La pieza diferente: sesenta y cinco

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Dos escasas docenas de personas esperaban en el salón que había albergado tantas noches animadas de la corte de Nablea: unos pocos ancianos y ancianas que habían elegido no partir a Aubicai, varios heridos en batalla que no estaban en condiciones de portar armas, dos juglaresas más dadas al glario que a las artes de Gukduk-hé y las tres guerreras del palacio de Baricai que Varidene había destinado a guardarlos. Kortuka repasó los rostros conocidos, distorsionados por el pavor, con una mirada rápida. Hubiera esperado encontrar allí a las escribas, también. Pero Aorion, razonó, tenía esa noche la fortuna de no vivir dentro del palacio. Y Dala Emante seguramente habría preferido hacer caso omiso de sus dolores, echarse una cota liviana y combatir. Frunció el ceño. “Mi lugar es con los heridos y los ancianos, tan grande es la gracia de los dones de Delero”, pensó.

Por un momento se vio tentada de abandonar el grupo y partir a defender las entradas.

Pero estaba Arainé.

Berene, hermana de la reina, buscó en los mosaicos una única pieza que alteraba casi imperceptiblemente la armonía del dibujo, en uno de los rayos de luz que coronaban la efigie de la serena faz de Amberó. La hundió, la descorrió y abrió una puerta que a Kortuka, con un escalofrío, se le hizo súbitamente conocida.

—Aquí abajo. Rápido, no creo que quede demasiado tiempo —urgió Berene.

—No es seguro. Soñé este lugar —objetó Kortuka.

—¿Soñaste nuestras muertes tras las puertas de los Inwam? —preguntó la Iniciada Ihiuro, la voz grave y el gesto serio.

—No, fue un tanto más complejo que eso. El palacio estaba en ruinas. Y alguien mencionó una desgracia allí abajo.

Una anciana se encogió de hombros y bajó las escaleras con el paso más rápido que le permitían sus piernas gastadas, lámpara en mano.

—Con más razón, Kortuka. La desgracia puede no ser nuestra. ¿Te viste viva entre las ruinas?

—Sí. Pero...

—Nos basta con eso —interrumpió Ihiuro.

—Puede ser nuestra única salida —insistió Berene.

—Hay provisiones para algún tiempo abajo —comentó una juglaresa que acababa de descender.

—¿Ves, Kortuka? Mi sobrina Varidene no es de improvisar. Podemos confiar en que habrá, fuera de Baricai, alguien con instrucciones de buscarnos ahí si el palacio sucumbe.

Intranquila, Kortuka tomó de la mano a Arainé, y descendió. Pero abajo, por las dudas, mientras Berene volvía a cerrar la puerta, hizo que su hija se escondiera tras unos barriles.

—¿No puedo quedarme con vos? —rogó la pequeña, ovillada en el espacio estrecho.

—Es un ratito, nada más, ya se van a ir los mabalayos, y cuando se vayan salimos las dos juntas. ¿Me prometés que pase lo que pase vas a hacer silencio?

La niña asintió, y Kortuka la cubrió con una manta. Se apostó después, el arco listo para ser tensado, los ojos fijos en la compuerta cerrada, mientras el ruido afuera daba a entender que, finalmente, las tropas de la reina Keala habían conseguido ganar el palacio, y un grupo de la guardia se batía en el salón. Seguramente, pensó Kortuka, superados en número y sin chances reales de cambiar en nada la situación.

Se le cerró la garganta, y tensó el arco cuando escuchó que afuera el combate cesaba, y quedaban apenas pasos más pausados, y rápidos diálogos en una lengua que le era extraña. Infirió por el sonido que una parte de los invasores abandonaba el salón. Pero alguien se paseaba con paso intranquilo sobre la puerta.




—No hay vergüenza en rendirse —intentó, en lubacó, Faghad—. Quedan sólo cinco de ustedes contra más de treinta de los nuestros.

—Guárdese las limosnas, hija de nujes —contestó del otro lado de la puerta, orgullosa, una de las guerreras que se habían atrincherado en el Salón de la reina Nablea.

—¿Entonces? —preguntó Turog.

Respondió Libítare, que se les había unido en las puertas del palacio con un grupo de Qualim, Jolim y Failim.

—Que quieren visitar pronto la orilla de los muertos, hagámosles el favor. Ayudame con esta puerta, ¿querés? Nígot, Geret ustedes también, que luce pesada. —Y agregó, en un lubacó algo más rústico que el de la Consejera, antes de cargar contra el portón cerrado—¡Como gusten, tenemos otros dones para dar!

Al tercer embate la puerta cedió. Debieron cubrirse rápidamente con los escudos de una carga rápida de flechas.

—Les gusta jugar —observó Libítare, divertida, al bajar el escudo y ver el salón aparentemente vacío—. ¿Cómo era en lubacó la cancioncita? Creo que no me la acuerdo completa. Ayudame, Faghad, seguro la sabés:


Corré a esconderte
hermanito menor
que viene enseguida
la fiera mayor,
y cuando te encuentre,
hermanito querido,
si es que te encuentra
la fiera voraz...


Detuvo la melodía, dio una rápida mirada por arriba del escudo, volvió a cubrirse para dar con una mano cinco señales, imperceptibles del otro frente pero claras, a quienes venían con ella. Preguntó:

—¿Cómo era que terminaba, Faghad? No te quedes mirándome así, que seguro te la sabés.

A desgano, Faghad completó el resto de la tonada que solía acompañar en los pueblos de habla lubacó el juego de la escondida:

… si es que te encuentra
la fiera voraz
masticará tus huesos
y se los comerá.

