La pieza diferente: doce

Disfrutá del doceavo capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto.

La noche en que fue elegida Consejera, Faghad de las Sulim había permanecido en vela con Riorrem, hijo de Ildei Zaelim, hasta que la serena Amberó abrió su ojo claro sobre el mundo. Recién entonces la joven despidió a su padre y durmió algunas horas inquietas, visitada por un ejército de Inwam cargados de sueños agitados, advertencias de Delero, señora del Misterio y el Fluir.

Cuando despertó, ya el día se había vuelto luminoso y tórrido. Escuchó la conversación animada de quienes preparaban el agua de su baño. Dos sígadims, con certeza, aunque no pudo reconocer bien quiénes, desde el sopor de las sábanas.

Primer día como Consejera. En breve, la Guardia Real pasaría a seguirla por todas partes, y tendría que entrevistarse con la Reina.

Era raro pensar en Keala en esos términos. Antinatural.

Era antinatural también que ella fuera consejera.

Pensó una vez más, mientras se calzaba unas sandalias livianas, que todo era absurdo. Tuvo nuevamente la sensación de que estaba atravesando un mal sueño. Su madre Dapes no podía estar muerta, nada de lo ocurrido los últimos días era real, y le quedaba todavía al menos otra década antes de tomar responsabilidad alguna.

Cerró los ojos. Contaría hasta diez y, al abrirlos, pensó, se despertaría, y el emblema de la Consejera no estaría cuidadosamente acomodado en una mesa al lado de su cama.

Con los párpados cerrados, vio otra vez los labios oscuros de Dapes, escuchó otra vez su tos seca, un sonido que debería estar reservado a los animales y que no tendrían por qué hacer las reinas. Menos que menos las reinas dulces, como Dapes la Pacífica, su madre.

Abrió los ojos. El emblema seguía ahí.

Por lo menos tenía una mañana más, lo que quedaba de una mañana, para ser simplemente una jovencita de dieciséis años. O al menos podía engañarse unas horas con eso.

Era, pensó, su última mañana.

Sacó de un arcón adornado un vestido sencillo de esclava, se vistió sin hacer ruido, y se deslizó por una puerta de servicio, tras chequear que estuviera desierta.

Lo complicado, como siempre, era llegar a una salida sin ser advertida. Se enmarañó un poco el cabello y se lo echó sobre la cara, confiando en que, como otras veces, el parecido con Diorde la ayudaría a pasar inadvertida entre los sirvientes, y la indiferencia generalizada lograría hacerla invisible a la guardia.

Tal vez porque la conciencia de no ser ya tan sólo una de las niñas que pululaban tranquilas siempre por el palacio la hizo ser más cuidadosa, pero Amberó había girado un buen trecho para cuando consiguió salir de los pasillos del palacio hacia la puerta siempre mal guardada de los gallineros. Se entretuvo un rato dándole semillas a las aves, hasta que una de las guardias de la puerta de los establos cercanos, que la miraba con extrañeza, pareció olvidarse de ella. Se escabulló entonces por la puerta de los animales, aprovechando la confusión de la entrada de diez cabezas de ganado que llegaban desde los campos de Daino. Reconoció en los rasgos de una de las guardias, al pasar, los de una Qualim de menor rango, que seguramente habría tenido, pese a todo, oportunidad suficiente de fijarse en los rasgos de Faghad de las Sulim más de una vez. El ingreso sería, pensó, un poco más difícil, le convenía hacer tiempo hasta el cambio de guardia, y cruzar los dedos para encontrar, la próxima vez, hombres de las ciudades menores.

Siguió un camino enrevesado entre pasajes y callejuelas mugrientas, por las dudas. Se detuvo poco antes del comienzo de los puestos del mercado, en la fuente donde no tanto atrás se había refrescado, otro día de calor, con un desconocido.

—Tengo la sensación de que esto ya lo viví —dijo una voz desde una callejuela lateral.

