La pieza diferente: cuarenta y seis

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En un rincón de la sala de trabajo de la reina, Gava la Niña Eterna se entretenía, echada en el suelo, con varios trozos de papel de descarte y una barra de carbón, trazando figuras de pájaros. Buscaba con cuidado la forma del ojo de una trifánida, y remataba con esmero la pupila vertical del ave nocturna, mientras sus hermanas se ocupaban como siempre en asuntos de armas y en no prestarle atención. Había tenido que insistir, pero le habían permitido permanecer ahí. Sólo la habían conminado a guardar silencio y secreto, dos cosas a las que Gava ya estaba demasiado acostumbrada. Hablaban de la guerra, como todos los demás afuera, pero por algún motivo Keala y Faghad parecían suponer que lo que se dicen una reina y su consejera es más digno del manto silencioso de Ambaké, aunque hablen de lo mismo que todas las demás.

—Creo que conviene, por el momento —sugería Faghad—que vos marches y que yo me quede a esperar a las Zaelim. De permanecer en la capital, cabe la posibilidad de que Ildei desconozca el inicio de la guerra o tu participación en ella. Pero alguien debería estar aquí para recibirla.

—¿No estarás haciendo esto para permanecer con Turog y recibir a tu padre, no?

—Es meramente práctico. Estarás mucho más expuesta en Bjurikti que en el camino a Isidena con las Qualim y las Ihalim. Además, seguramente no podré hacer nada por papá, que hay que ver si quiere siquiera hablarme. Y supongo que Turog deberá marchar al frente de los hombres de las Ihalim, de cualquier modo.

Keala la miró extrañada, y sirvió una copa de daghar fresco para cada una antes de responderle.

—Debo decir que en ocasiones me cuesta creer que le tengas algún cariño al pobre muchacho. ¿Marchar con las Ihalim? No sería ni siquiera seguro.

—Es, sin embargo, quien está en condiciones. Nuralia tiene las agallas necesarias y experiencia de combate, pero está demasiado anciana. Zuria no tomaría el riesgo. Y Desfret… Bueno, seguramente marchará, pero convengamos que, como a Riorrem, mamá lo acostumbró a una vida de placeres y comodidades. No van a enviarlo solo al frente de las filas de una de las Cuatro.

—No, no no, Turog se queda. Más aún si permanecerás en Bjurikti casi a solas con Zuria Ihalim. Si no por él, deberías pensarlo por vos: conoce bien a su madre y a Zuria le costará más intentar nada, estando él cerca para prevenirte. Además ya Nuralia designó a Dedemie Ihalim como su representante en el campo de batalla.

Faghad dejó la copa de daghar en la mesa con un ruido húmedo. Gava no necesitó levantar la vista de las plumas de su trifánida para saber que el líquido se había volcado. Después la que no tenía modales, la torpe, era ella. Si todas sus barras de carbón estaban en perfecto orden, y su copa de cobre, apoyada sobre su dibujo anterior, no había derramado una gota.

—¿A Dedemie? ¡Pero es heredera de una de las Cuatro! No se supone que entre en un conflicto bélico.

—No sin una dispensa real, claro, pero la solicitó esta mañana y no vi motivo para negársela. En el peor de los casos, mi tía tiene una hija menor, tampoco es que haya riesgo de un conflicto sucesorio grave si algo llegara a pasarle.

Gava, desde su rincón, levantó los ojos del trazo de un ala, se corrió el cabello rubio de los ojos y se lo echó detrás de la oreja. Faghad miraba, pensó, con los ojos nerviosos de un nuj que muestra sumisión, pero está por morder a su entrenadora. Pero las entrenadoras, reflexionó, pese a que viven entre los pelajes brillantes de los nujes, cubiertas de su olor, no saben mirar. Y siempre terminan mordidas. Y demasiados conflictos veía pasar entre gente que no sabe ver. O morder a tiempo.

—Entiendo. No concuerdo, y te hubiera aconsejado diferente de haberlo hablado antes. Nuralia ya empieza a atardecer, y Kiana Ihalim ¿qué edad tiene? ¿Diez primaveras? ¿Once? En todo caso, es apenas una niña. Si algo llegara a pasarle a Dedemie, que por lo que sé de ella no pareciera ser la guerrera más prudente de su casa, y Nuralia llegara a enfermar, cosa posible a sus años, podríamos vernos en la situación de tener la casa Ihalim una década bajo la regencia de Zuria. O peor aún, Nuralia podría acceder a hacerla finalmente heredera.

—Estamos hablando de un caso improbable, hermana. Y no creo que tan grave, después de todo.

Faghad se sonó los nudillos y cambió de tema, pasó a revisar una larga lista de tropas y de armamento. Pero Gava tenía, siempre había tenido, problemas para seguir las sutilezas de las historias de guerra. Ella prefería los pájaros.


Los dedos largos de Turog en los de Faghad, sentada en su regazo, por la mañana.


El cuchillo se hendió en la madera y dejó ir una astilla al suelo, a confundirse con las demás.


El sonido del glario que se resistía a armonizar, pese a las bandas que había agregado su hermano para facilitar la tarea.


Probó con el dedo la punta de la flecha, recortó mejor las plumas con una tijera, y la dejó en su carcaj.


La risa tímida de Faghad, y la de Turog que la acompañaba, mientras le daba unos golpecitos suaves a la caja con su mano todavía vendada.


Tomó otra vara del montón. Clavó el cuchillo de costado en la punta. Le aplicó demasiada fuerza, y la vara se quebró. Dedemie resopló, y echó la vara rota con el montón de aserrín. Levantó otra.


La propuesta original de Nuralia en el consejo de las Ihalim había sido enviar a Desfret al frente de las tropas. Zuria se había opuesto. “Isidena es blanco fácil”, había repuesto su tía, “pero es cierto que no vendría mal la mano de una mujer al frente de un eventual avance sobre Baricai, y me encantaría poder contar con tu ayuda en ese puesto, Zuria”.


No, la vara describía una pequeña comba. Casi imperceptible, pero suficiente para no servir.


Zuria, obviamente, la había propuesto a ella. Pero Nuralia se había negado. La decisión, finalmente, había recaído en Dedemie.


Talló, esta vez con cuidado, el culatín, ensambló las plumas.

Hubiera querido discutirlo con Turog y Faghad. Pero esa mañana Ariana Gulim la había dejado pasar, por primera vez, sin hacer preguntas, y los había encontrado demasiado ocupados.


Desquitó su energía sobre la punta, con cuchilladas cortas y fuertes.


Dedemie ni siquiera sabía que Faghad podía llegar a tener un glario. Una de muchas cosas que no habían tenido tiempo de decirse.


Probó la punta y se cortó el dedo. Se llevó la mano a la boca, mientras observaba la labor terminada, antes de echarla al carcaj. Brun Veeklim, uno de los sobrinos de Griena, se sentó en la otra punta del banco. Se saludaron con una inclinación de cabeza. Tomaron al mismo tiempo varas del montón, y el ruido rítmico de los cuchillos cortó el aire caliente del taller, cargado del olor dulzón de la madera.


Había vuelto a la Casa Roja con el permiso de la Reina para marchar. Y ahora, mientras llenaba sus flechas, llegó a la conclusión de que lo mejor era no despedirse.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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