La pieza diferente: nueve & diez

Disfrutá del noveno y del décimo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto. 

9

Sonaron tres golpes secos en la puerta principal del salón. Faghad despidió a Diorde por una puerta lateral, y abrió. Riorrem, vestido con una túnica verde de gala, la recibió con un abrazo, y la invitó a bajar al salón de audiencias. La ceremonia no debía comenzar hasta tanto no brillaran las primeras tres estrellas en el cielo, y la luz todavía se colaba tibia por los altos ventanales.

—¿Cómo está Gava? —preguntó él.

Faghad le respondió con un movimiento de mano, y Riorrem no necesitó más aclaraciones: la mayor de las Sulim, como él había imaginado, se había excusado por pedido de su hermana menor. Que prefería no tener que lidiar a la vez con la Niña Eterna y con Nuralia Ihalim.

Como representantes de las Sulim, Faghad y Riorrem se acomodaron en la mesa central, al lado de la silla alta que ocuparía la reina, dejando libre apenas el asiento de la futura consejera. Del otro lado, simétricos, dejando apenas el sitio dedicado a la estatuilla de Gukduk-hé la Terrible, ya estaban sentados Nuralia Ihalim y su hijo Desfret, que conversaban animadamente. Apenas saludó a Faghad con una leve, cortés inclinación de cabeza y, sin dignarse a mirar a Riorrem, prosiguió su conversación en voz más baja. Acostumbrados, Riorrem y su hija ignoraron el gesto y, a su vez, conversaron un poco entre ellos, cuidando de no levantar la voz y de no irse de temas perfectamente banales o consabidos: Nuralia Ihalim, pese a sus años, tenía muy buen oído cuando de conversaciones ajenas se trataba.

Poco a poco, la Mesa de las Veintiuna Familias se fue llenando. Los lugares de privilegio de Las Cuatro fueron los primeros en ocuparse: junto a Faghad Sulim y a Nuralia Ihalim se sentaron, respectivamente, la anciana Ildei de las Zaelim, madre de Riorrem, con su sobrina y heredera Anta; y del otro lado la muy joven matriarca Meba de las Qualim con su pequeña hija Lánea y su éicadim, Ágrate Jolim. Y las Diecisiete restantes se fueron acomodando conforme fueron llegando: las matriarcas Naria Haelim, Ómide Fegelim, Itoro Failim y Anma Grelim, las hijas de Innie Troxelim, de Rughe Jolim, de Alima Gulim y de Kenalo Dredim, las descendientes de Dina Sfelim, de Fugnara Kalim, y de Ga Veeklim, y las enviadas Lisia Kuklim, Mónere Liim, Agre Drilim, Pondra Maelim, Varla Miim y Rena Mepelim.

Alrededor de la mesa central, en largos bancos ornados, se habían acomodado algunas nobles de alto rango y la mayoría de las delegaciones extranjeras. El resto del salón lo ocupaban, de pie, nobles jóvenes de todas las casas, que se apretaban en una muchedumbre bulliciosa, expectante. Llegaba el sonido de los que no habían podido entrar, y se agolpaban cerca de las puertas, en la Sala de Festejos y la Sala de la Plebe.

Riorrem dio una cuidadosa mirada alrededor.

—Ninguna fue convocada, sólo estamos quienes vinimos a representar a las Veintiuna —observó, en un murmullo al oído de su hija—. Tu hermana estuvo demasiado segura de que su consejera iba a venir sin necesidad de invitación.

Faghad bajó los párpados en asentimiento.

—Eso, o planea llamar a alguien de la plebe.

Riorrem se rió por lo bajo.

—Sí, claro.

—Nuralia parece satisfecha, ¿no? Ninguna sorpresa. Es lo que ella quería.

Del otro lado de la mesa, Nuralia sonrió, y si bien miraba a Desfret mientras jugueteaba con uno de sus muchos anillos sin dirigirle ni un movimiento de las manos, Faghad entendió que el gesto estaba dirigido a ella. Riorrem se pasó, nervioso, la lengua por los dientes, llenó su copa plateada y la de su hija de rifgeara y pasó abruptamente a hablar de los juglares que habían estado a cargo de la música en los festejos de la coronación.

El salón se había ido oscureciendo de a poco. En la mesa la rifgeara ya escaseaba, y se caldeaba en el fondo de los jarros ceremoniales. Y pese a los techos muy altos y los muchos ventanales, el calor de la muchedumbre se hacía difícil de soportar.