Faghad se dio vuelta bruscamente y llevó la mano bajo las ropas, a su daga. El mismo muchachito del día de la coronación la miraba burlón, recostando su espalda contra los ladrillos de barro rojizo de un paredón que, con toda seguridad, protegía el jardín de la rica vivienda de una familia de mercaderes.

—¿Dritz?

—Supuse que podías llegar a necesitarme.

—No, muchas gracias, hoy no. Aunque podrías decirme cómo encontrarte luego.

Algo de la tensión en sus hombros pareció aliviarse, y se sentó en el borde de la fuente. Pero no levantó la mano de la daga. Dritz miró fijamente el brazo que se escondía bajo la ropa.

—¿Para que me arrastren a que te vea bajo tus condiciones? Ya mismo. Voy a sentirme muy seguro en el Bjuriktalie yendo a ver a una dama poderosa de la que lo único que tengo como seguridad es un secreto nimio.

—“Dama poderosa”, bueno.

—Si hay alguien con casi más poder que la Reina —observó Dritz, mientras se acercaba y arrancaba un junco de los que crecían alrededor de la fuente para sacarse la mugre de debajo de las uñas— es la Consejera de la Reina. Aparte, claro, de todo el asunto ese de ser una Sulim, heredera potencial del trono, y demás.

Toda la tensión que se había liberado de los músculos de Faghad volvió multiplicada de golpe. Se dio cuenta de que el cuello tenso le estaba haciendo temblar ligeramente la cabeza, y procuró no demostrarlo. Pero era tarde: Dritz ya la había visto, y sonreía burlón con sus labios casi femeninos. Ella apretó más la daga en su puño.

El anuncio público del Consejo Real no se había hecho aún, y una escasa noche no era tiempo suficiente para que la ciudad supiera lo que había ocurrido entre las paredes del palacio para una audiencia estrictamente noble. Quienquiera que fuese, este muchachito sucio que ahora jugueteaba diestramente con el junco duro entre sus dedos era, ahora no cabían dudas, noble, y lo suficientemente importante como para no tener tareas asignadas a esa hora. ¿Algún joven de Nales venido a entrenarse y servir entre los atranim? Faghad bien conocía, de los labios tranquilos de su padre Riorrem, el acento particular del Norte, más musical y sonoro. Y no, Dritz no sonaba naleta. ¿Un joven grígadim Ihalim o Qualim recién vuelto para entrar en la Guardia? Esta idea, en particular, la aterraba.

Él se rió con todos los dientes. Tenía una risa aguda, cristalina, de dientes parejos y colmillos afilados. Por primera vez, al temor de Faghad se le sumó una segunda sensación, indefinible, un vacío en el fondo del vientre semejante al vértigo de subir a la torre Sur del palacio y mirar a las piedras del río, lejano, abajo.

—No te preocupes, no te voy a morder. Si esa fuera la intención, ya lo hubiera hecho.

—Pero me seguiste, esto no es una casualidad.

En el aire sólo se escuchaban los sonidos lejanos del mercado, y el chirrido insistente de los insectos. El aire olía a polvo y a hojas podridas.

—Te seguí. Porque me necesitabas. Si querés deshacerte de mí, no te preocupes, puedo perderme y tu secreto no va a ser nunca de nadie más. Todavía tengo, creo, algún modo de dejar Bjurikti hasta que me olvides. Ahora, si hacés honor a tu supuesta y poco comprobada prudencia, creo que te conviene que me quede.

No era demasiada la gente en el reino que tenía verdadero derecho, pensó Faghad, a tratar a la Consejera como igual. Menos que menos un hombre. No parecía, en los labios y el rostro lampiño y noble de Dritz (¿pero de cuál de las Veintiuna?), fuera de lugar.

—No querría, no, deshacerme de vos —admitió, la mano ya lejos de la daga, Faghad—. Pero no estoy habituada, entenderás, a esta asimetría. No sé ni quién sos. Por todo lo que sé  sos, nada más, alguien que me siguió.

—Y no soy el único que te sigue hoy, Consejera. Ya no sos la princesita adolescente que podía pasar desapercibida con un disfraz de esclava. Sí, ya sé que vas armada. No es el punto, y lo sabés.

