La pieza diferente: treinta y cinco

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No podía decirse con objetividad que la ciudad de Golikti fuera particularmente hermosa. Era una ciudadela portuaria, rodeada de tierras de cultivo, viviendas de agricultores y depósitos de comercio. Y la casa de las Veeklim era más pequeña que la Casa Roja. Pero fuera del tamaño no tenía mucho que envidiarle. Al menos no para los ojos de Aorion Onite, que había compartido todas y cada una de las noches desde su llegada con su ansiado Turog.

La tarde se le disolvía en sudor en la mano, y le costaba mantener el cálamo entre los dedos. Si había algo que objetar de la casa Veeklim, era que la biblioteca no parecía hecha para los veranos húmedos de Golikti: los techos eran demasiado bajos, los dos ventanales que iluminaban las amplias dos mesas de trabajo dejaban entrar demasiada luz y el aire no corría del todo bien. Hasta la silla, que era mullida pero tenía el respaldo demasiado hacia atrás y que la hacía transpirar con su tela gruesa, parecía más hecha para largas tardes de lectura de invierno que para un trabajo veraniego de copia. Era, pensaba Aorion, la biblioteca de quienes están demasiado convencidas de que los largos días del verano están hechos para pasarlos en la costa, y que la biblioteca es un lugar para anidar durante las tardes otoñales de lluvia. La tarima que ocupaba la esquina al lado de la puerta, bajo la tercera ventana, cubierta con un grueso colchón de plumas y con varios almohadones para echarse a leer, reforzaban la idea.

Detuvo la mano en el borde del tintero, imaginándose a sí misma en ese rincón, un día fresco, apoltronada sobre el vientre de Turog, leyéndole la traducción al mabalayo de la historia de Ilduka la Bienaventurada que había visto entre los altos estantes de madera. Pero dejó durar poco la ensoñación: no le restaba demasiado trabajo con su copia. Podía terminarla esa misma tarde, y estaba segura de que Griena no objetaría que se quedara unos días más. Sabía que Turog había sido bastante abierto con ella respecto del motivo real de su visita.

Copió en silencio, atenta más al dibujo prolijo de los caracteres sobre el papel que al sentido de lo que estaba escribiendo, mientras Amberó atravesaba la bóveda celeste y se echaba a descansar sobre la silueta oscura de las casas y de la muralla. Pasó casi sin atención por la guerra entre el entonces imperio dárdero y el entonces humilde reino mabalayo, y la ayuda que Lasda Mnatesogran y las Iniciadas habían prestado a Anta Praelim de Mabalaya para evitar una catastrófica caída. Apenas podía imaginar el caserío sin suerte que habría sido Isidena en aquel tiempo, tierras de cultivo y un poblado que eran todo lo que las Praelim habían podido pagar a su pueblo por el servicio.

Para qué querría la reina Nablea de las Mnatesogran una copia de los términos humillantes de la donación de Isidena, se le escapaba a la escriba por completo. Terminó de escribir el pie de copia, en lubacó, cuando ya la luz empezaba a hacerse insuficiente, y en lo único que podía pensar era en bajar a bañarse al jardín. Enrolló el cuadernillo con parsimonia, lo ató prolijamente con una cinta púrpura, lo envolvió en una cubierta de cuero abotonado y bajó a dejarlo en su habitación, para olvidarse del asunto hasta que fuera momento de entregárselo a Kortuka Agarien.

Bajó las escaleras de piedra rojiza (la misma que formaba los muros de la Casa Roja, notó Aorion, y se sorprendió de no haberlo notado antes) canturreando bajito, con voz desentonada, una canción de las que había compuesto Varidene Mnatesogran para las largas veladas de su madre en Baricai. Sólo cruzó a un par de esclavos que limpiaban los pisos desiertos por los tres pasillos que atravesó hasta llegar a su habitación: las Veeklim deberían seguir en el mar, evidentemente. Si se apuraba un poco tal vez podía cambiar el baño en el jardín por una zambullida. Aceleró el paso.

Adentro de la habitación, a horcajadas en el alféizar de la ventana, tocando con destreza en el glario una melodía que Aorion no reconocía y que probablemente fuera improvisada, la esperaba Turog.

—Ya creía que no ibas a venir nunca —reprochó Turog, interrumpiendo la melodía.

Ella lo besó sin decir palabra, con una sonrisa. Después guardó en uno de sus cofres el documento, y recién entonces sugirió:

—¿Llegaremos al mar si apretamos un poco el paso?

—No creo. No falta mucho para el anochecer. Hoy tocará refrescarse con agua del pozo. Veámosle el lado positivo: estará más fresca que el agua que viene de la boca del Mairib, con cómo estuvo hoy el día.

