La pieza diferente: once

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Las lámparas de aceite iluminaban la habitación amplia pero sencilla de Dilarion Arente, en el cuarto cuadrante de Baricai, ya en sombras. Atrás quedaban el arduo entrenamiento, y el baño caliente para relajar luego los miembros cansados. Ahora, en su habitación, sentada en el piso, sobre uno de sus almohadones mullidos, bebía de una botella de klazheara roja y fresca de a poco, saboreando cada trago, mientras la voz suave y los arpegios del glario de Varidene Mnatesogran llenaban la penumbra de los techos altos. Cantaba sus versos, esos que aún se cantan en las noches infaustas:


La sangre ilustre ilumina
mis cabellos sangrientos.
Mis sueños son sueños de gloria
pasada bajo pies como los míos.
  Sigo siendo 
  la que nunca será.

En la vasija clara las lunas
ocultaron de mi suerte la espera.
Cuentan que contaron que fue
llanto de muerte mi venida.
  Sigo siendo 
  la que nunca será.

Que no te engañe mi manto
ni mis hebillas de oro claro.
Que mis sueños no sueñan mañana
ni tienen guía que los explique.
  Sigo siendo
  la que nunca será.


Mientras tanto, Eridenz, su hermano, volvía de la bodega con tres nuevas botellas lacradas, y se acomodaba abstraído contra la pared opuesta, a tiempo para escuchar el final de la canción.

—¿La cantaste en otra parte? ¿La tiene ya Nirena en su repertorio?—preguntó un poco preocupada Dilarion. Varidene asintió, con una mueca desganada—. Eventualmente Nablea la va a escuchar...

—Y no le va a gustar nada —agregó Eridenz con una mueca ambigua, mientras hacía saltar de un golpe seco, con el mango de su daga, el tapón de una botella y se la alcanzaba a su hermana.

—Que le moleste si le tiene que molestar. Igual, Eridenz, nosotros dos no importamos, nunca importamos. Menos ahora, que tiene una heredera.

—Sabés cómo funciona eso, hermanita. Si después del rito se sabía que vos no tenías el don. Y que yo era... bueno, yo.

—Pero podría no haber venido la heredera.

—Sabés que no. Y si hubiera pasado, de todos modos, no tenés el don. Así que a la heredera tendrían que haberla buscado en otra parte.

—Eso no pasa.

—Porque heredera hay siempre —intervino Dilarion.

Eridenz pidió con un gesto el glario, ahora silencioso, de Varidene, y se descalzó. El mosaico del piso estaba frío, y él tenía los pies hinchados y cansados todavía, pese al baño. Tenía el cabello lacio de fuego de su estirpe, pero sus hombros angostos y su nariz demasiado afilada distorsionaban la proverbial belleza de los Mnatesok. Nada de eso parecía importarle demasiado a Dilarion, que lo miraba con tímida insistencia y guardaba el secreto anhelo de pedirlo para sí cuando ese último año de entrenamiento intenso terminara.

Los arpegios de glario en las manos grandes de Eridenz eran más sencillos que los de su hermana, y tenían una cadencia hipnótica. Su voz era como el viento en una cueva profunda.

Uno de los hermanos mayores de Dilarion, Grenz, se asomó a la puerta sin llamar.

—¿Ahora qué? —preguntó Dilarion, con un temblor exasperado en la voz.

—¿No escucharon, verdad? ¿Estuvieron en los baños? Los cuernos estuvieron sonando largo rato.

—Hoy se reúnen las brujas, entonces —comentó Varidene con desdén.

—Las Iniciadas.

—Soy hija de bruja, puedo decirles brujas. Brujas con sangre noble, con muchos libros y todo ese cuento de ser las hijas de la diosa Delero, pero son tan brujas como las que bendicen las semillas, y...

—Como quieras, pero por lo pronto es hora de que nos vayamos con tu glario al palacio, hermana —la interrumpió Eridenz.

En silencio, sin decir más nada, sin siquiera saludar, Varidene se levantó, guardó su glario en una funda de cuero, y salió. Eridenz saludó a Dilarion con una inclinación de cabeza, esperó la sonrisa nerviosa y el gesto de respuesta de su anfitriona, y se fue detrás de su hermana.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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