La pieza diferente: sesenta y siete

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Con permiso de la reina Keala, pedido por la anciana Gebro Qualim, médica de su casa, Meba emprendió el camino de regreso hacia Bjurikti la tarde después de la caída de Baricai. Dejó a Libítare la responsabilidad de representarla en la Mesa de Keldre en su ausencia, y llevó un número reducido de guerreros con ella. Gebro la médica insistió en que cabalgaran a cierta distancia adelante y atrás del fop para no perturbar su silencio, y que el carro fuera permanentemente cerrado, para que no la molestara la luz.

Incluyó entre las provisiones una borgo para abastecer de leche a la pequeña hasta tanto fuera seguro encontrarle una nodriza, y se puso en marcha con ella en brazos, en la oscuridad del fop. Por fortuna la niña, como si comprendiera de alguna manera misteriosa lo que estaba ocurriendo, se abstuvo de dar rienda suelta al llanto en el camino al campamento y entre las tropas mabalayas, y sólo dejó escuchar toda la potencia de su aguda voz al pasar por las ruinas oscuras y solitarias de Bansena.

—Todas perdimos bastante en esas ruinas, chiquita —le murmuró Meba, y le cantó una de las canciones de cuna con las que solía dormir a su Lánea.

Tal vez, pensó, su hija y esa niña pequeña todavía tendrían ocasión de llevarse bien. Pero pensó en Libítare, y en Nablea destruida a los pies de la cuna de su hija, y se le cerró la garganta. La niña, sin embargo, calló, y se limitó a mirarla con sus grandes ojos grises, único rasgo visible heredado de su padre.

—Me pregunto cuál habrá sido el nombre con el que te nombraron las Iniciadas.

Descorrió la lona que cubría la abertura del costado del fop, y miró otra vez las ruinas tristes del poblado. No sería difícil averiguar el nombre de la Mnatesogran que volvía a entrecerrar los ojos en sus brazos, en el vaivén del camino: su supuesta muerte sería bandera de las Iniciadas que seguían con vida en otros puntos de Lubacay.

Cabía también la posibilidad, y el peligro, de que Delero descubriera el engaño a quienes podían ver en sus misterios. Se repitió que no había motivo para preocuparse con los designios insondables de las Diosas antes de que ocurran.

—No va a haber más remedio que darte otro nombre nuevo, fuera el tuyo cual fuese, hijita. Pero no quiero elegírtelo yo, que tuve que ver la sangre derramada de tu madre. No sería justo —le dijo. Y después, para sí, murmuró—Nada de esto lo es.



                                              

Alina y Délare, las dos Jolim menores que habían tenido que seguir a Libítare y Nígot a las habitaciones de Nablea, cabalgaban delante del fop de la que había sido su sígada hasta no mucho tiempo atrás. Eran las únicas que se mantenían cerca del carro además de la médica, que cabalgaba detrás, y del painoner que llevaba las riendas.

—Supongo que también te tomó juramento, ¿no? —preguntó Délare.

—Como a todos los que llegamos a verla.

Délare negó lentamente con la cabeza.

—Esto es una locura, Alina. Eventualmente va a saberse. Más temprano que tarde. Una Mnatesogran en Mabalaya no puede sino llamar la atención.

—Creo que el plan es hacerla pasar como descendiente de Sogar por otra rama...

—Vamos, como si abundara la sangre de las Iniciadas de nuestro lado de la frontera.

Alina calló, y fijó la mirada en el camino. Délare continuó:

—Además, pedirnos ese juramento... Es quedar tironeadas entre la lealtad a las Qualim y la que debemos a las Veintiuna en la persona de la reina Keala. No sé vos, pero yo no me siento especialmente cómoda con esto.

—Estamos hablando de una niña de pecho. Esa que va ahí ya no es la hija de Nablea Mnatesogran.

—¿Realmente creés que por pesar menos que un corderito se puede deshacer de ser lo que es? Estrictamente hablando, es una de las reinas brujas.

—Ya no existen las reinas brujas, Délare.

—Pero hay una berreando en el fop de atrás.

—¿No tomás muy en serio los juramentos, verdad?

Délare calló, y se dedicó, ella también, a buscar la silueta lejana de Isidena en el horizonte, que se resistía a aparecer.




No fue sino hasta llegar, varios días después, a Uri, el primer pueblo del camino en territorio mabalayo, que Meba volvió a llamar a Délare y Alina Jolim, esta vez juntas, para hablar con ellas a solas. Era una tarde soñolienta y fresca de las que marcan el final del verano. Se habían detenido en una posada triste y llena de polvo al costado del camino que marcaba el inicio del pequeño caserío de pastores, y las guerreras encontraron que su antigua sígada había dejado a la criatura en brazos de una nodriza local. Las invitó a sentarse, y les sirvió sendas copas de daghar fresco, y un pan de frutas.

—No será el mejor daghar que he probado, pero después de algún tiempo fuera se lo echa de menos —comentó Meba—. De todas maneras, reconozco que las llamé para más que compartir el daghar y este pan con ustedes. Me temo que tendré que pedirles un último favor.

Alina asintió, y Délare frunció el entrecejo, visiblemente incómoda.

—Te doy total libertad para negarte, Délare Jolim. Tu juramento te ata al silencio sobre lo ocurrido, pero no te obliga a asistirme con lo que está por venir que, creo, excede el servicio que me deben las Jolim por ser, como soy, cabeza de las Qualim. Puedo, por mi parte, jurarte que afirmaré categóricamente que fuiste ajena a esto, si alguna vez llegara a salir a la luz. Ya sea que participes o no en el pequeño gran favor que todavía necesito pedir de ustedes. El momento de negarte, sin embargo, es ahora: si te incomoda el secreto del que no tuviste más remedio que participar, no es justo que te haga partícipe de otro que puedo ahorrarte.

Meba calló, y esperó. Délare dudó, pero finalmente tomó un buen trago de su copa de daghar, y asintió, con gesto resignado.

—No le mentiré, sígada: hubiera preferido no ser parte de esto en absoluto. Pero si las Siete ya me pusieron aquí, y usted me necesita, dos secretos pesan tanto como uno, en estas circunstancias. Y se mantiene mi juramento.

—Bien. Esta aquí es Lídare. Ella y su niño, que ahora duerme en la habitación de al lado, serán para ustedes compañía en el viaje a Gadel. Sí, en este punto nos separamos: llevarán a la niña, con un mensaje mío, a Ágrate, mi éicada, la heredera de la cabeza de su casa. ¿Podrán hacer eso? Ella sabrá qué hacer.

—¿Y usted, por qué no nos acompañará? —preguntó Alina.

 —Ya dije que volvía a Bjurikti. Y si alguien sospecha algo, es preferible que la chiquita ya no esté conmigo. Además —agregó, bajando la voz, para sí—me resta la difícil tarea de intentar hablar con la Niña Eterna y ponerla de mi parte. Que las Siete, o por lo menos Delero que guarda a esta criatura, me ayuden con eso.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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