La pieza diferente: dieciocho

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Caminando por los pasillos altos que llevaban desde su torre hasta la sala de audiencias, a Faghad se le ocurrió hacer memoria de cuándo había sido la última vez que ella y Keala se habían reunido a solas simplemente como hermanas. Su madre estaba enferma ya, pero todavía nadie esperaba nada serio. Keala había intentado enseñarle por última vez a tocar una canción sencilla, en el viejo glario heredado de su tía abuela Targona Sulim, y las cinco cuerdas se habían resistido en sus manos a dejar oír más que unos sonidos aplastados, apagados, sin ritmo. No pensaba que fuera a tenerle a nadie la paciencia que le tenía a Keala.

Supuso que eso quería decir que ya no aprendería nunca.

Llevaba por compañía nada más a un guardia espigado y a una sígadim muy joven (tanto o más que ella, probablemente), con acento de Fanerina, que había entrado al servicio de su hermana cuando la coronación, y cuyo nombre había sido incapaz de retener. Una Gulim, creía recordar. ¿O era una Sfelim? No, Gulim, seguro.

Miró hacia arriba. Los arcos se perdían a varios brazos sobre su cabeza. Se le antojaron más altos de lo habitual. Se sintió pequeña. Y sola.

Miró a la joven Gulim (¿o Sfelim?) que la acompañaba, y a su guardia, a quien reconoció como uno de los Qualim, sobrino (¿o sobrino segundo?) de Meba. Los rasgos Qualim eran inconfundibles, eso sí. Él lucía aburrido, ella aterrada. Intentó tomar conciencia de sus propios gestos y controlarlos para dar una imagen inescrutable, segura, por si las Ihalim llegaban antes que ella. Era improbable, pero no imposible.

Y tendría que mantener la expresión frente a Dritz.

Mejor no pensar en eso.

Dobló por el pasillo amplio que llevaba a la sala de audiencias. Tuvo conciencia de que el corazón le latía más rápido. Pero adentro sólo esperaba Keala, con una comitiva de cinco atranim de la Guardia Real.

—Buenos días, Majestad —saludó con una inclinación de cabeza y media sonrisa nerviosa Faghad, haciendo énfasis en el título.

—Buenos días, muy estimada Consejera —respondió su hermana Keala, con una breve risa tensa, mientras le devolvía la reverencia. La invitó, con un movimiento de la mano, a sentarse en la silla a su lado—. Las citadas están esperando afuera a que les demos paso. Querían estar en la sala antes que nosotras y vinieron antes de hora. Creí que era oportuno hacerlas esperar.

Faghad sonrió, y se acomodó en su silla alta, apenas un poco menos elevada que la de su hermana. Recién entonces Keala indicó, con un movimiento de cabeza, a una mujer de la guardia que podía abrir la puerta.

A pesar suyo, Faghad contuvo la respiración. Las Ihalim que entraron eran apenas cinco, acompañadas nada más por Desfret, padre de la reina. Una comitiva razonable.

Soltó el aire aliviada, pero sólo por el tiempo que le llevó reconocer el rostro querido en su elaborado vestido de audiencia, su piel morena oscurecida aun más por el azul subido de las galas formales de las Ihalim. Casi un muchacho. Pero una mujer. Y de su cuello colgaba la insignia de la heredera de la casa.

Los ojos de Dedemie se encontraron brevemente con los suyos, y en ellos había súplica y vergüenza. Apenas visibles y rápidamente escondidas en la postura protocolar y el silencio respetuoso.

Porque quien debía hablar era Nuralia.

Faghad agradeció la posibilidad de quedarse callada.

—Majestad —saludó, y sólo le dirigió un gesto con la cabeza a Faghad—. Pedimos esta audiencia para ponerla al tanto de asuntos que, dado lo apresurado de la tragedia, su madre no habrá tenido tiempo de transmitirle.

—Ni a mi consejera aquí presente, que también pudo perfectamente ser quien se sentara hoy en este trono —puntuó Keala.

—Ni a Gava, hermana de ambas, que también podría haberlo sido, es cierto.

