La pieza diferente: dieciséis

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La primera reunión de la nueva reina y su consejera fue nocturna. Keala había pasado el día recluida, sin recibir a nadie, pese a la insistencia de Nuralia y Zuria Ihalim, primero, y de Desfret su padre, después, por intentar conseguir una entrevista. Faghad la encontró frente a montones de libros, los ojos enrojecidos de cansancio, tomando notas apretadas en un cuaderno de tapas verdes.

—Te esperaba más temprano —reprochó.

—Nunca establecimos un horario. Y necesitaba pensar. No tuve tiempo para eso.

Keala levantó una mano y la invitó a sentarse en una silla de respaldo alto.

—Estuve tratando de poner los registros de mamá en orden. Evidentemente somos hijas de Dapes la Pacífica, no de Dapes la Organizada.

—Con más tiempo seguramente lo hubiera ordenado ella.

—Con más tiempo. Pero el tiempo es siempre todavía menos del que una teme. En fin, nadie pareciera tener una idea demasiado cabal de los detalles de la administración del reino. Ni siquiera Adílcare Mepelim, que es en teoría la encargada del Tesoro, ni las escribas de Réline Sfelim, que confeccionaron y copiaron documentos todos estos años. Las cuentas no cierran, los documentos no cierran, y todo parece hacerse borroso donde la mano de mamá entró en juego. Sobre todo en lo que se refiere a Nales. Cualquiera diría, viendo esto —y señaló un volumen encuadernado con apenas algunas páginas de anotaciones breves y crípticas, y un sobre de cuero con una variedad de documentos sueltos—que muy poco en la administración pasó de la palabra hablada. Necesito urgentemente rever todo esto con alguien más.

—Si con “alguien más” te estás refiriendo a Riorrem, ya le pedí que me pusiera al tanto —Keala cerró el libro con furia contenida y abrió la boca para replicar, pero Faghad la interrumpió—. Keala, no es momento ni lugar para ocultar que nuestra querida madre consultó con él todas sus decisiones de Estado de los últimos quince veranos, hermana. Ni de fingir que no me elegiste por eso.

Keala cruzó los brazos, apoyó las manos en sus hombros, y el mentón en el cruce de las muñecas. Faghad había visto incontables veces ese gesto tan particular, y la túnica verde con los emblemas oficiales no podía esconder de su vista a la joven profundamente desconcertada que se escondía debajo.

En ese momento, la reina volvía a ser, como hasta antes del día fatídico de la muerte de Nablea, apenas su hermana Keala.

—No te elegí nada más que por eso, hermanita —confesó—. No estás lista para esto, y sé que te estoy poniendo en serio peligro. No se me escapan los montones de razones por las que no te tendría que haber designado, no vivo tanto entre cancioncillas y viejos cuentos como algunas parecen creer. Tengo que empezar por pedirte perdón. Probablemente esto haya sido una idea horriblemente mala. Lo que dije el día de la elección es cierto: hice el rito de consulta a Gukduk-he. Y la sangre efectivamente se prendió fuego. Y no estoy segura de que me gusten las confirmaciones venidas de la Cruel. Pero, hermana, hija de Riorrem de Nales y todo, aun así sos la única en la que podía confiar.

—Había más de una opción  mejor para consejera —protestó Faghad.

—Supongo que sí, en abstracto. Sé tratar con Nuralia, y su eficiencia quizás hasta podría alcanzar para minimizar las consecuencias de su designación en Nales. Y Meba Qualim hubiese dejado a todo el mundo saludable y parejamente descontento. Pero no puedo sacarme de la cabeza... Faghad, ¿hablaste alguna vez con Gava de la noche en que murió mamá?

Faghad, seria, negó lentamente con la cabeza. Se hizo un silencio.

—Y ahora lo del nuj… En fin. Las Ihalim estuvieron pidiendo audiencia todo el día. No quiero concedérselas sola y en privado, como quieren, porque van a sugerir que te remueva del cargo. No quiero tener que responder yo a eso. Las Zaelim, en cambio, pidieron audiencia con vos. Las Qualim… Bueno, Meba Qualim te envió sus felicitaciones, y mandó un cofre con regalos que remití a tus habitaciones.