 

—Eso era, gracias. Cuando niña tuve un ayo de Codena pero hace tanto tiempo de eso... —sin más aviso que un breve gesto, cargó rápido hacia una de las columnas, y encaró un combate, encarnizado pero breve, con la guerrera que esperaba detrás, mientras los suyos avanzaban a buscar a los otros cuatro donde ella había indicado. Rió con sorna cuando vio caer a su oponente, y la remató sin volver a ofrecer clemencia.

—Me resta encontrar a Varidene Mnatesogran —comentó Dedemie, mientras se levantaba la celada del casco y se sacaba un momento el guantelete, para secarse el sudor.

—Estará escondida como una liebre asustada con su madre la reina y la princesita heredera, que ya habrá nacido, supongo —respondió Libítare—. En breve nos alcanzará mi tía, venía un poco más atrás. Tratemos de ahorrarle el problema.

Dedemie se detuvo, y taconeó en un punto del salón.

—Acá abajo hay algo, no suena exactamente igual.

Volvió a calzarse el guantelete, y buscó con atención en el mosaico que cubría el salón.

—Buscá. Yo subo, según la reina Keala las habitaciones de Nablea y las Iniciadas están en la planta alta. ¡Qualim, Jolim y Failim! —llamó.

—Creo que podemos seguir, Dedemie, no hay nada acá —sugirió Faghad, cansada.

—Escondida como una liebre asustada, y en este salón hay una madriguera. Sabés lo que me gustan las madrigueras de este tipo, Faghad. Lo que sea, está demasiado bien escondido para ser una bodega, esto es pasadizo o refugio. La entrada no puede estar muy lejos...

Turog se encogió de hombros, y Faghad supuso que no restaba mucho que hacer, así que dio un pequeño descanso a la pequeña compañía cansada que les quedaba, no demasiado distinta de la que había cruzado el túnel de Aorion hacía ya un buen rato.

Cuando Meba pasó, acompañada por un grupo de guerreros de Gadel, Dedemie seguía estudiando en cuclillas el mosaico, esperando que los fragmentos de color finalmente se dignaran a decirle algo.

—Parte del palacio está en llamas, Consejera —informó—. No es seguro permanecer mucho más, el fuego podría extenderse.

—La idea era conservar la ciudad. ¿Qué pasó?

—Los accidentes ocurren, en situaciones como ésta. No creo que el fuego se esparza, el viento favorece. Pero el palacio arderá. ¿Vieron a Libítare? Se separó de nosotros en la muralla.

—Subió. Está, como nosotros, buscando a la reina Nablea —respondió Dedemie, sin levantar la mirada.

—¿En qué dirección?

Una de las Mepelim que seguían las órdenes de Faghad indicó la dirección en que habían visto salir a la sobrina de Meba Qualim.

—Gracias. No nos llevará mucho tiempo traer a Libítare de vuelta. Les sugeriría esperar afuera, no queda mucho por hacer acá.

Faghad agradeció el consejo. Pero ordenó a los suyos esperar.

El sonido pesado del paso de las mujeres y los hombres que respondían a la cabeza de las Qualim se perdía por las escaleras cuando finalmente Dedemie se tensó y contuvo el aliento. En silencio, señaló una única pieza que parecía más parda que el resto de las que la rodeaban. Tanteó hasta moverla y, con la otra mano, primero se bajó la celada y luego levantó del suelo, sin hacer ruido, su escudo para cubrirse. La compuerta hizo un ruido seco al levantarse, y los goznes chirriaron cuando Dedemie abrió, de un golpe.

Desde adentro salió una única flecha. Pero lo suficientemente certera como para entrar por la ínfima rendija de la celada, y clavarse con un ruido seco en el ojo derecho de la que supo ser la heredera de las Ihalim. Con un grito de horror y dolor, Faghad corrió a intentar socorrerla. Pero era demasiado tarde para todos sus cuidados.

El aliento hecho voz inarticulada, la suma de todas las maldiciones en una nota de furia, Turog bajó la escalera y cargó, casi a ciegas para no tener el mismo final de su hermana, hasta acorralar a Kortuka en el pequeño descanso que marcaba el cambio de dirección de la escalera. Rápidamente lo siguieron tres de las Mepelim que los acompañaban, para cubrir los ataques de las otras guerreras que se acercaron a defender la puerta.

Una de las dagas de Kortuka, pese a todas sus precauciones, llegó a herir a Turog por el costado. Él trató de cubrirse el flanco, pero no llegó a más que desviar un poco el golpe. El intento, sin embargo, no fue suficiente para detenerlo, y él volvió a cargar sobre su enemiga.

Quiso Gukduk-hé que una de las piedras que cubrían el penúltimo de los peldaños desiguales cediera bajo el pie firme de Kortuka Agarien. Turog vio la vacilación a tiempo para hacerla caer de espaldas en el suelo polvoriento del sótano. Con la punta de su espada, sin darle lugar a reaccionar, le cortó las tiras del casco y la remató.

Faghad, que había bajado demasiado tarde para el combate, descargaba su furia y su dolor contra el grupo desarmado que se ocultaba en el subsuelo, hombres y mujeres que murieron esperando la asistencia de una diosa que había decidido abandonarlos.

La Consejera recién se detuvo a observar lo que acababa de hacer, cubierta de sangre ajena, llorando, cuando no vio moverse a nadie más allá abajo.

En el silencio, además de su llanto, el de Turog que se acercó a abrazarla, y los pasos  de los suyos entre los muertos, escuchó el ruido sordo de un llanto infantil detrás de unos toneles de klazheara.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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