La pieza diferente: cuarenta y ocho

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El Consejo de las Iniciadas, del otro lado del sueño, había sido cualquier cosa menos tranquilizador. “Hay que buscar la semilla de traición dentro de nuestros muros”, había dicho la reina, pero por algún motivo Delero se había negado a descubrirla.

Una de las conclusiones a las que habían arribado las Iniciadas era la de la conveniencia de enviar a Aubicai a los hijos de las descendientes de las Mnatesogran que eran, todavía, demasiado jóvenes para luchar, para preservar la sangre y el futuro del Consejo. Kortuka se había opuesto: el camino a Aubicai le parecía tanto más peligroso que el interior de la ciudad amurallada. No podía soportar la idea de enviar a su Arainé a la suerte incierta de un largo viaje durante una guerra, en lugar de mantenerla donde podía estar para protegerla. “Está escrito que tu hija permanezca en Baricai, Kortuka Agarien im Ámniane”, había cortado la discusión Inurion Mnatesogran. Nadie más había objetado.

Pero Kortuka, a partir de eso, había llegado a dudar.

Sentada sobre un arcón, al lado de la cama de Arainé, la miró dormir, con un brazo sobre los ojos y una sábana de lienzo hasta la cintura. Que de las Doce Iniciadas pesara sobre su niña una profecía de la vieja Inurion Mnatesogran no podía dejarla tranquila. Menos en el contexto presente. Pero la decisión ya estaba tomada.

Se puso de pie, cuidando de no hacer ruido, y se acostó en su cama, en la habitación de al lado. Dejó abierta la puerta.



—Entiendo que te inquietó mi hermana Inurion —la recibió la reina Segan, del otro lado del sueño—. Tiene esa capacidad, siempre la tuvo.

Le indicó nuevamente que la siguiera por el largo corredor de los Inwam, abrió una de las puertas de la izquierda, y la dejó pasar.

Como en su sueño anterior, al cruzar el umbral la puerta desapareció, y con ella su Guía la reina Segan. Por unos momentos miró los escombros cubiertos de musgo y maleza, sin comprender. Sin embargo, tras orientarse mediante las colinas a su alrededor, con un escalofrío, Kortuka reconoció, en las ruinas que transitaba, el palacio de Baricai. La acompañaban dos muchachas con el cabello lacio y rojizo de las Mnatesogran: una de ellas, delgada y ágil, pasaba sin problemas sobre los escombros, tras los pasos del muchacho alto y delgado que las guiaba. La otra, algo más baja y bastante regordeta, tenía evidente dificultad para seguirles el ritmo.

Pensó que las dos muchachas parecían hermanas. O por lo menos parientes cercanas.

El muchacho alto se dio vuelta para comprobar que todavía lo seguían, y al ver su rostro Kortuka percibió, a la vez, algo muy familiar en sus rasgos, y una sensación de pesada desconfianza.

—Beran, más despacio, por favor, que me voy a caer muerta si seguimos así—pidió con un hilo de voz la que llevaba el paso menos ligero.

—No serías la primera —se burló él, con un muy ligero acento mabalayo, y Kortuka lo odió un poco por ambas cosas, lo dicho y la falla en su lubacó—. No falta mucho, igual, casi llegamos ahí. ¿Están seguras de que quieren ver esto?

—Es el modo —se escuchó decir Kortuka.

—¿Cómo podés estar tan segura? No es que hayas convocado al Consejo de las Iniciadas antes, tampoco —acotó la jovencita delgada.

—Pero el lugar es relevante —explicó Kortuka—. No puede ser cualquier sitio, tiene que ser uno que haya sido antes consagrado a los misterios de Delero. Todo este palacio lo estuvo, alguna vez. Todavía lo está. Es sólo cuestión de encontrar refugio, porque seremos vulnerables mientras tanto. Nuestros cuerpos quedarán de este lado.

—Y queda un único lugar cerrado en pie —añadió el muchacho al que habían llamado Beran—si es que no tienen problemas con ir bajo tierra.

