La pieza diferente: cuarenta y uno

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Todavía los dedos de Amberó acariciaban el atardecer cálido de Baricai con el ritmo lento de la paz, y su luz reverberaba en los hilos dorados de la cuerda con la que Varidene Mnatesogran hacía saltar la bola de madera sobre el tablero de grinine, trazado con carbón en su terraza del palacio. Treda, su pequeña, reía y aplaudía la destreza de su madre, que hacía bailar la pelota a su alrededor en un patrón complicado, siguiendo el ritmo de una rima. Con un movimiento calculadamente torpe, Varidene arrojó fuera de lugar la pelota con las últimas palabras, se corrió del centro del círculo para dejarle espacio a su hija, y le entregó la cuerda. Treda recitó los primeros dos versos de la rima con lentitud, ejecutando los primeros seis saltos de pelota con movimientos mucho menos gráciles que los de su madre, y enseguida perdió el recuadro.

—No me sale, mamá. ¿Me mostrás de nuevo?

Varidene volvió al centro del círculo, y comenzó a recitar y a mover la bola con el cordón dorado al compás, sin perder el centro de ningún casillero. En algún momento, muchos años atrás, había sido la reina Nablea la que le había enseñado a jugar al grinine. Se preguntó quién le enseñaría el juego a su hermana por nacer, si ella, su madre o incluso Treda.

Pero además de una hija del ocaso de Nablea, su hermana sería una niña de la guerra. Cabía la posibilidad de que no hubiera nadie para enseñarle. Esta vez, Varidene genuinamente perdió el casillero. Le pasó el cordón a Treda con una sonrisa forzada.

—A ver, yo no estoy muy brillante hoy. Tu turno de vuelta. Fijate que tenés que estar atenta al movimiento de la muñeca, pasa todo por ahí.

Parecía, además, que Nablea quería apresurar el desastre. Varidene había pasado toda la mañana intentando convencer a su madre de que la mejor posibilidad que tenían era atacar al ejército de Keala en Isidena, o por lo menos igualar la defensa de la pequeña ciudad con la de Baricai. Era de esperar que Nales no respondiera rápido, así que si había alguna chance de derrotar a Mabalaya sin contar con Ninie era muy al comienzo del conflicto.

La mano de Treda empezaba a tomar algo de ritmo, y la bola de madera blanca, por tres movimientos seguidos, pareció casi levitar en un patrón sencillo en el círculo de casilleros que la rodeaba. Varidene aplaudió, y la niña perdió nuevamente el control de la pelota, que se fue al lado de uno de sus pies, al centro del círculo.

—Va mejorando, ¿querés probar de nuevo?

Si realmente defendían Isidena y no podían detener a la reina Keala ahí, ganarían tiempo para recibir los refuerzos de Aubicai y para saber si las familias de los valles de Ninie comparecerían. Y, tal vez, para atacar Golikti desde Codena, y obligar a Keala a replegarse. Con el plan de defensa actual, Isidena caería enseguida, y demasiado pronto tendrían al ejército de Mabalaya en toda su fuerza en las puertas de Baricai.

Aun si los pueblos de los Valles decidieran ayudar, el esquema actual podía no darles ni siquiera el tiempo necesario para reunir a todo su ejército: a la demora que implicaba una reunión del Consejo de los Valles había que sumar que los caminos de montaña del occidente de Lubacay no permitían mover tropas con la rapidez del Mairib y de las llanuras del sur de Mabalaya. Los poblados de Ninie estaban diseminados en lugares de difícil acceso. Hasta las badronas tenían sus problemas para llegar a muchas de las fortalezas sembradas entre las montañas. Pero le había explicado eso a Nablea sobre el mapa, calculando tiempos y distancias, había pasado horas y horas juntando argumentos desesperantemente inútiles.

Se le hacía difícil pensar que, después de todo, su hermana fuera a tener una Lubacay para gobernar. O que fuera a sobrevivir. Más aún después del sueño.

Podía renegar de las Iniciadas, pero no dejaba de ser una de la estirpe de las Mnatesogran, y había tenido suficiente muestra de los sueños de Delero para reconocerlos.

Había estado a punto de narrarle su sueño a Nablea más temprano, cuando intentaba convencerla todavía de que entregar Isidena casi sin defenderla era una locura, pero se había contenido. Las Iniciadas no gustaban de no tener razón.

Sobre todo su madre.

Y así las cosas, sólo quedaba un lugar seguro para su Treda.

El segundo intento de su hija en el centro del diagrama falló casi tan rápido como el anterior, y la niña insistió en volver a ver a Varidene hacerlo. Tomó entonces la correa dorada de manos de la niña, y esta vez eligió uno de los patrones cantados, el que narra el tránsito de Ambaké en el cielo oscuro de la noche.

