La pieza diferente: cuarenta y siete

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La tarde de verano se estiraba en las habitaciones de Varidene Mnatesogran, inusualmente silenciosas desde la partida de Treda. Los glarios estaban fuera de sus fundas, pero Eridenz y ella se encontraban en silencio, él sentado en un almohadón en el suelo, y ella de pie en el umbral de la terraza, de espaldas a la luz de Amberó, que hacía brillar un halo rojizo en las hebras que escapaban a su cabello recogido. No hacía mucho rato que habían vuelto, él de revisar la defensa de la ciudad, ella de otra larga reunión con el Consejo de Guerra de Nablea.

Dilarion Arente entró sin tocar ni preguntar, con tres botellas de klazheara.

—Hubiera esperado un poco más de animación en el palacio, he de decir —saludó, mientras le entregaba una botella a Varidene y otra a Eridenz. Dio una caricia distraída a la mano del muchacho mientras se cerraba alrededor del pico de la botella, él la retiró con un poco más de prisa de la necesaria, y tuvo que estabilizar con la mano libre el envase para no derramar klazheara en el suelo—. Sinceramente espero que sepas sostener un arco y una espada con un poco más de estabilidad que una botella de klazheara, Eridenz Mnatesok.

Él no respondió, y en lugar de eso bebió, incómodo, un trago bien largo. Varidene rió.

—Dudo que las mabalayas lo traten con el mismo cariño que vos, Dilarion. Así que mi hermano va a estar bien, no te preocupes.

Dilarion rió. Eridenz no.

—¿Tuviste noticias de Treda?

—No, pero no las voy a tener, acordamos que lo más seguro era cortar lazos mientras dure la guerra.

—¿Adónde es que la habías mandado? ¿A Aubicai? No me lo dijiste.

—No se lo dije a nadie. Ni a él.

—Bueno, pero sería buena idea que Eridenz y yo sepamos. Si Delero ayuda, llegaremos todos a ver esta guerra desde el otro lado. Pero si, los Inwam se interpongan, llegás a faltar, vamos a querer encontrarla.

—Quien la cuida sabrá buscarlos.

—¿Y si no?

Varidene pensó un poco antes de responder.

—Planeaba decírselo a mamá.

—¿Y a nosotros no? —protestó Eridenz. Su hermana se sentó, y vació media botella de klazheara en silencio.

—Treda heredó el don. Lo noté hace poco, pero es bien claro, no heredó en vano los ojos de Sogar, la madre de todas nosotras. Las Iniciadas tienen que saberlo, y por las dudas tener una idea de dónde encontrarla, porque cabe la posibilidad de que no sepa usar tan espontáneamente su poder. Delero mediante, Treda será compañera de mi hermana del otro lado del sueño.

Dilarion se sentó al lado de su amiga, y le pasó una mano por el hombro.

—Tantos años cantando tu desdén por las Iniciadas… A la Madre de las Mareas le gusta la ironía, evidentemente.

—Tuve ocasión de pensarlo. Pero era una posibilidad, desde el inicio. Supuse que menor,  dado que la madre de los Inwam decidió pasarme por alto y nunca hemos estado del todo en buenos términos. Pero era una posibilidad al fin.

—De todas maneras, llegado el caso, me gustaría saber dónde buscar a Treda.

—A mí también —acotó Eridenz.

Varidene dio un sorbo nervioso a su klazheara, chasqueó la lengua y respondió:

—La envié con Itya Selam, ha de estar en camino a Bjurikti. La mandé a la pata derecha del nuj, para que la bestia no pueda morderla, digamos.

Eridenz movió lentamente la botella para ver el líquido formar remolinos a través de la boca ancha. Dilarion se inclinó hacia adelante para responder.

—¿Necesito decirte lo arriesgado que es eso?

—Menos que enviar a una niña noble a los caminos de Lubacay con una comitiva local en este momento, y muchísimo menos que hacerla permanecer en Baricai. Confío en Itya Selam, y en que si se encuentra con los ejércitos de la reina Keala nadie se fijará en una niña pequeña más en un contingente de comerciantes de Mabalaya. No podría decirse lo mismo en cualquier otro de los contextos.

