La pieza diferente: sesenta y uno

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En el palacio de Baricai, la reina Nablea cantaba una canción para dormir a Nujurduk cuando la asaltó el vértigo característico que anunciaba que, en otro sitio lejos de ahí, alguna de las Iniciadas había, excepcionalmente, hecho lo que le estaba normalmente reservado a ella, y había llamado una reunión de las Doce. Se dio prisa en mandar llamar a su hermana Berene, para que cuidara de la pequeña en su ausencia, y buscó un sitio tranquilo donde poder reposar mientras durara el Consejo.

Los ojos se le nublaron cuando Berene llegaba a intentar calmar el llanto de su hija. Cuando volvió a abrirlos, descansaba sobre una roca, del otro lado del sueño. Permaneció unos momentos de cara al cielo límpido, disfrutando del olor bueno de las olas de Delero que rompían cerca, y la brisa cálida que llegaba desde la inmensidad desconocida de las aguas interminables. Pero se levantó más rápido que otras veces: no conocía la emergencia que la llevaba ahí, y podía que hubiera poco tiempo. Se puso de pie, y se cubrió los ojos para ver cuán lejos de la gruta la había dejado la Diosa esta vez.

La gruta estaba a pocos pasos. Y, al parecer, ella era la última en llegar: las otras once esperaban afuera, conversando animadamente.

—¿Quién llamó el Consejo esta vez? —preguntó, mientras tomaba su lugar en el círculo, alrededor del fuego.

Del otro lado de las llamas, Lubtana levantó la mano.

—Creí que era bastante más seguro que enviar badronas, dadas las circunstancias.

—¿Debo suponer que hay noticias de los pueblos de Ninie, entonces?

—Inurion y yo conseguimos reunirlos, sí. Acudirán. Acudiremos —se corrigió—, yo estoy en camino también. Todos se han puesto en marcha. Resta definir la estrategia.

Lubtana Enirente hablaba con entusiasmo, y se notaba en su voz que efectivamente contaba con que la ayuda de Ninie, que tanto le había costado conseguir, sería suficiente para repeler la invasión. Inurion Mnatesogran, notó Nablea no sin inquietud, mantenía la cabeza gacha. Sus expresiones no acompañaban el optimismo de Lubtana.

—Si pude ayudar a reunir a las almas jóvenes de los valles de Ninie —interrumpió la anciana—es porque pude convencerlos de que el tiempo es poco, de que no podremos eternamente solos contra Mabalaya, y también de que restablecer Lubacay para asegurar nuestra paz será mucho más difícil que defender Baricai ahora. Por más vidas que eso cueste. Pero esta guerra ocurre por tus errores, Nablea Mnatesogran, y la gente de los valles lo sabe. Y puede que el trabajo que nos tomamos Lubtana y yo no sirva para nada, porque el nuj duerme dentro de los muros de tu ciudad, de la ciudad de Segan mi hermana, y si muerde antes de que Ninie llegue no habrá mucho que podamos hacer, más que retirar nuestros guerreros y resistir en las montañas hasta que sea la hora. Y no voy a mentir, majestad, pero es, sigue siendo, lo más probable.

—Aprecio tu preocupación, Inurion —agradeció Nablea, pero su gesto era duro—. Seguimos haciendo lo posible.

—Vi el corto reinado de Nífar tu madre, que, como tu Varidene, se preocupó tal vez demasiado de su glario y demasiado poco de Lubacay. Vi el largo reinado de mi sobrina Alea, que fue próspero y pacífico porque supo que la paz es un trabajo intenso. Recuerdo aún el reinado de mi hermana Segan, que contribuyó a que la estirpe de Keldre tomara Bjurikti, y con ello retrasó generaciones la guerra que ahora llega a tus murallas. Ninguna de ellas hubiera enviado a su hijo a morir a una emboscada como la de Bansena. Ninguna de ellas habría dormido en paz con la sonrisa del nuj que se pasea por los salones.

