La pieza diferente: diecinueve

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El agua clara de la fuente del palacio llenó tres veces la jarra, y las tres veces Riorrem la recorrió con sus manos a conciencia. Hacía tiempo que había tomado la costumbre de servir él mismo su agua y elegir sus propias botellas de daghar y klazheara en la bodega del palacio. Rara vez descuidaba la costumbre, y creía que no era momento para confiarse. Cargó nuevamente el recipiente de cerámica azul, lo tapó cuidadosamente con un disco de corcho, y enjuagó a conciencia una manzana que pensaba comer más tarde. Luego pasó por la despensa a buscar una hogaza de pan y un embutido suave, y se marchó en silencio a su habitación.

Tras la muerte de Dapes, Riorrem, que había vivido los últimos dieciocho años en una de las habitaciones de la Reina, una especialmente amplia y luminosa que daba sobre el río, había debido trasladarse. Y Keala no había sido especialmente amable con la mudanza: ahora  tenía un cuarto de cuatro pasos por cinco, en el que se amontonaba apenas lo que consideraba imprescindible de sus pertenencias. Había necesitado enviar a Nales todo lo demás por mera falta de espacio.

Intentó acomodar los víveres en la mesa de trabajo. Pero la cantidad de objetos y libros acumulados no dejaba prácticamente lugar para nada más, por lo que, resignado, Riorrem acomodó la jarra, la fruta, el pan y el embutido sobre su banqueta, la acercó a la cama, y se sentó a comer. Se pasó una mano nerviosa por la barba corta y canosa, miró por la ventana (desde la que se podía ver, un piso abajo, el patio en el que ejercitaban los caballos) y se repitió otra vez que, por el bien de Faghad, valía la pena el esfuerzo de permanecer en Bjurikti.

Cortó el embutido en fetas con su cuchillo, hizo otro tanto con el pan y acomodó juntas una rodaja de cada cosa. Sentía la garganta cerrada, y tuvo que hacer un esfuerzo para pasar el primer bocado. Le vino a la memoria su último almuerzo con Dapes, la víspera de que la súbita enfermedad mostrara los dientes. Habían comido pescado con cradas molidas y crema, y habían compartido una botella de klazheara fresca. Y se había mirado en los ojos de miel de su Reina, y la felicidad, como el agua que corre por un río caudaloso, parecía que podía durar para siempre.

Pero, así y todo, ese cauce se había secado.

“Por Faghad”, volvió a pensar, y masticó de mala gana un segundo pedazo de pan con embutido.

El sonido en la puerta fue casi inaudible, y llegó cuando casi había terminado de comer. Tres golpes leves, dos rápidos y uno un poco más tarde, casi como una adición distraída y accidental. Riorrem dejó inmediatamente de masticar y contuvo la respiración para escuchar lo que seguía: el sonido de tres uñas que rascaban, una después de otra y encimándose un poco, y un último golpe, más firme. Se levantó entonces, se acercó a la puerta y la entreabrió, apenas lo suficiente para recibir el mensaje que una mano anónima le extendía enrollado.

La caligrafía era neutra, de escriba, el mensaje no estaba firmado y era lo suficientemente críptico para no ponerlo en demasiado riesgo. Pero el mucho tiempo sin escuchar en su puerta la señal de Ildei Zaelim no lo había hecho olvidarla, y valía por una firma mucho más que la misma rúbrica.

“Otra vez hemos llegado a esto”, se dijo.

Tendría que hablar seriamente con Faghad. Sospechaba que no iba a ser tan fácil convencerla. No tenía, de hecho, certeza de que fuera seguro ponerla al tanto para intentarlo: después de todo, Faghad era la Consejera de la reina Keala. Y era una Sulim, no una Zaelim.

Le constaba que no había heredado el espíritu excepcionalmente virtuoso de Dapes. Pero, así y todo, era su hija, y esta podía ser su única chance de preservarla. Tenía que hablar con ella.

Rompió el papel en pedazos pequeños, le echó agua hasta convertirlo en pasta y lo echó por la ventana, hacia donde el paso de los animales lo terminaría de amalgamar con barro y estiércol hasta convertirlo en nada.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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