Varidene y Eridenz volvieron al silencio en el que estaban antes de la llegada de su amiga, interrumpido sólo por el ocasional sonido líquido de la klazheara, hasta que tres golpes rápidos en la puerta interrumpieron.

—Adelante —invitó Varidene, sin preguntar.

El paso felino de Pradmer Righitz atravesó el umbral, y Varidene levantó por buen rato su botella de klazheara, hasta que sólo quedó un fondo del contenido. Cuando la bajó, también estaba allí su madre. Los dos saludaron apenas con una inclinación de cabeza, y se sentaron, Nablea con las manos pasadas sobre las rodillas, los muslos abiertos para dar lugar a su vientre ya prominente, y Pradmer cruzado de piernas, en una pose que a Varidene se le antojó exageradamente formal. Se preguntó si el muy joven padre de sus hermanos menores se comportaría así todo el tiempo, o sólo cuando ella andaba cerca, y vació lo poco que quedaba en su botella para ahuyentar el pensamiento. Cuando la bajó, sintió la mirada fija y seria de Dilarion clavada en sus ojos. Pero fingió no notarla.

—Está ocurriendo —dijo la reina—. Llegó una de mis badronas. Isidena está bajo ataque.

—¿La fuerza completa?

—No parece. Tropas de Bjurikti y algún refuerzo de Golikti, según me informan.

—Pero la ciudad está mal guarnecida. No tardará en caer igual.

Pradmer distendió la pose, y se abrazó las rodillas.

—No —admitió Nablea.

—No reiteraré mi opinión al respecto, madre.

—Ni yo la mía. No hace falta.

—Lo que me haría falta a mí —intervino Pradmer—es un poco de lo que sea que estén tomando.

—Klazheara, muy liviana para la situación —respondió Varidene—. Y acabo de terminar la mía, no sería mala idea conseguir algo más. Figheara de miel, podría ser. ¿Harías ese favor, Dilarion?

Su amiga se puso de pie, y Pradmer se ofreció con un gesto a acompañarla. Varidene soltó los hombros al verlos salir.

—Bansena ya fue evacuada, ¿verdad?

—Sí, podemos esperar que esa gente llegue a Baricai mañana o, a más tardar, al amanecer de pasado mañana. Venía a otorgarte la licencia que pediste para intentar interceptar la avanzada mabalaya en Bansena. Pero hablamos de un poblado muy pequeño, la única muralla que tiene está hecha de unas pocas maderas para mantener fuera a los nujes por la noche.

—Tendrán que servir para estos otros nujes también. Al menos, para demorarlos un poco.

Nablea apretó los labios, y se pasó una mano por el vientre.

—No tardará mucho más en llegar tu hermana. Apenas un par de días.

—¿Sabemos cómo se llamará?

—Todavía mi guía ancestral no me lo ha dicho. Sigue insistiendo en que me lo dirá cuando llegue el momento. Por cierto, anoche soñé con tu Treda —comentó la reina.

—De eso tenía que hablarte —admitió Varidene—. Pero primero lo primero, ¿cómo está?

—Entonces ya sabés que la encontré del otro lado del sueño, ¿verdad?

Varidene asintió.

—Lo noté hace poco. Hubiera preferido decírtelo yo. Todo, lo de su partida también. Eridenz es testigo.

Él asintió en silencio, para puntuar la afirmación de su hermana.

—Me contó ella, a su modo, no te preocupes. No tiene guía aún, y supo encontrarme sola, es notable su don. En fin, no es lo que yo hubiera hecho, Varidene. Pero de alguna manera, si creemos lo que muestran los Inwam, hiciste alguna de las muchas formas de lo correcto.

Dilarion y Pradmer volvieron con cuatro botellas de figheara, y una de té de efreda frío para Nablea. El último resto de luz fue escurriéndose tras las colinas, mientras bajaba, no tan lento, el líquido de las botellas.



