La pieza diferente: Siete

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Recostado en el lecho blando de una de las habitaciones para huéspedes de la Casa Roja, desnudo, Turog Ihalim se entretenía en juegos de cordel con el cordón que habitualmente ceñía el vestido de Aorion Onite.

—¿Hace falta que hagas eso justo ahora? —se quejaba.

—El pedido fue expreso: la reina Nablea quiere novedades de la coronación hoy mismo.

—Siempre supuse que las Reinas Brujas precisaban menos avisos de esta índole…

—Algo de eso habrá, me temo. No lo dijo, pero supongo que debe haber visto algo de lo que pasó en la coronación.

—¿Por qué?

Aorion hizo una pausa. Descruzó las piernas, y miró hacia la cama. Turog sostenía una estrella de cuerda plateada en las manos, y la miraba fijo. Enredarse con un Ihalim no podía ser otra cosa que un error. ¿Y qué podía decirle? Después de todo, apenas tenía suposiciones. Que podían ser erradas. Su resto de sangre Mnatesogran no había venido con especiales dotes de clarividencia.

—Me envió con algunos recaudos. Y me pidió escribir y volver enseguida. Se supone que debería salir mañana.

—¿No hay modo de que puedas quedarte unos días más?

—No es buena idea incumplir órdenes de una reina bruja.

—Tengo entendido que esta misma semana la nueva reina tendrá que elegir consejera. Todas las comitivas están esperando que se fije la fecha de la elección, y que se realice el banquete correspondiente, sería un tanto extraño que la enviada de Nablea de Lubacay se fuera antes. Ya escuché a Nuralia y a mi madre comentar lo raro que es que te hayan mandado sola.

Tenía que reconocer que, en eso, Turog tenía un buen punto. Sacó la pluma del tintero en que la había dejado reposar distraída, arrugó el papel que tenía enfrente y comenzó otro nuevo.



Aseguran que por entonces los pájaros mensajeros tenían algunas deferencias con las reinas brujas, y que la badrona gris que llevó el mensaje de Aorion Onite a la reina Nablea esperó un momento de soledad para posarse en el alféizar de la ventana y cantar su canto destemplado y orgulloso. Era la noche después de la coronación de la reina Keala, y la badrona debió haber volado particularmente rápido. La reina desenganchó el pequeño fragmento del pie del pájaro, y lo dejó volar al aviario. Acercó la hoja a la llama de una lámpara y leyó.



—“La reina Keala envía sus saludos. Fue coronada, y quedó bajo la tutela de Gukduk-hé. Solicito licencia para permanecer en Bjurikti unos días más con las demás comitivas hasta la elección de la Consejera Principal. Saluda a su Majestad: Aorion Onite, descendiente de la Reina Amnia”. ¿Satisfecho?

—Bastante. ¿Es necesario aclarar el parentesco real? ¿Quién no lo tiene?

Aorion rió. Su sangre real, era cierto, valía dentro de todo bastante poco.

—No es tan largo en lubacó. Queda Aorion Onite Im Ámniane. Digamos que más bien señala cuántas reinas atrás está tu parentesco real. Y no, no todas las nobles lo tienen tan cercano. Algo es algo.

—Leémelo entero en lubacó, quiero saber cómo suena.



Nablea se acariciaba distraída el vientre hinchado, y miraba un punto fijo de la pared en donde la luz de la lámpara de aceite dibujaba figuras movedizas con la sombra de un cálamo. Así que había sido Gukduk-hé, de todas las siete. Alguien podía atribuir sus malos sueños y sus signos sobre Keala a eso: después de todo, era la señal inequívoca de que el reino vecino no tendría un reinado de paz. Pero ¿por qué a ella?

El pedido de su diplomática era razonable: no había por qué arriesgarse a ofender a una reina bajo la tutela de Gukduk-hé sin motivo aparente. Aorion, como era de esperar, estaba haciendo bien su trabajo.

Pero ¿por qué entonces ese dejo de inquietud? ¿Por qué la sensación de que algo faltaba?

En todo caso, era un asunto menor, y no había motivos para no contestar enseguida. Mojó el cálamo en tinta y escribió: “Mis felicitaciones a la reina Keala. Confío en su criterio, Aorion, pero procure no extender la estadía más de lo estrictamente necesario”. Añadió con su anillo el sello oficial.



Bajó los escalones desde el aviario de la Casa Roja de dos en dos, demasiado apurada para darle más que un pensamiento rápido a esa joven que tanto se parecía a Turog, pero que no había estado en la coronación. “Ha de ser Dedemie Ihalim”, se dijo, pero si el pensamiento iba a llevarla a preguntarse por lo muy saludable que lucía la hermana de su amante, se desvió inmediatamente al entrar a su habitación y encontrarlo, todavía desnudo, todavía en su cama, con una sonrisa luminosa en los labios.

—Ya está. Supongo que mañana tendré respuesta.

—Te va a permitir quedarte, seguro.

Aorion se sentó en el borde de la cama, y le acarició el pelo.

—Yo no estaría tan segura. Pero la ilusión es gratuita.

 Con un movimiento lento y cuidadoso, Turog volvió a soltarle la correa plateada del vestido. Pero no para formar estrellas.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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