—Suficiente, Inurion.

—Cortarse el cabello para que el pueblo entienda que todo esto te duele no sirve de nada.

—Suficiente, he dicho. Entiendo que consideres cuestionable mi reinado, has visto mejores y nadie te lo discutirá. Pero no toleraré, ni frente al fuego que nos iguala, que me culpes de la muerte de mi hijo Eridenz. Hice todo lo que estaba en mi poder para evitar que saliera hacia Bansena, lo hizo pese a mis advertencias y sin mi consentimiento.

—Tampoco puede decirse que lo hayas evitado. De todas formas...

—No es momento —interrumpió Kortuka—. No tenemos tiempo para esto. Y el fuego de Delero no tiene por qué ser el escenario de discusiones inconducentes sobre quién tiene la culpa de nuestras desgracias. Menos cuando hay asuntos urgentes que resolver.

—Por una vez, tiene razón la guerrera —hizo especial énfasis en las sílabas de la palabra, enfatizando tal vez que Kortuka Agarien, de las Doce, era la única que no había crecido preparándose para la tarea de eventualmente devenir una Iniciada—. Ojalá tuviera el mismo cuidado a la hora de mostrar lo que conoce, pero por esta vez, tiene razón.

Kortuka abrió la boca para protestar, pero Baliana la tomó del brazo para calmarla, y optó por callarse. No quería contribuir a la furia de la anciana. No cuando tal vez se abría la que podía ser la última posibilidad de volver a tener paz. Se limitó a escuchar en silencio el reporte de Lubtana, y las instrucciones de Nablea, que se dedicó visiblemente a ignorar a la anciana cada vez que le fue posible.

Por las dudas, Kortuka Agarien prefirió no escrutar el fuego de Delero esa noche.




Pradmer pidió silencio a Varidene, y le indicó con un gesto que esperara. Devolvió a Nujurduk, dormida, a la habitación de la reina, y le pidió que lo acompañara.

—Debiste decirle lo de Dilarion —le dijo, una vez en el corredor, en voz baja.

—¿Para qué? Hubiera dicho que yo no estaba en condiciones de estar en esa reunión.

—Es tu madre. Y si fuera por lo que perdimos, ninguno de nosotros estaba en condiciones de una reunión como esa.

—Ella sí.

—¿De qué estás hablando, Varidene? Que no la hayas visto quebrarse por Eridenz no quiere decir que no lo haya hecho. Y su fe en la Diosa no la hace estar menos aterrada por Nujurduk. Y por vos.

Varidene torció la boca en una mueca que quiso ser la sombra de una risa. Él le puso una mano en el hombro, y el gesto se le congeló en amargura.

—Estoy con vos en esto —dijo él, mirándola a los ojos y remarcando un poco el tratamiento informal, que volvía a usar por primera vez en cinco veranos—, entiendo que no hay necesidad de fomentar la desesperación en Baricai, habiendo refuerzos en camino. Pero las Iniciadas hablan de traición, y también es razonable temer que alguien intramuros pueda comunicar nuestros movimientos a Mabalaya.

Una de las brisas heladas que solían recorrer los pasillos del palacio de Baricai hizo que Varidene se llevara las manos a los brazos.

—La desesperación es mala consejera, Pradmer. Eso temo. Basta ver lo que hizo Dilarion.

—Dilarion Arente no desesperó. Perdió motivos para valorar su vida, y devino temeraria. Es distinto. Los dos la vimos luchar. Y si fuera por eso, ¿tengo que recordarte que tuve que obligarte a retroceder?

—Gracias, Pradmer. Me parece oír que Nujurduk despertó —dijo ella, y le bajó la mano, con gentileza pero sin dejar de marcar el gesto—. Y seguro que mamá estará esperando hablarte. Buenas noches.

Él se movió apenas hacia adelante, como si hubiera considerado por un momento abrazarla. Pero devolvió el saludo, volvió a las habitaciones de la reina, y cerró la puerta.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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