El ruido discreto del sueño de Pradmer, el cuerpo boca abajo y la cabeza de costado. Bajo la luz suave de Anaé parecía, pensó la reina, tanto más joven dormido, por una vez relajado, que durante el tránsito de Amberó. Sentada a su lado, siguió con la mano la forma de sus omóplatos, a poca distancia de la piel pero sin tocarlo, y le corrió un mechón de cabello que le caía sobre la nariz y parecía hacerlo resoplar. Recordó la primera vez que lo había visto, en casa de su madre Amnia Righite en Isidena, jugando al gars con sus hermanas y con Eridenz y Varidene, sobre una tabla tendida en la hierba del amplio jardín.

Había sido Ilena, la menor de las Righite (que tenía, según Nablea podía recordar, la edad de Varidene) la que había enviado la badrona con las noticias de que la ciudad estaba bajo sitio. Cabía la posibilidad de que no sobreviviera al ataque.

Era probable que el jardín tampoco.

Ahuyentó la imagen de la hierba pisoteada por los clavos y las puntas metálicas del calzado de combate de la guardia de Bjurikti, y volvió a aquella tarde, a la risa luminosa de Pradmer, que iba perdiendo en el juego. Revivió el arrebato y la certeza. Se había sentido un poco avergonzada, también: como Iniciada y como Reina tenía esa prerrogativa, pero el muchacho no dejaba de tener apenas cinco años más que sus hijos. Y no se le habían escapado los ojos con que lo miraba Varidene. Pero la certeza estaba ahí. De todas maneras, para estar doblemente segura, había hecho esa misma noche el rito para llamar a Ilduka, su Guía, y le había pedido que la dejara ver en el fuego de Delero, del otro lado del sueño. La Bienaventurada había accedido, y la confirmación había sido clara. Así que lo había pedido al día siguiente para sí, ante el rostro incrédulo de Amnia Righite su madre, que por buen rato había creído que la reina les gastaba una broma de mal gusto.

Había necesitado darle mucho de beber al pobre muchacho para conseguir que le perdiera el miedo la primera noche. Y rara vez había vuelto a verlo reír con la soltura de aquella tarde en un jardín de Isidena.

Su hija se movió en su vientre. Faltaba poco ya. Delero nunca había fallado en cumplir lo que le había prometido del otro lado del sueño.

Pero sobre esta guerra no había recibido promesas de la diosa.

Se ayudó con los codos para centrar su cuerpo en la cama, acomodó un poco su almohada y cerró los ojos. Buscó con la mano el calor del cuerpo de su compañero, y se sumergió en las aguas inquietas del sueño.



Del otro lado la esperaba Ilduka, los pies sumergidos en el vaivén de la marea, frente a la puerta ancha, abierta de par en par, de la torre. Anaé brillaba creciente en la sombra de los picos más altos de Ninie, a lo lejos, y empezaba a asomar Aleó, apenas unos finos cuernos cerca del horizonte, que parecían posados sobre la cabeza de su guía ancestral.

Ilduka no sonreía. Le indicó con un movimiento de cabeza que debía seguirla, y la hizo entrar, pasar el amplio salón de columnas azules, tomar la escalera de mármol y subir a la torre.

Pero por los ventanales redondos no se veía el mar esta vez: Aleó y Anaé brillaban llenas en el cielo, y se veía a Baricai como era posible verla desde la torre del antiguo palacio. La ciudad no dormía: quienes no estaban ocupados en reforzar el muro con piedras quitadas a un sector del palacio, tenían demasiado de lo que lamentarse para dormir.

—Mala cualidad en una iniciada la soberbia —dijo Ilduka—. Hay que saber escuchar a quienes no tienen el don, Nablea Mnatesogran. Delero a veces también se expresa por las bocas de quienes no pisan esta torre. Ahora la única esperanza que queda es encontrar la semilla de traición dentro de tus propios muros, antes de que la germinen la desesperación y el amor de un torpe hombre.

La reina pensó en Varidene, y supo que, esta vez, su hija había tenido razón. Pero ya era demasiado tarde para remediar eso. Se llevó instintivamente una mano al vientre, y lo sintió vacío. Se dio la vuelta. Ilduka traía a la que supo su niña en sus brazos.

 —Nujurduk, tristes tus ojos que lo primero que han de ver al abrirse es la guerra [1]. 


  
* 

[1] Por “nujur uduke”, “ojos tristes”. La expresión también puede traducirse como “ojos de nuj” (N. de la T.)

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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