La pieza diferente: trece

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En el túnel la oscuridad era absoluta, y sólo le quedaba la mano cálida de Dritz para guiarla. La tierra blanda ahogaba el ruido de sus pasos, y las paredes angostas eran suaves como las sábanas de su lecho. El aire olía estanco y húmedo, pese a alguna corriente fresca que entraba por lo que suponía ser alguna suerte de ventilación, cargada de voces e indicios de actividad que venían de arriba. Dritz le había indicado silencio, pero ahí abajo, completamente ciega, una aparición disuelta en la nada de un pasaje que no debía existir, le resultaba difícil contener el impulso de hablar, cantar, recordarse que era una entre los vivientes y no un fantasma de los muchos que rondaban las noches de la Casa Roja.

Su mano libre encontró un pedazo de tela podrida, que casi se deshacía al tacto, y un insecto se le trepó rápido al brazo. Se lo sacudió con un sobresalto y el resto ahogado de un grito. Dritz se detuvo y subió una mano inquisitiva a su hombro, para comprobar que estaba bien.

—Un insecto —murmuró, lo más bajo que pudo, Faghad—. ¿Este es…?

Dritz la silenció llevándole el pulgar a los labios, volvió a tomarla de la mano y la llevó por el corredor interminable. En determinados momentos se hacía necesario bajar la cabeza, y Faghad sentía las paredes cerrarse alrededor suyo. Por otros momentos llegaban a aperturas donde se adivinaban en la oscuridad espacios más amplios. Andaban despacio para no tropezar y para no perder el camino en las bifurcaciones, que Dritz distinguía sin dudar.

En determinado momento una nueva escalera descendía todavía más abajo, y el aire se hacía más pesado. Dritz apretó un poco el paso.

—Ahora se puede hablar, ya estamos fuera de las casas nobles. Pero más vale apurarse un poco en este tramo, el aire es bastante malo.

—¿Estamos en el Corredor de las Praelim, verdad?

—Sí. La mayor parte del corredor está inutilizado, bloqueado, o derrumbado. Pero todavía se puede ir de la Casa Roja al Palacio.

—Creí que ya nadie sabía dónde estaban las entradas.

—Es un secreto Ihalim bien guardado. Podría rodar mi cabeza si se sabe que llevé a una Sulim por acá. Pero precisamente es la forma más segura, es el último lugar en el que nadie te buscaría.

A Faghad le corrió una gota de sudor frío por la espalda. Le dolía la cabeza y le pesaban las piernas. Canturreó por lo bajo una cancioncita que hablaba de prados y muchachos hermosos bajo la luz buena de Amberó.

Pero se calló enseguida. Era contraproducente pensar en la belleza de la luz ahí abajo, donde los ojos no le servían para nada. Cuando el silencio volvió a hacérsele espeso, canturreó una tonada con una plegaria vieja a Amberó entre los dientes. Su murmullo sonaba amplificado con el sonido apagado de sus pasos en la tierra del suelo y el silencio. El eco la hizo sospechar otro pasadizo que se abría a su derecha, adonde no podía llegar con su mano izquierda libre. Dritz rió.

—Vas a volver a ver enseguida el rostro de Amberó, Faghad de las Sulim, no te preocupes. Falta poco ya. Tenemos que volver a hacer silencio.

Sintió bajo los pies que el túnel se elevaba, y tras una veintena de pasos Dritz le advirtió que comenzarían, nuevamente, los escalones. Subieron en la oscuridad ayudándose con las manos. Él se detuvo. La rendija mínima de luz que dejó pasar la compuerta apenas abierta, tras tanto rato ahí abajo, le resultaba cegadora. Él la volvió a cerrar.

—Está pasando una fila de la Guardia. No conviene que nos vean salir —advirtió, en un susurro.

Faghad trepó el par de escalones que la separaban de aquél en donde él se había sentado. Pasó un brazo por detrás de su cintura, buscó su rostro en la oscuridad con la mano que había quedado libre, y lo besó largamente, mientras escuchaban el paso apretado de la Guardia arriba de sus cabezas.

Esperaron en silencio a que el sonido se alejara, y recién entonces Dritz volvió a abrir la compuerta, primero apenas una rendija para observar, luego el espacio suficiente para dejarla salir. Desde el pasadizo, Dritz le sonrió, y volvió a cerrar la compuerta, que quedó de nuevo disimulada magistralmente en el mosaico del lado de afuera.

 Estaba en uno de los salones menores en desuso, en la parte antigua del palacio, frente a una puerta abierta que daba a un pasillo desierto. Cerca de las habitaciones que habían sido de las reinas Praelim, reflexionó Faghad. Tomó uno de los corredores de servicio para volver a su torre.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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