Finalmente el gran portón plateado se abrió.

Los hombros y la cabeza erguidos sosteniendo la corona de rubíes y el manto bermejo de su diosa protectora, Keala fue por primera vez lo que no había podido ser en su elección ni en su coronación. Por primera vez, no fue la hija de Desfret y de Dapes, y fue solamente la Reina. Avanzó y se sentó sin asistencia a la cabeza de la mesa. Todos, inclusive Nuralia Ihalim, se estremecieron.

—Buenas noches —saludó, con voz suave pero firme, y todos los murmullos que todavía flotaban sordos en los rincones se callaron de golpe—. Y bienvenidos. Sé que no es habitual que una reina joven como yo llegue a este día sin una consejera que ostente desde antes el cargo, una mano que haya guiado los últimos días de su madre. Tengo en claro lo que eso genera. No voy a decir que no me ha quitado el sueño llegar a esta mesa. Pero esta ceremonia tenía que hacerse, y pude, tras mucho meditarlo, llegar a una decisión. Gukduk-hé, mi diosa tutelar, me confirmó anoche en el humo espeso del sacrificio que la elección era la correcta.

Se hizo un largo silencio. Apenas se escuchaba el removerse de los pies debajo de la mesa, y la tosecita nerviosa de una joven Sfelim que se apretaba de pie detrás de la silla de su éicada. La reina llenó y bebió con parsimonia la mitad de su copa de rifgeara, vació la otra mitad en el recipiente con forma de cráneo abierto para ofrendas que adornaba los pies de la estatuilla de Gukduk-hé, y se puso de pie.

—Delante de todas las ciudades, delante de todas las casas, delante de todas las diosas, delante de Gukduk-hé que sella mi destino de reina, nombro como mi Consejera Personal a Faghad de las Sulim. Sea su juventud sabia capaz de guiar mis ojos cuando no sepan ver. He hablado.

Dicho esto, ante la mirada atónita de todos los presentes, la reina Keala invitó con un gesto a su hermana a ponerse de pie, colgó de su cuello el pesado emblema de la Consejera, y sin más que una ligera inclinación de cabeza, se retiró.



Nadie quebraba el silencio.

La primera en levantarse, sin decir una palabra, procurando que su silla hiciera el menor ruido posible, fue Nuralia Ihalim. Le dedicó una larga mirada a Desfret, que permaneció en su sitio, y se fue, sin siquiera un gesto para la nueva Consejera. La muchedumbre de las nobles jóvenes y las comitivas extranjeras le abrió el paso, y sus sandalias blandas sonaron como tambores al alejarse por el suelo de piedra. Salía ya por la puerta hacia el Salón de la Plebe cuando Desfret se puso de pie, saludó a Faghad con una inclinación de cabeza, y se apuró detrás de ella.

Las representantes de las familias se fueron retirando en silencio. Primero fue el saludo cortés de Meba Qualim, que se fue sin decir palabra con su éicadim, y luego, casi al unísono,  en un barullo de sillas y de comentarios ahogados, las representantes de las Diecisiete.

El protocolo indicaba que la consejera podía sentarse en la silla que de ahora en más le correspondía, pero Faghad no conseguía que le respondieran las piernas. Cuando ya todos se habían ido, dirigió sus ojos nublados a Riorrem, Ildei y Anta Zaelim, que se levantaron, dedicaron a Faghad una inclinación de cabeza y una sonrisa, y se retiraron con su séquito, el único que permanecía en la Sala de Festejos, cerca de la puerta.



10

El calor en la muchedumbre era insoportable. Aorion se apretaba contra la pared, que estaba comparativamente fresca. Necesitaba estirarse, cambiar de posición, tomar aire y secarse el sudor. Y hasta eso último le resultaba difícil. Ella había insistido en ser de la partida de Zuria, Nuralia y las Ihalim más jóvenes. Pero Dedemie, incomprensiblemente, se había encaprichado con la idea de esperar, entrar más tarde, y acomodarse en el fondo, entre la multitud.

Y Turog no se iba a separar tan fácil de su hermana.

