La pieza diferente: diecisiete

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Las voces morían a su paso instantáneamente. Extraño eco, pensó Varidene, como si sus pasos fueran los que copiaban el sonido de las palabras ahogadas que cuchicheaban en el salón sus primas con sus amigas, sus esposos y sus amantes.

La detuvo un tirón leve de su ropa. Una niña pequeña y frágil, de no más de tres años, la miraba con ojos sonrientes.

—Cantás muy lindo —le dijo.

—Gracias —respondió Varidene, deteniendo el paso con una sonrisa—¿y vos cómo te llamás?

La niña dudó, se llevó las manos a la boca, y finalmente respondió

—Arainé —, y agregó, señalando el glario—¿me lo prestás?

—¿Me lo vas a cuidar?

Desde el otro lado del salón, vio llegar corriendo a Kortuka, la más joven de entre las Iniciadas.

—¿Tu hija? —preguntó. Kortuka asintió, el rostro colorado y el pelo sobre la cara. De no ser por la aversión que había tomado con los años a las Brujas, a Varidene le hubiese dado un poco de gracia y de compasión.

Pero las hijas de las Iniciadas, reflexionó, no tenían la culpa de la madre que les tocaba en suerte. Así que le alcanzó el glario a la pequeña. Era casi tan grande como ella, y Arainé evidentemente no sabía demasiado bien por qué lado tomarlo.

—Arainé, Varidene se tiene que ir a hablar con su mamá, no se puede quedar acá charlando con vos —explicó Kortuka a su hija—así que le vas a tener que devolver el instrumento.

—No lo voy a precisar por el próximo rato —le dijo a la niña, ignorando por completo a la madre—. Si me lo cuidás, te lo dejo, y en un rato lo paso a buscar, ¿te parece bien?

Arainé asintió con una sonrisa amplia, buscando con todo el cuerpo una manera de sostener el glario, que le resultaba gigantesco. Varidene sonrió, saludó con la mano y sin siquiera mirar a Kortuka siguió su paso hacia la sala blanca. No supo si sentirse mortificada o satisfecha cuando, al cerrar el portón estrecho del corredor, recomenzaron los sonidos animados de la sobremesa. Que por el próximo rato, lo sabía bien, la tendría a ella como principal tema de conversación.

Ajustó su expresión en la docena de pasos que la separaban de la sala en donde esperaba su madre. Quería lucir serena y segura, ser los acordes de su canción, hacer valer su certeza de ser víctima de una injusticia. Se detuvo tres pasos antes de la puerta, para tomar aire y entrar decidida y calculadamente enfadada. Porque era ella la que tenía derecho a estar enojada, claro.

Estaba convencida de que iba a encontrarse con los ojos furiosos de la Reina Bruja clavados en la puerta, esperándola con la misma intensidad de las voces que había abandonado en el salón. En lugar de eso, encontró a su madre perdida en los bajorrelieves que rodeaban la chimenea apagada, en silencio, con expresión cansada. Varidene cerró la puerta tras de sí, y se sentó, de piernas cruzadas, en un almohadón azul, en la otra punta de la sala. Nablea pareció tardar en notar su presencia, y cuando lo hizo, la saludó con una inclinación ausente de cabeza y se sentó frente a una mesa de trabajo reservada habitualmente a las escribas. Tomó una hoja en blanco, la recortó con un cortaplumas dorado, mojó un cálamo en tinta verde y comenzó a escribir.

—Supongo que no me hiciste llamar por comunicado público para que nos quedemos así en silencio, ¿no?

—No, claro que no —respondió, y prolongó el silencio incómodo, sin mirarla.

—Preferiría dentro de lo posible abreviar la visita. Si es por la canción, no, no tengo nada que…

—Varidene, cantás muy bien, no sé si ya te lo dije alguna vez. Y tenés un don para el verso, me consta. Y esa con la que trataste de ofenderme es una buena canción. No comparto el dolor del que nace, y me apena un poco que no veas lo afortunada que te hace que tus mayores responsabilidades hasta ahora hayan sido tus letras, tu entrenamiento, lo poco que hoy por hoy te demanda tu hijita Treda el rato que no la dejás con su nodriza, y tu glario. Pero no, no te mandé llamar para pedirte que guardes tu instrumento.

Nablea hizo una pausa para terminar de escribir su mensaje. Recién entonces Varidene notó a la badrona que esperaba en la ventana.

—Esto era más urgente —se excusó Nablea, mientras ataba el mensaje al pie de la badrona, y la dejaba ir.

Recién entonces miró a su hija, por primera vez desde su llegada. Varidene pudo notar las sombras bajo sus ojos. Era, se dijo, normal. Los Consejos siempre se cobraban algo de la salud de las Iniciadas. La diosa Delero no daba sus dones del todo gratis.

—Sé que te estás tomando tu entrenamiento muy en serio. Me alegra que así sea. Ahora, no necesito hablar sobre tu canción y las responsabilidades que no te reclaman. Ya hace rato que sos una mujer, y creo que ese momento de ser la madre que te hace reproches de conducta pasó hace rato. Necesito hablar con vos como reina que habla con su primogénita, Varidene Mnatesogran im Nabléane. Y de las responsabilidades que sí te incumben. Es temprano todavía para llamar al Consejo de Guerra, y necesito hablar con alguien de confianza e inteligencia fuera del círculo de las Iniciadas, que somos todas mejores para ver que para planear. Esa, Varidene, hija, sos vos. Necesito que pongas tu animosidad al margen, y me ayudes con esto. Tenemos que tener un borrador de plan ante la eventualidad de un sitio a Baricai, y empezar a implementarlo ya, porque el día que sí reúna al Consejo de Guerra, va a ser un poco tarde para plantearlo desde cero.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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