La pieza diferente: seis

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La mano frágil de Nuralia Ihalim cerró la puerta. Quedó a solas, en las habitaciones reales, con la flamante reina Keala y su padre Desfret.

—Felicitaciones, reina mía —dijo él, con media sonrisa y una mano sobre el pelo de su hija.

Keala se reclinó pesadamente sobre un almohadón. No estaba de humor, ni siquiera para hablar con su padre. Al sumergir sus manos en el agua tinta, había esperado la esfera de Amberó, la diosa de las letras, o la de Guria de las cosechas, no a Gukduk-hé, de todas las siete. Se sentía como quien ha sido mordido por un animal que aparentaba ser manso.

—Nunca me imaginé que se pudiera ser reina y decidir tan poco sobre absolutamente todo. Ni siquiera puedo tener nujes que se mantengan vivos una ceremonia entera.

Desfret se sentó al lado de su hija, pero con la espalda derecha y las manos nerviosas sobre las rodillas. A sus cuarenta años, el más joven de los esposos de la reina Dapes mantenía todavía casi intacta su belleza. Tenía los brazos a la vez delicados y fuertes de los hombres nobles, para los que el esfuerzo rara vez excedía el entrenamiento en el palacio, la barba y el cabello entrecanos, y los ojos oscuros y brillantes que su hija había heredado de la estirpe Ihalim.

Nuralia desvió la mirada, con una mueca de disgusto en los labios. Sirvió tres copas de vino dulce desde una jarra sobre la mesa, regalo de la comitiva de Eleura. Desfret y Keala bebieron las suyas de un trago. Ella apenas bebió un sorbo, inquieta, sin sentarse.

—Keala, hija de Dapes de las Sulim —dijo Desfret, tras dejar su copa en el suelo—. Puede que nadie esperase que tu madre nos dejara tan pronto, puede también que la hija de Riorrem y no la mía haya sido, de las tres, la que fue criada específicamente para ser reina. Pero eso no resta un punto al hecho de que seas quien sos: Keala, hija de Dapes, de las Sulim. Criada entre los muros fuertes del palacio de Bjurikti, no en una casita de barro de Gadel o de Fanerina. Si hay alguien que debería saber que una reina no es quien hace lo que se le antoja, sino quien elige entre opciones muy escasas lo que conviene al reino, deberías ser vos. Habrás leído más poesía que historia, verdad. Y se te permitió cierta dejadez en el ejercicio y en la formación militar, porque tu madre no esperó nunca mucho de vos. Pero tendrías que tener bien claro que ser reina no tiene nada que ver con sentarse a comer manjares y pretender que todo sea exactamente acorde a tu capricho.

Los pies de Keala se removían cansados y lastimados en una escudilla con sales y agua caliente. La reina se soltó el pelo en silencio, y se quedó mirando el rostro tenso de su padre. Por regla general, Desfret solía ser amable y hasta tierno con ella. Escucharlo reprenderla, el día de su coronación, era bastante extraño. En cierta medida le resultaba hasta irónico. Como reina, tenía ahora el derecho de castigarlo por ello. Pero, y lo tenía bastante claro, en esto Desfret tenía razón. Bebió el vino de un trago. Con un gesto pidió más, y él le llenó la copa nuevamente. Nuralia se había sentado en el alféizar, y miraba, aparentemente distraída, el sueño apacible de Bjurikti.

—Tu abuela y yo queríamos recordarte, también —prosiguió Desfret—que sería hora de que elijas a tu consejera. Confío en que podrás hacerlo bien. Tu madre siempre tuvo especial talento para esas cuestiones diplomáticas.

—Y se dejó aconsejar, en la práctica, la mitad de su reinado por un hombre más viejo y más débil que ella, vamos.

—El príncipe consorte Riorrem gozaba, es cierto, del bastante inexplicable favor de tu madre. Pero nunca pisó el salón del consejo.

—Porque el consejo siempre se llevó a cabo en un lugar más cómodo —remató Keala, tras vaciar su segundo vaso de vino dulce, y apoyar ruidosamente la copa sobre una mesa baja cercana—. Pueden estar tranquilos, todavía recuerdo mis funciones.

—Gukduk-hé, de todas las siete —susurró Nuralia, desde la ventana—. Será mejor que dejemos a Su Majestad descansar. Fue un día largo.

La vieja matriarca de las Ihalim se retiró con su paso lento pero firme, con apenas un gesto cortés de saludo hacia su nieta. Desfret tomó a Keala de la mano, la miró con ojos preocupados, y su hija entendió perfectamente.

—La abuela puede quedarse tranquila. No voy a demorar la decisión. Y vos también necesitás descansar.

Algo más liviano tras cumplir y aconsejar lo acordado, Desfret salió con paso ágil tras su madre.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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