Aorion había entendido bastante rápido que con Dedemie Ihalim era inútil discutir. Y si bien hubiera sido mucho más cómodo sentarse adelante en los bancos de honor, con las otras enviadas de los reinos de Eleura, Mesparia y Darderia (a las tres delegadas de Crambia y las dos de Nertalia las había visto de pie al entrar), la perspectiva de lidiar sola toda la ceremonia con los ojos y la lengua poco amigables de Zuria Ihalim, que ya parecía haber entendido que entre su hijo Turog y la embajadora de Lubacay había bastante más que mera diplomacia, la había hecho ceder al capricho inútil y tozudo de la sobrina y heredera de Nuralia.

Ya Amberó se había ocultado en el cielo y, pese a las muchas lámparas que pendían de los techos altos, sólo la mesa central y la puerta por donde debía entrar la reina estaban realmente bien iluminadas.

—Paciencia, empieza de un momento a otro, ya se ven las primeras tres estrellas —le susurró Turog al oído, aprovechando la confusión para tomarla suavemente de la mano.

—¿Realmente era necesario tener que sufrir esto de pie? —recriminó ella. Turog buscaba qué responder, cuando se abrió la puerta y dio paso a la reina Keala.

En el silencio repentino y absoluto del salón, las palabras cuidadas, medidas y estudiadas de la reina nombraron a la heredera, y los gestos de sorpresa tensa alrededor fueron casi idénticos a los que se habían visto ante la esfera de Gukduk-hé. Aorion, por su parte, sintió un poco de pena por Faghad, que pareció hacerse más menuda de lo que era. Había algo de niña asustada en su porte, de pie, los hombros abatidos como si el emblema de la consejera pesara más que ella. Era visible que no se atrevía a sentarse en el asiento que le correspondía. O a moverse siquiera.

—Esto no tiene ningún sentido —protestó Dedemie, en un murmullo dedicado a su hermano. La multitud se abrió para dar paso a Nuralia, que apenas les dirigió a ellos tres una mirada furiosa al pasar. Poco después, cuando ya se cerraba la estela abierta por su madre, pasó Desfret, apurado pero arrastrando un poco los pies y sin levantar los ojos del suelo. A Aorion le recordó la imagen de un animal doméstico herido, que corre a refugiarse entre las piernas de su dueña.

Turog y Dedemie rodearon a Aorion, mucho más baja y delicada que ellos, para enfilar hacia la salida por el Salón de la Plebe. Apenas pudieron, se desviaron por un pasillo bajo y gris, que desembocaba en una salida lateral para los sirvientes. Un atajo hacia la Casa Roja sin pasar por la calle principal. Esperaron a estar a unas cinco casas del palacio, caminadas a grandes zancadas que a Aorion se le hacían difíciles de seguir, para comentar.

—¿Qué le entró a Keala? —se preguntó Turog.

—No tiene ningún sentido —volvió a repetir Dedemie—. Faghad no está en condiciones para ese cargo. Y Nuralia…

—¿Es para tanto? —preguntó Aorion.

Dedemie y Turog se detuvieron y se miraron. Finalmente Dedemie asintió: eventualmente todo llegaría a los oídos o los sueños de la reina bruja Nablea de todos modos. Turog sacó de entre sus ropas un pequeño recipiente cubierto con cuero, bebió apenas para humedecerse la lengua, y se lo ofreció a Aorion mientras comenzaba a explicar.

—Lo esperable hubiese sido que eligiera a Nuralia Ihalim. Fue con eso en mente que Nuralia se tomó el trabajo de convencer a las nobles menores para que designaran heredera a Keala, contra la voluntad muchas veces expresa de la reina Dapes, que hubiese querido que su sucesora fuera Faghad. Y la reina Keala es la segunda electa por las Veintiuna en contra de la voluntad expresa de su antecesora en cuatro dinastías...

El líquido ofrecido por Turog era dulce y especiado, y no parecía alcohólico. Daghar mabalayo, pensó Aorion, y se lo pasó a Dedemie, que lo requería con un gesto de la mano.

—Y la anterior fue Keldre Sulim —añadió Dedemie, completando la frase de su hermano tras un trago abundante.

—Creí que Faghad había sido desplazada por ser demasiado joven —apuntó Aorion.

—Esa fue la justificación, sí —continuó Turog, mientras tapaba el daghar y lo reacomodaba en su lugar—. De no haber sido por la enfermedad repentina y temprana de Dapes, Faghad hubiese sido reina.