Faghad contuvo con esfuerzo el impulso de levantarse e irse. En lugar de ello, se sonó discretamente los nudillos, y volvió a deslizar una mirada nerviosa hacia Dedemie Ihalim. Los ojos se cruzaron nuevamente. “Paciencia”, parecía pedir. Observó que tenía los ojos hinchados. Parecía no haber dormido.

—En todo caso, vengo otra vez a exponer, con el derecho que me da ser una de las tres matriarcas que convivimos en Bjurikti, el poco sentido que tiene la inclusión de Ildei Zaelim en la Mesa de Keldre. Considero, además, que la ciudad de Nales por años viene siendo premiada sistemáticamente por faltar al honor y al bienestar del reino. Todas sabemos que de ser por Nales, sufriríamos todavía la tiranía de las Praelim.

—Pareciera, Nuralia de las Ihalim, que estás hablando a la Reina abiertamente en contra de una de las Cuatro. Deberé recordarte que, dado que nos hallamos en paz, tu discurso podría ser motivo de que alguien te acusara de traición contra la unidad del reino —añadió Keala, y le dedicó una breve mirada a Faghad, que había sugerido el giro. La consejera asintió apenas—. Asumo que no es lo que tus palabras pretenden, noble Nuralia, así que deberé pedirte que nos ahorres el preámbulo y pases a tu pedido concreto concerniente a tu casa.

Nuralia tironeó un poco del borde de su elegante briada y adelantó un paso. Sus sandalias resonaron como golpes de martillo en el aire tenso del salón.

—No pretendo faltar al honor con mi discurso. Demasiado poco honor queda en Mabalaya para que también mi casa lo desdeñe. Sólo queríamos nuevamente recordar que la reina Nontima estableció en su pacto con las Zaelim de Nales un plazo de quince cosechas durante las que los tributos del puerto marítimo de Golikti, que le corresponden a las Veeklim y por extensión a las Ihalim, serían suyos, para resarcir a la familia por la muerte de Garbei Zaelim. Esos quince años han pasado. Y quince más. Y otros quince están por cumplirse. Y Nontima prefirió renovar la cesión de ese privilegio, para evitar un conflicto que jamás volvió a existir. Y luego Dapes hizo otro tanto. Y el polvo se comió hace tiempo los huesos de Garbei Zaelim y los de mi abuela Frina Ihalim, que ordenó su ejecución, y los de Enop Veeklim, su verdugo, pero los barcos siguen yendo y viniendo entre el puerto de Golikti, y luego río Mairib arriba hasta Nales, y las Zaelim y su fuerza florecen con tributos que ya no debieran corresponderles.

Las últimas palabras de Nuralia sonaron quebradas de furia. Por contraste, cuando finalmente respondió, tras un intervalo que le aseguró que la anciana había terminado su parlamento, la voz de Keala sonó calma, profunda y cansada, como si viniera de un cuerpo mucho más viejo que el que ocupaba el trono.

—Nuralia, matriarca de las Ihalim, queda aún algo de tiempo del plazo pactado por mi madre, la reina Dapes…

—No mucho —interrumpió Zuria, de pie al lado de Nuralia. Pero Keala la ignoró y continuó.

—... y el pedido no es nuevo ni ajeno a mi conocimiento. Llegado el momento, como fue otras veces, y como debe ser tras tanto tiempo, mi consejera y yo evaluaremos qué es lo mejor para el reino. Que no se te olvide que las tierras de cultivo al norte de Bjurikti en el valle de Bujur, que por derecho deberían tributar a las Sulim, las otorgó mi madre a las Ihalim en compensación por el puerto de Golikti. Y, en su momento, esas tierras fueron aceptadas. ¿Hay alguna otra cuestión que quieras traer a nuestro conocimiento? —preguntó, pero Nuralia y Zuria no agregaron palabra—. Entonces, que las Diosas te sean propicias, Nuralia de las Ihalim, y acompañen a las de tu sangre.

 La reina se levantó, y con una inclinación de cabeza se retiró. Faghad la siguió, concentrándose en no perder la línea de sus propios pasos, ebria de temor y con el corazón roto.

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