La pieza diferente: sesenta

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A la madrugada, al salir de la tienda en la que descansaba, ahora solo, su padre, Faghad encontró a Turog, que la estaba esperando. Le indicó que hiciera silencio, y esperó a alejarse un poco para comentar.

—Perdón, pero sé que puede tardar bastante en hacerse a la idea de que ser hijo de Zuria no te convierte en tu madre.

Él levantó una mano y apretó los labios.

—Entiendo. Ya habrá tiempo para eso.

—Espero.

—¿Cómo está?

Ella suspiró, y se encogió de hombros.

—Lo suficientemente mal como para que Ildei se compadezca de él. Hasta diría que parece sentirse culpable. Pidió la ayuda de su médica de Nales. Estaba ahí, de hecho. Le noté incluso algo que lucía como un gesto preocupado.

—Ha de ser grave, entonces.

Faghad lo miró. Se le notaba la falta de sueño y el esfuerzo por no desesperar. Turog maldijo a Sílik y se mordió los labios. Otra vez había hablado demasiado.

—Rilene dice que, habiendo ya pasado la noche, tiene chances de vivir.

—Ya te lo dije en alguna otra ocasión, Faghad, hay que confiar en su capacidad de supervivencia. Riorrem siempre demostró un talento especial para eso.

—Temo que no le alcance esta vez.

Desde lejos llegaba el sonido del recambio de las tropas que mantenían vigilancia a las puertas de la ciudad, y el estruendo de un cañón que sonaba en advertencia, quebrando la paz engañosa de la mañana: nadie podría entrar ni salir de Baricai ese día.

—Al menos, supongo, la guerra terminó para él.

—Eso sí. Ildei me dio su consentimiento para que lo envíe a Bjurikti apenas se recupere lo suficiente para afrontar el viaje.

—Es algo.

—¿Cómo está Dedemie?

—Mucho mejor que cuando la viste. Como te dije, se repone rápido. Está golpeada y algo débil, pero la herida no es nada profunda. Me cuesta convencerla de que, tras pasar buena parte de la tarde bajo un caballo y varios guerreros muertos, es buena idea que hoy descanse —Faghad rió—. No te rías, es bastante serio en realidad. No está en condiciones de volver a salir si hoy toca combatir de nuevo. Pero no consigo hacer que lo entienda. Dice que reconoció el escudo, que la hirió Varidene Mnatesogran, la hija de la reina Nablea. Y que tiene que ajustar cuentas con ella.

—¿Qué cuentas? La hirió y la hizo caer del caballo. Ella hubiera hecho lo mismo. En fin, no creo que Nablea vuelva a intentar nada hoy, Turog. Y apostarse a vigilar la ciudad no es tentador. Va a descansar.

Él pensó en el cuerpo de Alide Veeklim. Que muy probablemente había muerto tratando de asistir a su hermana. Y en Dedemie, que había pasado el final de la tarde y buena parte de la noche bañada en la sangre de alguien a quien alguna vez había querido. Pero consideró que era un buen momento para comenzar el ejercicio de no hablar de más.



Al volver al campamento, tras supervisar el cambio de guardia de sus tropas, Meba notó enseguida la badrona que revoloteaba alrededor del claro entre las tiendas donde había armado el patrón de sus cardas. Apuró el paso de su caballo, e hizo sonar el pequeño silbato de diente de brena para indicarle al ave que podía bajar.

—Está ahí casi desde que te fuiste —comentó Libítare, mientras elegía una fruta con aire despreocupado en un saco de provisiones—. Por el color debe ser la de Ágrate.

Meba agradeció con una inclinación de cabeza y desmontó, pero Libítare la detuvo.

—¿Puedo hacer una consulta antes?

La joven matriarca miró hacia la badrona, que se había posado en el pescante de un fop de provisiones. Suspiró. Lo que fuera, podía esperar la urgencia de Libítare. Se corrió el pelo de los ojos, y asintió.

—Quería pedirle a Itoro Failim, para cuando regresemos a Bjurikti, claro, su permiso para unirme a Nígot. Obviamente no quería escribirle sin antes tener el consentimiento de la casa, ¿no? Supongo que es un buen momento para una unión, con los recursos extra que genere la guerra en curso…

Meba miró alrededor, el bullicio y el olor fuerte del campamento, la humareda de las piras de la noche que todavía se adivinaba a lo lejos, la mugre, la bosta de los caballos sobre el suelo pisoteado, y luego el rostro despreocupado de Libítare, que cualquiera diría que encontraba todo esto particularmente entretenido. Tomó aire, se encogió de hombros y asintió.

—Supongo que no será problema, Libítare. —Pensó, después, incómoda, en los ojos perdidos del muchachito, que parecía encontrar abrumadora la guerra y la presencia de su sobrina, y preguntó, incómoda—¿Nígot que piensa de esto?

—No se lo pregunté, pero asumo que estará de acuerdo —respondió, mientras se quitaba la tierra de abajo de las uñas—. Cuestión de preguntarle a Itoro si no albergaba otros planes para él. Aunque no creo, la verdad, basta verlo tirar una flecha para darse cuenta de que nunca se ocupó mucho de su hijo que digamos.

Meba asintió, sin poder evitar fruncir el entrecejo. Volvió a intentar devolver un mechón de pelo detrás de su oreja.

—Te pediré que lo hables con él antes de molestar a Itoro. Ahora disculpame, prefiero leer eso a solas.

Libítare asintió y, gabaya en mano, entró a su tienda. Meba volvió a pensar en el pobre muchacho. Que tenía alguna clase de fascinación por su sobrina era evidente, pero algo le decía que esa unión no podía resultar demasiado feliz. Tuvo la sospecha incómoda de que Libítare había hecho el pedido adrede en un momento en el que, evidentemente, la encontraba demasiado preocupada por otros asuntos como para pensarlo demasiado.

La badrona esperó paciente mientras le desataba la serga. Buscó la llave entre las que pendían de una cadenita de su cuello, y la abrió. Leyó rápido, arrugó el papel y lo arrojó con furia al barro. Reprimió el inicio de una lágrima: no era dado a su posición llorar por las calamidades que la guerra traía a las almas jóvenes. Sobre todo porque, suponía, vería muchas más romperse.

Imaginó a su éicadim, enferma de pena en un lecho de Gadel, sangrando el hijo de Ílsitar que ya no nacería. La sangre de Búcor Mnatesok desaparecería en algún momento con Gava de las Sulim. Se dijo que habría de ser cierto aquello de que era sangre maldita.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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