La pieza diferente: quince

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Nígot llevaba ya algunos días en Bjurikti, pero desde su llegada no había vuelto a saber de Libítare. Había esperado por lo menos ser recibido en la casa Qualim, pero en lugar de eso apenas había recibido un saludo efusivo pero breve de Meba (más dirigido a Libítare que a él) y lo habían enviado directamente a una vivienda mucho más sencilla, bien diferente del fasto de las Cuatro Familias principales, con otros jóvenes como él. Una casona enteramente gris a la que apodaban la Roca, y que oficiaba de vivienda para los hijos de las Diecisiete que servían en la Guardia. Estaba, al menos, entre otras viviendas más antiguas y lujosas, y su puerta se enfrentaba a una de las muchas entradas a la Casa Roja. Además, consideraba Nígot, respecto de su habitación en Gadel implicaba, en más de un aspecto, una mejora.

Nadie le había asignado, todavía, un circuito de ronda, ni una primera misión. Por ahora apenas había pasado las mañanas largas entrenando extramuros, en el mismo fuerte antiguo donde, sabía, también debía ejercitarse Libítare. Pero su lugar estaba bajo la mirada severa de la ariénata Ígare Qualim, una vieja guerrera cansada, encargada de evaluar si servía para algo todo lo que había aprendido en su Gadel natal o tenía que comenzar de nuevo su entrenamiento dentro de Bjurikti con los niños.

Sólo dos veces lo habían acompañado otros dos nobles de mucho más rango que el suyo, hermano y hermana de la casa Ihalim, que habían regresado hacía muy poco de largos y duros años de entrenamiento en la ciudad de Golikti bajo la tutela, creía recordar, de alguna antigua éicadim de Nuralia. La hermana, tenía entendido, estaba destinada a heredar algún día el señorío de la Casa Roja.

Pero ni siquiera podía retener bien sus nombres, perdidos en el ínfimo diálogo que permitía el entrenamiento. Y en la Roca, había notado, a nadie le interesaba demasiado hablar de las herederas de las Cuatro.

Era noche cerrada, y su compañero de cuarto dormía profundamente cuando tocaron a la puerta. Debía estar por amanecer, pero se había despertado hacía rato y no había podido volver a dormirse. Acostumbrado ya a la borrachera habitual en algunos de sus compañeros, que pasaban la noche jugando al gars y bebiendo gradeara de a barriles, gritó un insulto y una amenaza y se dio media vuelta en la cama, dispuesto a seguir intentando dormir.

La voz burlona de Libítare, que abrió la puerta sin preguntar, volvió a hacerlo sentir de nuevo el mismo jovencito sucio de las aves, ese que creía haber dejado atrás en Gadel. El vientre se le hizo gusanos, y se sentó de un salto.

—¿Algún día voy a poder requerir de tus servicios, Nígot Failim, sin recibir ninguna mención a lo que el cuerpo desecha?

—Mis disculpas, supuse…

—No importa. Espero afuera, por el área de los establos. Ponete algo decente que hay gente ilustre.

Sin decir más nada, sin dedicarle siquiera un gesto de más, Libítare se perdió escaleras abajo.

Nígot se echó encima su traje de montar, que era lo que tenía a mano. Se lo había dado una tía en Gadel como regalo de despedida, y le quedaba irremediablemente holgado. “Mierda”, murmuró entre dientes. Se ajustó los pantalones con una correa de cuero y bajó.

Junto con Libítare, en una sala sencilla que daba a los establos, estaban los dos Ihalim que había conocido en sus primeras jornadas de entrenamiento, y una desconocida menuda y pálida que le recordó, no supo por qué, a su enfermiza hermana menor Madia, que ahogaba sus días entre las cuatro paredes de la sala de lectura de su casa natal.

—Creo que ya conocés a Turog y Dedemie Ihalim. Y esta es Aorion Onite, embajadora de la reina Nablea de Lubacay —presentó, sin ni siquiera intentar ocultar su aburrimiento, Libítare—. Ella tiene que volver a Baricai sin demora, con las primeras luces, y es crucial que llegue como si hubiese salido en sistema de postas ayer a la mañana. Les dije que podíamos tomar uno de los saces de la Guardia y animales frescos, y que no estás asignado a nada todavía, así que seguro podías tomar ésta como una primera misión. En lo que tardes en preparar el carro se va a hacer de día, mejor no demorarlo más que eso.

Nígot balbuceó unas palabras convencionales de aceptación, y con la boca todavía pastosa salió a echarse agua a la cara y cumplir con el encargo.


*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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