La pieza diferente: sesenta y seis

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El ariete improvisado con los restos de un banco finalmente consiguió entornar la puerta. Dejó espacio suficiente para que un guerrero pudiera pasar, y abrirse camino entre el montón de muebles que bloqueaban la entrada.

—Cuidado, Geret, que la reina Nablea de seguro no movió todo eso sola. Me sorprendería que haya movido algo en absoluto —advirtió Libítare al primo de Nígot Failim que se había adelantado por la hendija, tratando de despejarse el paso entre los obstáculos.

Tal y como Libítare había predicho, bastó correr el mueble unos pasos y abrir el suficiente espacio para dar lugar al brazo de un guerrero para que, desde el otro lado, lo alcanzara la espada rápida de Varidene.

—Bueno, Nígot, lo siento por tu primo, y por Dedemie, que tenía algo que cobrarse de la hija mayor de la reina Nablea, pero me parece que dimos con la madriguera de las Mnatesogran.

Procurando no pensar en lo que acababa de suceder, no mirar el cuerpo muerto de Geret y mantener la calma, Nigot intentó ganar algo de tiempo.

—¿No será mejor esperar a que llegue tu tía? Se suponía que ganáramos acceso al palacio, no tenemos órdenes sobre qué hacer con la reina bruja.

Libítare chasqueó la lengua.

—Tranquilo, querido, que no vamos a hacer nada que no se espere de una guerra. Pero si seguimos entrando de a uno por ese espacio vamos a terminar todos como el imbécil de tu primo. Ayudame a sacarlo al pasillo, con cuidado y fuera del alcance de Varidene, que a juzgar por lo que vi tiene que ser ella. Y la hija de la bruja es del tipo raro de guerreras que saben bien lo que hacen. Engancharlo con una lanza corta puede servir, ¿quién conserva la suya?

Una vez que el cuerpo de Geret Failim estuvo en el pasillo, Libítare dio órdenes para intentar desbloquear el paso con el mismo banco que había oficiado de ariete, para mantenerse fuera del alcance de Varidene. Cuando el espacio fue suficiente para una persona, llamó con un gesto a Nígot, y a dos guerreras Jolim de su confianza.

—Mejor bajar la voz, tengo la sospecha de no ser la única que entiende las dos lenguas acá —susurró—. No sabemos cuánta gente hay allá adentro, pero que hayan intentado bloquear el acceso y que no hayan salido me hace sospechar que deben ser bien pocos, quizás unos tres o cuatro. Pero los pocos que sean probablemente serán de los mejores. Por lo pronto, he visto pelear a Varidene Mnatesogran: es Gukduk-hé en furia desencadenada, y vale por varios de los nuestros. Así que entraremos nosotros cuatro primero, que somos los más diestros de la compañía, con cuidado de cubrir el costado porque intentarán algo como lo que nos costó a Geret. El resto vendrá detrás. Les pediré que me dejen a Varidene a mí, que quiero medirme con ella.

Los tres asintieron, y Libítare pasó al resto de la compañía la instrucción de entrar sólo si ellos pedían ayuda desde dentro. Se puso entonces a la cabeza, pidió a Nígot que la siguiera, y con un gesto dio la orden de irrumpir en la antesala.

Si bien había esperado que fueran pocos en la defensa de la reina Nablea, encontrar nada más a Varidene Mnatesogran y Pradmer Righitz le resultó desconcertante. Pradmer, solo contra tres de Mabalaya, fue el primero en caer. Nígot y sus compañeras esperaron, entonces, espectadores de la encarnizada batalla. Conociendo a Libítare, quedaron listos para intervenir, pero no se inmiscuyeron en el asunto. Vieron en silencio el extenso, hábil intercambio de golpes, de una y otra parte.

