a todo.

—Vamos a tener que encontrar alguna clase de salida alternativa, no hay otra opción —dijo finalmente Dedemie.

—Sí, pero ¿cuál? No hay forma de negociar con Ildei si lo que quiere es poner a tu familia entera en una pira funeraria. Sabés que no se va a conformar con menos. Y eso las incluye a Keala y a vos, claro.

Dedemie arrojó una piedra pesada al agua con furia, que hizo un sonido grave al caer en medio del río y levantó una buena cantidad de agua.

—Sí, por menos que una guerra en nuestras fronteras no podríamos contar con Ildei.

—Y no creo que pudiéramos contar con ella en ese caso, tampoco. Más bien aprovecharía la ocasión para atacar. Después de todo, las Gulim, Haelim y Troelim, tres de las familias más poderosas y numerosas después de las Cuatro, le rinden homenaje a Ildei, y bien sabemos que ante un conflicto abierto las Libres se alinearían casi en su mayoría con Nales.

—No, recordá que antes que a la Reina y a las Sulim, a las que bien puede desconocer, Ildei Zaelim le debe fidelidad al Consejo de las Veinte Familias. Si no compareciera ante un enemigo externo a Mabalaya, Rena Gulim, Naria Haelim y Ghiri Troelim pasarían a tener derechos sobre su tierra, en vez de ser al revés. Perdería su lugar entre las Cuatro, y lo ocuparían ellas, que dudo muchísimo que fueran a perder esa oportunidad. No, si la frontera, por lo que sea, dejara de ser segura, Ildei tendría que bajar la cabeza, comparecer, y olvidarse de Bjurikti por lo que sea que duren las complicaciones relacionadas con el conflicto. Pero eso no va a pasar, la paz con Mesparia, Darderia y Lubacay es bastante sólida. Supongo que en cierta forma es una suerte que ese no esté también en la lista de nuestros problemas.

Faghad pareció considerar sus palabras, en silencio. Arrojó una piedra pequeña con destreza, que rebotó cinco veces en el agua antes de hundirse, casi en la otra orilla del río.

—¿Y si fuéramos nosotras, si fuera Mabalaya la que rompiera esa paz? —respondió sin mirarla, y por un momento Dedemie tuvo la impresión de que la Consejera no le hablaba a ella, de que pensaba en voz alta, y se había olvidado de que estaba allí. Recordó la misiva de Aorion Onite a su hermano, apenas dos días atrás. Una eternidad. Quizás, pensó Dedemie, esta vez había finalmente hablado de más.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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