Kortuka sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Tiene que haber otro sitio.

—Me temo que no, Kortuka Agarien.

Ella reprimió la angustia, que le sobrevenía sin saber por qué, y lo siguió.

Eventualmente llegaron a lo que, a juzgar por los mosaicos del piso, era el salón de reuniones de las Mnatesogran. Beran corrió con cuidado el polvo del dibujo del rostro de Amberó, y hundió un dedo sobre una pieza ligeramente diferente, en uno de los vértices que representaban los rayos de luz de la diosa. La pieza cedió hacia abajo, y haciendo un poco de fuerza el muchacho consiguió abrir una compuerta, por la que se veía bajar una escalera. Kortuka sintió temblar su cuerpo hasta casi hacerla perder el equilibrio, sin saber por qué. La muchacha regordeta la abrazó.

—No será mucho tiempo.

—No es seguro.

—Un rato nada más. Beran cuidará acá afuera.

Eso tampoco tuvo exactamente la capacidad de tranquilizarla. Pero cuando la muchacha espigada encendió su lámpara y descendió decididamente por las escaleras, y la regordeta le dio la mano para infundirle valor, Kortuka tomó aire y bajó.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pudo adivinar algo del espacio en el que acababan de adentrarse. Allí abajo, por lo que llegaban a iluminar la luz que entraba a través de la compuerta y la débil llama de la lámpara, la sala era, también, inmensa, y debía ocupar buena parte del espacio del salón. Olía a mugre y humedad. A viejo, prolongado encierro.

—Gukduk-hé pasó por aquí antes —acotó la joven que la traía de la mano, en voz baja, y se sacudió con un escalofrío—puedo sentirlo en el aire. Kortuka, ¿creés que servirá de todas maneras para convocar al Consejo? Este espacio fue profanado.

—Lo que se consagra a Delero no se profana con sangre. Ni siquiera con la sangre de las Iniciadas. La huella de la madre de los Inwam es imborrable. Tiene que servir.

Beran cerró con cuidado la puerta, arriba, y dejó una rendija abierta con una piedra para que corriera algo de aire.

—El problema es que, aunque tengamos el don, ninguna de nosotras tres conoce el rito.

Kortuka la miró con extrañeza, a la luz débil de la lámpara. Como Iniciada, por supuesto que conocía las palabras y los gestos, por más que convocar un Consejo de las Doce no fuera su tarea habitual. Se sintió como quien se sacude de un ensueño, y vuelve a ser dueña de sus propios pasos.

—Por supuesto que sé llamar a las Doce. Pero será mejor que me acompañen, el llamado de tres es más fuerte que el de una. Repitan lo que yo digo, y hagan lo que yo hago.

Kortuka le indicó a la muchacha esbelta que dejara la lámpara a cierta distancia en el suelo,  recitó las palabras y marcó los signos del aire, la piedra y el agua, que forman el mar. Pero cuando las tres se desplomaron sobre el piso duro del sótano, en lugar de verse en la orilla que lleva a la cueva en que se hace normalmente el consejo, se vio nuevamente en el corredor de los Inwam.

—Madre Segan, hoy tampoco pude entender —protestó Kortuka, visiblemente enojada—y, verás, la situación es un tanto ajustada para perder el tiempo con enigmas. Preferiría que me ayudaras a salvar a mi hija, en lugar de continuar mostrándome escenas absurdas cada vez que nos encontramos de este lado.

La reina Segan, su Guía, apretó los labios antes de responder. Kortuka vio un destello de furia en sus ojos. Pero cuando finalmente habló, lo hizo con calma.

—Algún día, tu hija Arainé necesitará con desesperación que tengas este sueño. Y ella sí lo va a entender y agradecer. Ahora, descendiente ingrata de la sangre de mi madre Amnia Mnatesogran, te toca despertar, y desbrozar de ortigas tu propio jardín. Si es que todavía sabés verlas cuando crecen debajo de tus narices.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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