Cuando Varidene consiguió, con un envolvimiento, hacer que Libítare perdiera su espada, Nígot se adelantó, y desenvainó la suya. Pero no llegó a actuar: en un parpadeo, antes de que la hija de Nablea pudiera volver a blandir su espada, rápida pero demasiado pesada, Libítare arrojó el escudo a un costado, cambió de frente con un rápido paso cruzado, sacó una daga de una vaina oculta en su brazo izquierdo, y se abrazó a ella. Mientras Varidene intentaba en vano alcanzarla con la espada y librarse del escudo para ganar algo de movilidad, Libítare forcejeó con la mano izquierda para levantarle apenas el casco. Lo consiguió, y le abrió el cuello de par en par con la daga que empuñaba en su diestra.

—Nígot hijo de Itoro Failim, te dije que ésta era mía. La próxima vez que tenga que verte desobedecer una orden expresa de mi parte, usaré el filo de esta bellecita para hacerte un collar a vos —protestó Libítare, mientras volvía la daga a su vaina, y recuperaba, con el aliento, la espada y el escudo perdidos—. Andando, que falta encontrar a la reina, y no puede estar muy lejos.




Meba Qualim apretó el paso al distinguir, en la puerta que comunicaba a la antesala de la reina Nablea, a buena parte de la pequeña compañía que había acompañado a su sobrina desde que se habían separado, en la muralla.

—¿Libítare? —preguntó, al no verla.

—Adentro. Pero parece que está todo bajo control, Señora —contestó un joven Jolim.

—Eso es lo que me temo. Esperen aquí —ordenó a quienes la seguían.

Reconoció, en uno de los dos cuerpos inertes arrumbados contra los muebles, a Varidene Mnatesogran. Supuso, por lo que había oído de él, que el otro bien podía ser Pradmer, el compañero de la reina Nablea. Frunció el entrecejo, y apuró el paso.

Nígot y las dos Jolim que habían acompañado con él a Libítare esperaban, ya casco en mano, en una de las habitaciones siguientes. Meba siguió de largo sin mirarlos, hasta la última habitación, bañada por la luz de Aleó y Anaé que brillaban llenas en el cielo ya casi sin nubes. La reina Nablea yacía en un charco de su propia sangre, y Libítare miraba llorar, cuchillo en mano, a Nujurduk Mnatesogran en su cuna.

—Te prohíbo que la toques, Libítare. No vinimos a ultimar a la reina Nablea, y nada más te pedí que garantizaras el acceso al palacio. El plan era llevarla prisionera, esta decisión era de las Sulim, no nuestra.

—¿Para qué prolongarle el sufrimiento? Vamos, tía, que no tenía ningún sentido dejarla con vida. A ésta tampoco, es semilla de insurrecciones futuras.

—Estás hablando de matar a una niña de pecho en su cuna, Libítare, ¿te volviste completamente loca?

—¿Alguna sugerencia mejor? Dudo que la reina Keala quiera amablemente entregársela a sus tías. Si es que le queda alguna, bueno. Puede que las Sulim lo duden, pero sabés bien que eventualmente es mi cuchillo ahora, o el de un verdugo después. Y mucho llanto agudo e insoportable en el medio.

Meba alzó a la niña e intentó, como pudo, calmarla.

—Hay otra opción. Tendrán que rodearme, cubrirme y hacer bastante ruido para que la niña pase desapercibida en el tumulto. Gritaré yo también si hace falta, diremos que he recibido un golpe en el casco y llevamos prisa para que me vea mi médica en el campamento. Y como estuviste a punto de hacerlo de todas maneras, diremos que mataste a la madre y a la hija también. El palacio arderá, de todos modos.

—Tanto trabajo por ese brote tierno de bruja… ¿Dónde esconder a una Mnatesogran aparte? Son bastante vistosas, verás. Se les ven a la legua los rasgos de la estirpe de Sogar hija de Delero.

—Hay, como dije, otra opción. Y necesito que me jures ante las Siete, por tu lealtad a la Casa Qualim, que ni Nígot ni vos delatarán el secreto.

—¿Tengo que decirte, tía, que eventualmente vas a arrepentirte de esto?

—Libítare, necesito que me lo jures. Si no me veré obligada a revocar mi permiso para tu unión. Y tal vez tu parte en los despojos en la guerra.

—Lo juro. Eso no hará que deje en el futuro de recordarte que esto fue un error, cada vez que la situación se presente.

—Puedo vivir con eso.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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