Por segunda vez en un par de semanas, toda una novedad, Faghad se sintió profunda, increíblemente estúpida. Dritz, quienquiera que fuese, tuviera los motivos que tuviese, tenía razón: desplazar a las Ihalim del puesto que daban por cierto en el Consejo la exponía muchísimo más de lo que lo había estado nunca, inclusive cuando había sido la heredera nombrada del trono. No le quedaba más opción que confiar en este ilustre desconocido que, por todo lo que ella sabía, podía también tener intenciones de matarla.

Pero que, por lo menos, había tenido sobrada chance, y no lo había hecho.

—Te sigue un asesino también. Profesional. Pagado de las arcas de Nuralia Ihalim. Si por una vez más decidís confiar en mí, tengo un modo de sacarte de acá.

Faghad miró disimuladamente a su alrededor y no vio a nadie. Sabía que eso no quería decir nada. ¿Pero por qué habría de detenerse ante Dritz? De todos modos, era cierto que quedarse sola era desventajoso, era mejor seguir en su compañía.

A no ser que lo hubiesen mandado a matarla, claro.  Pero ¿para qué dejarse ver? ¿Para qué perder la oportunidad de esa manera?

—¿Cómo estás tan seguro de que las Ihalim están tratando de matarme?

—Sé que por lo menos las Ihalim están tratando de matarte. Porque pertenezco a esa tan noble familia también, y esa información circula en la Casa Roja. Pero no te quiero mal —añadió rápido, cuando la vio volver a tensarse perceptiblemente—No hay tantas opciones: podés arriesgarte a morir sola, a manos de un liberto muy entrenado, o confiar en mí. Que por todo lo que sabés bien podría ser también un asesino, lo siento.

Dritz ofreció su mano, delgada y lampiña como todo él. Había una nobleza casi femenina en sus rasgos y su forma de moverse, que el sarreo pardo de los siervos que le cubría la cabeza hasta casi la altura de los ojos y el rugag holgado, masculino y burdo, que llevaba puesto, no podían esconder. Uno de los Ihalim, claro, pensó Faghad con un estremecimiento. Su rostro tenía algunos de los rasgos de Desfret y Nuralia.

Por el rabillo del ojo vio una silueta moverse y desaparecer en un umbral. Se encomendó a la Diosa Madre y tomó la mano que se le ofrecía. Dritz sonrió, y la llevó con paso apurado por un laberinto interminable de fuentes, jardines, calles y pasajes angostos.

—Por acá —indicó, señalando una puerta lateral, cuando ya Faghad, pese a su buen entrenamiento, empezaba a perder el aire con el largo trayecto prácticamente corrido.

Iba a seguirlo como lo había venido siguiendo, sin mirar, pero el color de la puerta llamó su atención. Se detuvo en seco y desnudó su daga al reconocer el lugar: era, notó, una de las muchas puertas de la Casa Roja.

—Vamos, es la forma —insistió Dritz—. Nuralia no asesinaría a la Consejera en su propia casa, no la subestimes tanto.

 Intranquila, y aún con la daga en la mano, Faghad lo siguió. Era la puerta del Jardín Principal. Tenía el recuerdo de haber jugado con Keala alguna vez, cuando niñas, entre esas mismas flores, escondiéndose en esos mismos matorrales coloridos y frondosos. Entrevió a lo lejos la silueta de unas muchachas (Ihalim menores, o éicadim de Nuralia y Zuria posiblemente) que cuchicheaban y bañaban sus pies en una fuente. Dritz la empujó para apurarla y la hizo detenerse frente a un bebedero, en el que una badrona se esponjaba las plumas. Él se agachó, examinó con cuidado los mosaicos del sendero que conducía hacia el bebedero, buscó en un lateral una única pieza diferente, la desplazó y dejó al descubierto un anillo metálico. Faghad lo miró con admiración y algo de temor levantar una compuerta y dejar al descubierto una larga escalera descendente, que se perdía en la oscuridad.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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