—Pero no llega todavía a diecisiete años. No es edad para ser reina, y muchísimo menos consejera. No, esto no tiene sentido. Ningún sentido —insistía Dedemie.

—Dadas las circunstancias, Nuralia y Zuria pudieron torcer estratégicamente algunas voluntades. Nuralia esperaba posicionarse como consejera, claro. O por lo menos desplazar a Riorrem y a Nales del lugar de privilegio en el que los dejó Dapes.

—La elección esperable, viniendo de Keala, que siempre vivió en una botella de cerámica lacrada, hubiese sido Nuralia, claro —observó Dedemie—. Una decisión más inteligente, probablemente la que hubiera tomado cualquier otra persona en su posición, Faghad incluida, hubiese sido Meba Qualim, que es joven, despierta, y cabeza de una de las Cuatro Familias principales, una mujer pacífica de una dinastía importante pero eternamente postergada por Dapes y Nontima. Ahora, Faghad… No, de nuevo, no tiene sentido.

—Esto termina mal, Aorion. La van a matar, esa cachorrita de nuj no puede durar ni una semana en un cargo así —sentenció Turog.

La idea no parecía habérsele ocurrido a Dedemie, que se giró con ojos preocupados.

—Hay que hacer algo, no podemos dejar que mamá haga eso.

—¿Decís que vale la pena meterse?

—Es la nieta de Ildei Zaelim, y si le pasa algo esta semana va a ser una declaración de guerra.

—Otra vez el conflicto de Nales, sí —y Turog se pasó una mano nerviosa por la frente—. Bueno, Aorion, creo que después de todo tu reina tenía algo de razón —hizo una pausa, y con voz ronca agregó—Habrá que preparar tu partida para mañana por la mañana. No es seguro alargar tu estadía.

Aorion hubiera querido protestar, pero al doblar en un pasaje entre dos muros altos dieron con Ganira Sfelim y sus dos hijas, que también volvían para la Casa Roja, y el cambio inmediato de tema clausuró la ocasión.



El agua cálida y perfumada del baño acariciaba blandamente el cuerpo de la reina Nablea. Hundía la cabeza hasta cubrir apenas su labio inferior para sentir la tensión del agua, contenía la respiración y hundía luego las orejas para escuchar su propio pulso. Se bañaba sola, quebrando la vieja costumbre de disponer de asistencia, porque disfrutaba de ese silencio, de la media luz de las lámparas reflejándose en el agua que parecía relucir y murmurar complacida a cada movimiento.

Hacía ya casi una semana que no soñaba con su guía ancestral. Para Nablea, para quien esos sueños rara vez eran motivo de sufrimiento, eso era una novedad. Y sabía demasiado bien lo que eso significaba como para estar tranquila.

Extrañaba la voz dulce de Ilduka, y los techos bajos de la antigua gruta de las Iniciadas adonde ella solía ir a soñar. Pese a que tenía claro lo que significaba usualmente tener a una de las Bienaventuradas como guía ancestral, siempre había preferido olvidar ese aspecto y disfrutar de la paz de sus bellos sueños epifánicos recurrentes.

—Quién será tu guía, niña sin nombre —murmuró, haciendo vibrar la superficie del agua con su aliento.

Como muy pocas veces en la vigilia, escuchó la voz dulce de Ilduka que la llamaba, desde ningún lugar, hacia ninguna parte. Abandonó el agua y se quedó un rato de pie, inquieta, formando un pequeño charco a su alrededor en medio de la habitación, los ojos cerrados.

Podía sentir la vibración particular del peligro en las sienes, en el viento que le secaba los pechos, entre la piel de los dedos y el agua que los cubría y goteaba. Algo ya estaba fuera de su lugar.

Cuando abrió los ojos vio a la badrona que la observaba con la cabeza ladeada, posada sobre la muda de ropa que la esperaba en el perchero, extendiendo hacia ella la pata en la que venía, seguramente, el mensaje de Aorion Onite. Estaba mojada y tenía las plumas en desorden, pero el papel estaba impecablemente seco. Nablea miró hacia afuera: la luz de la mañana entraba límpida por un ventanal. Se secó las manos en una manta y lo desató. La badrona pió unas notas destempladas y se fue.

Esta vez, el papel era más largo, y la escritura más apretada y detallada. La reina bruja frunció el ceño. Era hora de llamar a las Doce.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena



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