La pieza diferente: cuarenta y tres

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El manojo se le cayó dos veces antes de conseguir encajar la llave en la cerradura. El sonido metálico rebotó en las paredes húmedas del sótano, donde la Casa Roja tenía entonces su única celda, unos escalones más abajo que la bodega. La oscuridad, a pesar de la lámpara de aceite que había llevado y apoyado en el piso, era casi completa.

—¿Quién? —preguntó Turog, con voz cansada, desde adentro.

—Yo —respondió Dedemie, mientras conseguía finalmente abrir. La pesada puerta de madera, que se movía con poca frecuencia, cedió apenas lo suficiente para dejarla pasar.

Levantó la lámpara del piso, e iluminó hacia adentro de la celda, fría y húmeda como la bodega que la albergaba. Su hermano, echado en un rincón, entrecerró los ojos ante la luz tenue que ella traía.

La única vez que había pasado una noche en esa celda había sido con él. En castigo por esconderse para presenciar, un verano, una sesión del Consejo de las Ihalim. Reunión a la que ella aún no tenía permiso de asistir, y en la que Turog no sería admitido nunca. Habían dormido abrazados para no tener frío, con algo de ropa como única almohada, sobre el suelo de tierra.

—Traje algo de pan, queso y una botellita de daghar. Este está especialmente bien.

Se descolgó el morral y se lo alcanzó a su hermano, que agradeció con un gesto. Se sentó a su lado, y dejó la lámpara en el suelo. Lo abrazó. Lo sintió helado. Él apoyó la cabeza en su hombro, y la rodeó con sus brazos.

—En qué embrollo nos metimos, hermanita. Supongo que a mamá todavía no se le fueron las ganas de mandarme a arar con las uñas en alguna finca.

—No, cree que, básicamente, sos responsable de que Faghad siga viva, y de que estemos por entrar en guerra con Lubacay en lugar de con Nales.

Turog la soltó, la miró y sonrió con la mitad de la boca.

—O sea que básicamente estoy acá abajo pagando por todos tus crímenes contra la Casa.

—Bueno, no, lo de pensar que Nígot Failim podía ser un buen mensajero es mérito tuyo, hay que decir. Mi esclavito mésparo, por muy poco prudente que fuera, no fue a soltarle el buche a Meba Qualim.

—A Nígot hay que ver cómo mandarlo bien a la vanguardia en la invasión. Si puede ser con un casco que tenga las correas cortadas y tienda a salirse tanto mejor —comentó él, y Dedemie rió—. Pero bueno, no se me escapa que viniste vos y no mamá o Kiana, y a traer pan con queso y daghar y no un mendrugo medio rancio y un poco de agua. O sea que aunque no se le haya pasado, alguna mejoría hay.

Turog pellizcó el pan, sacó una rebanada de queso y masticó ruidosamente.

—Logré tu libertad, Turog, no tengo que volver a cerrar esa puerta. Pero este es un buen lugar para hablar en privado, y quería que te enteraras de… las condiciones, digamos, por mí y no por Nuralia.

Él tragó y la miró con desconfianza.

—Condiciones.

—Bueno, las sugerencias de mamá Zuria fueron matarte, dejarte indefinidamente acá abajo o descastarte y venderte como esclavo. Y es tu madre, y tiene derecho a hacer cualquiera de las tres. Había que darle un buen motivo a Nuralia para que no le diera el gusto de elegir.

—Un buen motivo. Dedemie, al grano, ¿qué hiciste?

—No creas que me fue fácil. A mí probablemente me hiere más que a vos.

—Dedemie…

—Convencí a Nuralia de que en el contexto presente no nos convenía desairar a Faghad, que si estaba bajo aviso de los intentos de la casa Ihalim por deshacerse de ella, y encima ejecutábamos a su amante o lo metíamos sin más en una celda o un barco de esclavos, lo único que íbamos a conseguir era perder Golikti más rápido, y que nuestros mejores guerreros fueran enviados a morir como ganado en las peores posiciones en Lubacay. Que era más útil manipular la situación en provecho de la Casa y entregarte como hombre a Faghad.

Turog la miró en silencio. Con la luz que proyectaba la lámpara apoyada en el piso, su mirada quedaba en penumbra por la sombra de sus pómulos. Pero Dedemie podía sentir el filo de sus ojos fijos.

—No creas que estoy precisamente feliz con este desarrollo de los acontecimientos. Y si Faghad accedió fue porque se lo pedí yo. Y tuve que insistir bastante. No sé si voy a lograr que ella me lo perdone.

—¿Que ella te lo perdone? Dedemie, generás una guerra con Aorion y su gente, y acto seguido, para dejar tu secreto a salvo, me entregás como se entrega un caballo a tu amante para… No quiero pensar en ello. Y lo que te importa es que Faghad te lo perdone.

—Toda la situación es difícil, hago lo posible para…

—Dejame solo.

—Turog —intentó ponerle una mano en el hombro, pero él se la sacó, con un gesto rápido y violento—. No es para que…

Él tomó un largo trago de daghar y estrelló la botella contra la pared que tenía a su derecha. Dedemie pudo notar que se había hecho un tajo, con la cerámica rota, en la palma de la mano.

—Te pedí que me dejaras solo.

En silencio, ella se puso de pie, miró a su hermano otra vez, que la miraba con odio desde la penumbra, y salió, dejando la puerta entornada. Debió encontrar el camino a la escalera de la bodega a tientas.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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