La pieza diferente: Cuatro

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Darle de comer a las aves no es trabajo para un guerrero. Y Nígot Failim se sabía guerrero, pese a que nunca había estado en combate alguno. Pero la vida de una ciudadela pequeña como Gadel era insoportablemente pacífica. Ver las patas y los picos escarbar el piso, descabezar unos pobres gusanos con gula, engullir la masa blanda que todavía se mueve. Ser un pobre gusano que arroja pobres gusanos en la mugre para las aves. A la noche, con mucha suerte, comerse esa que está más gorda que las demás. Canibalismo. Mejor contentarse con una hogaza de pan. Y un poco de manteca especiada.

Igual por esos días las señoras estaban todas fuera de la ciudad para la coronación. Así que difícilmente hubiera en la mesa algo más elaborado que unas raíces fritas, algún huevo, y una jarra de gradeara bien fuerte, para olvidar el gusto de todo el resto. No se supone que los muchachos malgasten los manjares.

Los ruidos sordos de las gargantas de las aves, al unísono, generaban un barullo insoportable. Un gusano particularmente largo se le enrolló en el meñique, y tuvo que sacudir la mano para sacárselo de encima.

—¡Mierda! —exclamó, y vació con un único golpe fastidiado todo el resto de los gusanos juntos en un único lugar.

Las aves se agolparon y comenzaron a picotearse violentamente entre sí por el derecho al banquete. Nígot le pegó una patada a un polluelo, sólo porque necesitaba herir algo, y entró a la sombra del área de trabajo.

—Vida de fondo infecto de letrina —masculló para sí.

Escuchó que afuera alguien reía. Una risa cristalina de muchacha joven que, supuso, lo acababa de ver fracasar en una tarea tan simple como alimentar un montón de pájaros idiotas con gusanos todavía más imbéciles. Enrojeció de furia y de vergüenza, mientras machacaba con un cuchillo, a grandes golpes, un trozo de madera. Hubiera enhebrado una ristra interminable de palabrotas para descargarse, pero se sentía observado. Vigilado. Se llevó un resto de madera perfumada a la boca y la masticó con furia.

Para quien llegaba desde el exterior, el taller era un espacio bastante extraño. La luz se colaba apenas por las puertas, y sorprendía ver las tallas realizadas a media luz, con un único muchacho tan joven que trabajaba solo en una banqueta incómoda dentro de un salón tan grande.

—¿Acaso algún roñoso tapó la letrina hoy? —preguntó, burlona, la voz detrás.

—Debe ser —respondió Nígot, sin quitar la vista de su trabajo, pero repentinamente alerta. La voz, además de joven, le era desconocida, y hablaba con el ritmo seco del puñado de nobles de Bjurikti que había conocido.

—¿Podré hablar con Nígot, hijo de Itoro de las Failim? Me dijeron que podía encontrarlo aquí.

—¿Quién lo busca?

—Libítare de las Qualim, hija de Élida y nieta de Onya.

Nígot se puso de pie de un salto y bajó respetuosamente la cabeza. Pensó en los gusanos y en el pichón, y se sintió, de ser posible, todavía más ridículo.

—Vengo a informarte que fuiste llamado para el servicio de la casa Qualim, en Bjurikti. Tienes hasta el alba de mañana para despedirte y buscar tus cosas. Te sugiero que abandones estas tareas menores de inmediato. Tu madre y tu abuela ya fueron informadas.

Sin siquiera una inclinación de cabeza, Libítare se llevó el ruido de su manto liviano por la puerta. Hasta los polluelos afuera parecían abrirle paso. Nígot tuvo la sensación de que ni siquiera el polvo era capaz de tocarla.

El escasamente ejercitado peso de ser quien era, un joven noble de cierta limitada alcurnia (pero noble al fin), le cayó de golpe sobre los hombros. Se sintió fuerte, pero se supo pequeño. Libítare de las Qualim, pensó, y volvió a saborear el nombre noble de su salvadora. No más gusanos en el dedo de un hijo menor de una noble menor de una ciudad menor. Arrojó su cuchillo de talla con fuerza y lo dejó clavado en una de las paredes negras de madera oscura de tiempo y de humo, antes de salir.

