28 Jul 2017
La pieza diferente: ocho

Disfrutá del octavo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

En las calles de Bjurikti, en las de Nales, en las de Gadel, en los pasillos del palacio, entre los sirvientes y los jóvenes nobles, el comentario era, hace años, el mismo: Dapes la Pacífica, si bien había accedido a varios matrimonios estratégicos, había dejado demasiado en claro quién era el padre de cada una de sus descendientes, había tardado mucho en pacificar a las Zaelim y sellar el acuerdo aceptando a Riorrem en su lecho, y había de a poco desplazado a las Ihalim del lugar de poder donde habían quedado desde la Rebelión. En suma, Dapes la Pacífica había dejado un legado de discordia.

Keala había crecido sabiéndolo. Y había descansado en la tranquilidad de que ese no era del todo su problema: tenía la protección de las Ihalim, y la promesa de nunca verse obligada a la vida tensa de las reinas. Y además tenía bastante confianza en las capacidades de Faghad para reinar Mabalaya.

La temprana e inesperada muerte de su madre, verse contra todo pronóstico reina, y para más bajo la tutela de la más cruel de las diosas, todavía le resultaba un mal sueño. Uno del que no había agua ni dolor que la despertara.

Y todavía tenía que elegir a su consejera. En un principio, Nuralia Ihalim, su abuela, había parecido prácticamente la opción obligada. Después de todo, Keala había crecido bajo su égida. Pero considerándolo ahora, no resultaba tan buena idea: no necesitaba fortalecer lazos con las Ihalim, podía contar con su abuela por bastante menos que eso. Y elegirla iba a significar, en contexto, un desaire para los otros clanes.

Analda Kalim, que había sido consejera también durante casi todo el reinado de Nontima, había muerto poco después del matrimonio entre Dapes y el padre de Faghad, y la Pacífica había pospuesto eternamente la elección de una sucesora. Pero en la práctica, si no en el nombre, Riorrem Zaelim había sido el consejero de su madre hasta el final, y todos tenían claro en Mabalaya que pedir una audiencia con la reina implicaba pedirla también con él.

Así que la costumbre tradicional de mantener a la consejera de la reina difunta estaba descartada. Lo que era una pena, porque atenerse a la tradición no dejaba casi lugar a la ofensa, y daba unos años para consolidar el reinado antes de verse en situación de tener que elegir una consejera nueva.

Riorrem podía ser, admitió secretamente Keala, recostada en una confortable mecedora en el balcón, una de las mentes más lúcidas de Mabalaya, pero seguía siendo un hombre. Y, sobre todo, seguía siendo Riorrem.

Recordó que Keldre la Despiadada (que habría tomado la decisión tal vez echada en ese mismo balcón, pensó, y una corriente de hielo le pasó por la espalda) había nombrado a Deherer Fegelim para ser su consejero. Su tercer consejero. Luego de condenar a su consejera previa a muerte, como mensaje inequívoco a las Veintiuna Familias: nadie aconsejaba a Keldre Sulim.

Keala, joven, carente de la ferocidad de su bisabuela, con la conciencia de que todas y cada una de las matriarcas la sabían inexperta y débil, no podía darse esos lujos.

Dapes la pacífica, también en eso, había dejado un legado de discordia.

Se levantó nerviosa de la mecedora, y entró. Todo en la habitación lucía ordenado y limpio, pero el orden era el que habían decidido los painoner y esclavos, no el que ella misma había impuesto con los años en su habitación más moderada de princesa. Ahora, en las habitaciones reales, todo lucía pulcro, pero nada estaba verdaderamente en su lugar. Se acercó a la biblioteca y comenzó a reordenar nerviosa los libros y cuadernillos.

Por lengua, luego por género, luego por fecha.

Para cuando llegó a sus propios escritos, no había todavía arribado ni a la sombra borrosa de una solución. Y debía expedirse pronto. No podía permitirse comenzar su reinado ya problemático sin consejera.

Abrió al azar un cuadernillo de poemas que había copiado alguna vez como ejercicio en su infancia, y se entretuvo una vez más en los versos de Ina la Vieja, que cantaban historias de reinas perdidas ya en el tiempo fluido de las canciones:

Igg nín dara var zaeke lega

Venn mun’r hara nar drete drega [1]

  

Cuando las reinas bajaban aún a las filas, armadas hasta los dientes, y se ensuciaban las manos junto a las principales del reino y a los jóvenes nobles. Cuando las Cuatro eran las Veinticinco y la guerra quedaba fuera de los límites del reino. Cuando Mabalaya se había convertido en Mabalaya.

Y ella tenía que elegir una consejera, con miedo de resultar asesinada en su cama por la noche.

Del cuaderno cayó un pliego suelto. La hoja era amarillenta, y Keala ya la había olvidado prácticamente por completo. Era un dibujo de Faghad, un mero ejercicio de pluma de cuando ella había sido apenas una niña que se cansaba de copiar versitos desde el cuaderno de su hermana mayor. Las representaba a las dos cuando niñas, inclinadas sobre sus mesas, estudiando en la sala que hacía las veces de escuela para los hijos de la reina. Era un dibujo insignificante y típico, un ejercicio infantil de pluma distraída, pero en ese momento parecía, finalmente, decirle algo.


[1] Con el cabello suelto cabalgó hacia la batalla / Sus manos rojas de tierra y de sangre. En mabalayo en el original (N. de la T.)

*

¿Te perdiste entre los nombres de personajes, lugares y deidades? Consultá este índice onomástico.

Gusteá la fanpage!

Ilustración por Dolores Alcatena.

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