—Veo.

—Además, se supone que recibamos los asuntos de las Diecisiete antes de que las matriarcas dejen Bjurikti.

—Supongo que algo habrás previsto a partir de las anotaciones de mamá. Riorrem me sugirió también algunas cuestiones menores que van a surgir, sin duda. Pero mejor empecemos por no desairar más a Ildei y a Nuralia: a ellas hay que responderles esta noche, y recibirlas mañana.





Más tarde, ya en su torre, a Faghad la había esperado una sorpresa: una cajita muy llamativa, que rápidamente reconoció como ajena. Era de madera oscura con complicadas incrustaciones de nácar, y en la tapa ostentaba la insignia de Griena Veeklim, trabajada en plata. Adentro, un pliego muy pequeño, cuidadosamente doblado en cuatro y sostenido con un broche metálico sin adornos.

Volvió a leer una y otra vez. La letra era elegante y fina, probablemente la misma pero mucho más cuidada que la del mensaje anterior. Pensó que parecía la de alguien con mucho más manejo de la escritura del que podía tener cualquiera de los hombres jóvenes que conocía. La hoja, además, no venía firmada. Pero las palabras eran claras, y no se le ocurría quién sino Dritz podía haberlo enviado:

“Ojalá una escalera en la oscuridad pudiera durar para siempre. Me queda el consuelo de verte mañana por la noche. Cumplo con avisarte porque es crucial que Nuralia y Zuria nunca sospechen que nos hemos visto antes.”

La confirmación de Nuralia y Zuria ni siquiera había llegado. Dritz, de nuevo, estaba demasiado al tanto.

Jugó con el borde de la hoja hasta romperlo. Corrió la cajita hacia un costado y se dejó caer en la cama. Estaba agotada.

Nada de esto era justo.

Ojalá pudiera haber durado para siempre.

Sintió que la garganta se le cerraba. Cerró los ojos y respiró profundo.

“Por un muchachito de la estirpe de Nuralia”, murmuró, mientras despedazaba el mensaje y lo descartaba en una copa de agua, para tornarlo ilegible.

Lo curioso, pensó, era que Nuralia y Zuria llevaran hasta a los hombres de su casa a una reunión oficial. Entendía, claro, que llevaran a Desfret, que como padre de la reina  podía, a su modo, ejercer algo de presión. Pero llevar a gente como Dritz… ¿O alguien más sabía de lo ocurrido, y lo estaban llevando para intentar burdamente influir sobre ella?

Lo ideal sería hablarlo con Riorrem. Pero no encontraba en su interior lo que hacía falta para salir del secreto. Que, se dijo, no le constaba que hubiera ya sido traicionado del otro lado. Cabía aún la posibilidad de que la asistencia de Dritz fuese mera coincidencia. Posibilidad acotada, ciertamente, pero de ser el caso, reflexionó, no se perdonaría ser ella quien lo delatara.

Volvió a repasar, mentalmente, las conclusiones a las que habían llegado con Keala. Con toda seguridad, las Ihalim iban a volver a intentar recuperar de las Zaelim los antiguos fueros perdidos sobre el puerto de Golikti y, tal vez (aunque posiblemente no en esa primera entrevista), sobre la distribución de los tributos de Serkina la Fértil. El reclamo era viejo y predecible, y momentáneamente no podían responder sino lo que ya había respondido infinidad de veces Dapes: no podían arriesgar tan fácilmente la paz frágil con las Zaelim de Nales. Pero tampoco era, en este contexto, nada seguro arriesgar las relaciones tensas con las Ihalim.

Habiendo tanto que perder, lo único que se podía hacer era tratar de ganar algo de tiempo para buscar alternativas que no resultaran en dar con sus huesos y los de Keala en una pira funeraria.

Porque de momento no se le ocurría ninguna.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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