Y mientras todo dormía en el palacio de Bjurikti, Delero enviaba a sus hijos, los Inwam silenciosos, a transitar la noche con pies de aire, y llevar sueños bajo los párpados cerrados de los mortales. Y un Inwam fue quien pasó a buscar a la Niña Eterna, para llevarla lejos de su lecho blando, allá adonde ni siquiera Sílik podía encontrarla.

No era la primera vez que Gava visitaba ese lugar en sueños. Y, como todas las anteriores, supo a ciencia cierta al entrar que no sería la última. En esos pasillos, en ese salón, sobre todo en la torre, Gava dejaba de ser la princesa idiota, la princesa inútil. Ahí dentro, al hacer sonar el eco de sus sandalias bordadas de piedras preciosas entre las altas columnas de roca azulada, ella entendía. Muchísimo más de lo que Keala sería capaz de comprender jamás. Mucho más incluso que Faghad, que tal vez fuera, en Bjurikti, la única persona capaz de ver más allá de sus narices. El precio, sin embargo, era caro: comprender durante el sueño implicaba tener conciencia de sus límites en la vigilia, sentirse mortificada por el recuerdo del sonido animal de su propia risa, la repentina conciencia de los dobles sentidos en las frases crueles de las jóvenes de la corte, la relevancia nula de sus preocupaciones del día por el color de una hebilla, el brillo del pelaje de un nuj, el afecto duro de su ama que la quería con pena.

Llevaba puesta la misma túnica verde del día, entallada a su cintura fina, y el mismo anillo con la señal de las Sulim en su mano izquierda que su madre le había regalado al cumplir los doce años. El mismo día de su primer sueño en el salón de las columnas azules. Podía, allí, recordar con claridad aquel otro primer sueño, cuando por primera vez había comprendido cabalmente que era la hermana imbécil, la vergüenza de su estirpe, y que nunca sería reina. Se había sacado el anillo con furia, lo había arrojado lejos y se había echado a llorar amargamente hasta que Alea había llegado a consolarla, con su pelo blanco de vieja matriarca, sus ojos verdes, su mismo rostro a la vez redondeado y fino.

Notó, por primera vez, que en el sueño su larga cabellera rubia era del color del fuego. No se sorprendió: en el sueño, Gava pese al anillo de las Sulim era, sobre todo, una de las de la estirpe de las Mnatesogran, las reinas brujas. Y había sabido así, sin necesidad de preguntarlo, adónde estaba, y por qué era ese también su hogar.

Respiró profundo. Intentó, sin mucho éxito, apartar de su mente el recuerdo de su hermano Ílsitar, que había jugado toda la tarde al gars con ella, y que la había dejado ganar calculadamente vez por medio. El gesto cansado y aburrido, que en la vigilia le había resultado inexplicable, ahora le era claro: Ílsitar seguramente prefería los juegos militares con los otros jóvenes nobles a dejarse ganar por su hermana mayor idiota.

Ílsitar, él sí, tenía el cabello de fuego como lo había tenido su padre, y como ella lo tenía ahora en el sueño. Era un hombre hermoso, como cuentan que lo había sido Búcor, y era extraño que todavía ninguna de las Ihalim ni de las Qualim ni de las Zaelim lo hubiera pedido en matrimonio.

Es que nadie, se dijo en el sueño, podía querer la sangre maldita por Delero y Sílik que venía de Búcor el Bello y que era el origen de su desgracia.

Escuchó la voz suave de Alea que la llamaba desde la torre, que pronunciaba regodeándose en cada sílaba “Gava de las Sulim hija primogénita de Dapes”, y ella se dejó llevar entre las columnas azules hacia el colorido mosaico del suelo del Gran Salón. Notó entonces que el piso del salón había cambiado, y que en lugar del mosaico de flores habitual podía verse el retrato tremendo de Keldre con las señales de la diosa Gukduk-hé, tan terrible que la hizo retroceder.

Entonces notó que el rostro de Keldre no era en verdad el de su temible bisabuela: en su lugar, los ojos de Keala miraban con todo el peligro que pueden contener los de una fiera acorralada.

De pie en un rincón, Alea, por primera vez, lloraba, y se arrancaba los cabellos.

La angustia, los ojos terribles de Keala y la imagen de Alea tirándose de los cabellos fueron todo lo que Gava retuvo al despertar. Pero, despierta, maldita de nuevo por el dios niño, no supo ya qué hacer con eso.

 

 Ilustración por Dolores Alcatena.

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