—Pena, no me hubiera venido nada mal nadar un poco.

—Será mañana, que ya no tenés que ocuparte de ese documento horrible. Porque lo terminabas hoy, ¿no?

—Ese documento horrible es mi excusa para estar en Golikti, así que por lo menos por eso se merece tu respeto —reprochó Aorion con sorna, mientras se cambiaba la ropa por una larda ligera y abierta de baño—. Y sí, ya terminé.

Turog también se quitó la ropa, tarareando una tonada sencilla de Bjurikti, y se echó encima una larda oscura que le llegaba hasta la mitad del muslo.

No quedaba sino un resto de luz diurna sobre el jardín, pero el calor prácticamente no había disminuido, y los bancos de piedra estaban todavía demasiado calientes para sentarse. Turog bombeó agua desde el pozo hasta llenar a la altura de las rodillas la pequeña pileta de piedra blanca, el baño de verano de las Veeklim.

Jugaban a echarse agua sobre los ojos, dando manotazos sobre la superficie, y escucharon la voz cansada de Griena, que salía de la puerta que daba al jardín.

—¿No estaba en el mar?

—Yo hubiera pensado que sí —respondió, también sorprendido, Turog.

Salieron del agua. Aorion sintió el calor del día sin viento que se le volvía encima, y la picazón de los dedos quemantes de Amberó, que no se resignaba a esconderse del todo tras el horizonte de muros. Griena, pensó Aorion, por una vez no parecía traer su aura feliz consigo. Algo en su rostro estaba mal.

—Turog, Aorion. Necesito hablar con ustedes dos en privado. Séquense, traten de hacer rápido, los espero en la biblioteca.

Y volvió a entrar, sin anticiparles nada más.

—¿Y eso qué fue?

—Ni idea. No es común, Griena nunca se pone así.

Aorion retorció el borde de su larda para escurrirla, e inclinó la cabeza para hacer lo mismo con su cabello, que el agua había pasado de castaño rojizo a casi negro.

—¿Le habrá llegado palabra a Zuria sobre lo nuestro?

—Es muy probable que haya oído algo. Pero a mamá no podría importarle tanto. Y Griena, de ser así, habría anticipado algo, no te quepa la menor duda.

Entraron en silencio, aún empapados, y se terminaron de secar y de cambiar en la habitación de Aorion. Turog extendió las dos lardas en el alféizar, y acompañó a su amiga escaleras arriba, manoseando con dedos nerviosos uno de los botones de madreperla de su serba. Para cuando llegaron a la biblioteca, el botón se había salido.

Griena esperaba con una de sus hijas menores, Nalí, sentada en los cómodos almohadones de lectura. Pero su expresión era bastante incómoda. Los invitó a sentarse.

—Aorion, Turog, odio tener que hacer esto. Pero me temo que van a tener que irse los dos, sin demora. Nalí volvió de Bjurikti en calidad de mensajera, tiene que llevar el mensaje a la casa de Bora Zaelim ahora. Diré que ustedes ya se habían ido cuando el mensaje entró, es el único modo de que pueda enviar en libertad a una emisaria de Nablea en este momento. ¿Era algo relacionado con Isidena lo que estabas copiando, querida, verdad?

Aorion asintió.

—Sí, la versión en mabalayo de la Donación de Isidena, ¿por qué?

—Entonces para variar las Iniciadas de Lubacay ya sabían —y miró a la traductora con algo de pena—. Qué raro que arriesgaran dejarte venir.

Aorion recordó los ojos preocupados de Kortuka Agarien, aquella Iniciada a la que podía llamar amiga. En el calor casi líquido de la biblioteca, sintió en los brazos algo parecido a una brisa helada. Griena les alcanzó el mensaje.

—No se supone que te deje leer esto, a vos sobre todas las personas en Golikti, Aorion. Pero no voy a decirte nada que Nablea no sepa, si te mandó a copiar precisamente ese malhadado documento.

Aorion leyó, sin dar crédito a sus ojos, un par de veces, y esperó a que Turog, que no era un lector tan rápido, terminara para devolver el mensaje a su anfitriona.

 —Bueno, Aorion, espero que te lleves tan bien con acampar y hacer fuego como Turog, porque te tocará pasar esta noche en el camino. Turog, sé que lo estás pensando, pero por razones obvias necesitamos que te vayas en dirección contraria, y que llegues a Bjurikti lo antes posible. Lo siento, créanme que realmente lo siento. Y ruego a las Siete que no dejen a Sílik salirse con ésta.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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