Casa blanca de Ambaké
espaciosa Aleó
no brilla hoy

Casa dorada Anaé
modesta su luz
sí brilla hoy

Cuando a las Siete reúna
en Anaé y Aleó
la oscura Ambaké

Cuando brillen las dos
Aleó y Anaé
te veré yo

Se dio el gusto de dar un tirón extra a la bola mientras aún estaba suspendida en el aire, para hacerla caer con más gracia, y con un último impulso consiguió que el cordón dorado quedara alrededor del cuello de Treda, que reía.

Escuchó el sonido de la puerta y abrazó a su hija. La nodriza traía, por fin, a su visitante.

—¿Está todo listo ya?

—Sí, ya está todo en el fop de la mercante —respondió la nodriza con sequedad, y se retiró sin mirar a la recién llegada. Sin siquiera una inclinación de cabeza de despedida.

—Parece que su nodriza no aprueba el plan. Bah, no parece, estuvo diciéndomelo toda la tarde—comentó la visitante, a modo de saludo, en mabalayo.

—Disculpas por eso. Bienvenida, Itya Selam —respondió Varidene en la misma lengua, con un fuerte acento pero con claridad.

—Muchas gracias por la hospitalidad, y que las Siete se lo recompensen, Varidene Mnatesogran .

—Me basta con que Delero tenga razón y Sílik no me lleve.

Itya rió, y se acercó a Treda, que todavía intentaba la complicada coreografía requerida para trazar en el tablero dibujado en el suelo la canción de Ambaké.

La primera vez que Varidene había visto a Itya Selam, comerciante de libros y telas de Bjurikti, había sentido ese llamado extraño, ese aviso en el cuerpo que indicaba que ella sería, de alguna manera, relevante para su vida. Ella tenía apenas trece años por entonces, y la comerciante no era, aún, cabeza de su casa. Habían hablado largamente de versos mabalayos, y Varidene había prometido aprender el idioma antes de su regreso, el verano siguiente.

Había cumplido.

—¿Cómo estás, Treda? —saludó entonces Itya, esta vez en lubacó.

La niña no respondió, dejó la bola con su cordón en el suelo y corrió detrás de su madre.

—Treda, deberías saludar a Itya, después de todo vas a pasar un tiempo con ella.

—No quiero ir.

—Ni yo tengo ganas de que te vayas, amor —dijo Varidene, poniéndose en cuclillas para que sus ojos quedasen al mismo nivel que los de su hija—, pero hace falta.

—¿Por qué?

—Prometeme que vas a practicar el grinine así podemos competir cuando vuelvas. No vas a tener mucho tiempo, así que vas a tener que ensayar mucho.

La niña se abrazó al cuello de Varidene, que pasó los brazos por su cintura y la levantó.

—Puedo volver en otro momento si lo prefiere, Varidene.

—No, no queda tiempo. Debés ya ser de las pocas comerciantes mabalayas que permanecen en Baricai, y es vital que Treda esté por lo menos en Golikti cuando todo empiece. Querida —dijo, esta vez dirigiéndose a Treda—, tenés que prometerme que nadie te va a escuchar hablar en lubacó fuera de la casa de Itya.

—¿Por qué?

—Prometeme eso.

—Lo prometo.

Varidene dejó a su niña en el suelo, y la abrazó largamente.

—Por nuestra amistad, confío en que sabrás cuidarla si no paso la guerra —agregó en voz baja, para que Treda, que había empezado a sollozar, no la escuchara.

—Vendrá pronto la paz, y traeré unas botellas de daghar y de klazheara de Bjurikti para pasar la noche y celebrarlo. No va a durar, es una guerra sin sentido.

—Son las más peligrosas.

Varidene rompió la formalidad que normalmente regía sus encuentros con la comerciante de libros y telas, y la abrazó. Itya tardó un poco pero devolvió el abrazo con timidez.

—Espero que tengas razón, Itya, que podamos compartir unas noches de glario pronto, y que todo esto no sea más que un mal sueño.

Volvió a despedirse de su hija y la vio alejarse. Iba de la mano de la comerciante, pero no dejaba de mirar hacia atrás. De mirarla a los ojos.

Cuando escuchó la puerta, volvió al centro del grinine, levantó el cordón dorado y cantó de nuevo, con la voz entrecortada, la canción de Ambaké. Esta vez, cuando terminó, dio un tirón fuerte a la bola de madera, para llevarla a la palma de su mano, y la arrojó lejos, con furia.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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