La pieza diferente: cuarenta y nueve

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El campo de tiro improvisado en el jardín de Inna Arente tenía todos los puestos ocupados. A un lado, Kortuka Agarien, que era quien las había llevado, ensartaba en silencio, con mirada atenta y peligrosa, flecha tras flecha, una sobre otra en el centro del blanco. Mascullaba una maldición entre dientes cuando la punta se clavaba apenas un dedo más arriba o al costado. Aorion intentaba no mirarla hacer: algo en el cuerpo tenso y la puntería infalible de su amiga la hacía sentirse incómoda, y le traía un regusto metálico a la boca. Prefería cada tanto volverse a su izquierda, donde Dala Emante, evidentemente entusiasmada por la perspectiva de volver a un entrenamiento que le era tanto más propio que el de las letras, disparaba con pericia más humana al área central de la diana, que colgaba contra la muralla del fondo, sin parar de hablar por más tiempo que el breve momento que le demandaba la maniobra de enganchar la flecha en el arco, tensarlo y apuntar.

En toda la mañana Aorion, que hacía muchos años que no sostenía un arco entre manos, sólo había conseguido clavar dos flechas propiamente en el blanco. Las demás habían golpeado las piedras de la pared, se habían clavado en la tabla de la que pendían los objetivos, o habían caído a mitad de camino. Cuando había conseguido por lo menos manejar la tensión para que las flechas llegaran sistemáticamente al otro lado del jardín, había clavado una flecha en el borde del blanco de al lado, aquel al que apuntaba su amiga Kortuka, que sin dejar de tirar la había reprendido:

—Esa es exactamente la diferencia entre matar al enemigo y a uno de los nuestros, Aorion. No nos queda mucho tiempo para continuar con estas prácticas, deberías concentrarte más. Un hombre entrenado de Mabalaya no se va a quedar tan quieto como tu blanco, además.

Mientras tensaba la cuerda, Aorion pensó nuevamente en el paso ágil y los brazos firmes de Turog. Y volvió a fallar.

—Es que estás sosteniéndolo mal, Aorion —sugurió Dala—. Fijate, perdés bastante firmeza, y con ella la puntería.

Dala apoyó su arco en el suelo y se acercó para corregirle la posición. Le corrió los brazos con algo de cuidado, y se puso detrás para ayudarla a apuntar. Esta vez, la flecha al menos se clavó en el saco de arpillera relleno de lana que oficiaba de blanco.

—¿Ves? Es una cuestión de técnica, nada más. Esto me lo enseñaron cuando tenía siete u ocho primaveras, no es tan complicado.

—Sí, claro —replicó Aorion, mientras Dala volvía a su puesto y ella erraba una de las últimas flechas que le quedaban.

—Lo difícil es lo que está haciendo Kortuka, no sabía que tirara tan bien, una tiende a pensar que las Iniciadas no se encargan de nimiedades como aprender a ensartar cosas desde lejos. Aparte, sin ánimo de ofender, Kortuka, tampoco aparentás el físico de alguien que haya entrenado demasiado que digamos.

—Gracias, Dala. Supongo que algo de razón tendrás. Pero no —y volvió a quebrar la última flecha que quedaba entera en el centro de su blanco con la siguiente—, no puede decirse que saber disparar bien una flecha sea una nimiedad en este contexto. Tengo una hija que proteger.

—Creía que Arainé había partido esta mañana, con mi hermanita Lasda, el príncipe Mablik y los otros niños, en camino a Aubicai.

—Entiendo perfectamente la elección de Neria tu madre y Bibena tu tía, pero confío más en la muralla y en mis flechas que en el largo camino al norte, Dala.

—Mamá hubiese querido que yo también partiera —comentó la joven aprendiz de escriba, esta vez para Aorion—. A veces olvida que ya no podré cabalgar una larga jornada, blandir una espada demasiado pesada o cubrirme con el peso del metal, pero todavía puedo ponerme una cota, disparar una flecha o dos y dar en el blanco.

A Aorion le dolían los brazos y las piernas, y se sentía languidecer de hambre. Y estaba volviéndole el mareo que, por la mañana, parecía haberla dejado en paz. Sintió que las rodillas no la sostenían, y bajó el arco. Dala volvió a detenerse, y la miró preocupada.

—Kortuka, me parece que mejor llevo adentro a Aorion, que con todo y su mala puntería es preferible entera.

—Creo que bien podemos terminar por hoy. Tampoco queremos dañar más flechas de las que podemos reponer. Y no querremos abusar de la hospitalidad de Inna Arente.

Dejaron el lugar a otros hijos y sobrinos menores de la dueña de casa, y partieron, Kortuka por una parte, a ver a su Arainé, y Aorion y Dala por otra, hacia el scriptorium.

—Es que te ponés muy tensa. O sea, hace falta tensión, claro, pero en el arco, no en una. Es lo que te decía más temprano —continuaba explicando Dala. Aorion la dejó seguir ensartando su collar interminable de palabras y continuó asintiendo sin escuchar.

Cuando finalmente llegaron a su lugar de trabajo, no encontraron mucho que hacer: no restaba más que ordenar los libros olvidados sobre las mesas, y verificar que los cuernos de tinta estuviesen correctamente tapados. Siliana había salido junto con otras ancianas de Baricai en el contingente rumbo a Aubicai. Había partido en un fop con algunos manuscritos que, a juicio de ella y de las Iniciadas, no debían correr el riesgo de perderse, y había dejado la biblioteca en relativo desorden. Y todas las demás estaban ocupándose de otras tareas en la ciudad. A falta de manos, la tarde calurosa se estiraba interminable bajo los ventanales para Dala y Aorion, las únicas que permanecían allí a la espera de nuevas directivas que nadie parecía necesitar darles.

Cuando ya todo estuvo en su lugar, sólo les quedó echar unas hojas de efreda y volcar agua de uno de los cántaros en un hornillo de cobre, encender con cuidado el brasero, preparar un té y sentarse a tomarlo en la paz del mesón vacío.

—¿Puedo preguntarte algo, Aorion? —inquirió Dala, después del primer sorbo, tras pasar buena parte del rato que les había llevado ordenar los libros narrándole, sin parar, con lujo de detalle, sus años de entrenamiento en Aubicai. Aorion asintió, cansada—. Noto que no estás igual que siempre. O sea, no quiero decir que estés desmejorada, pero… Bueno, en realidad sí, me doy cuenta de que no traés tu energía de costumbre. No es que siempre seas tremendamente enérgica… Bueno, tampoco quiero decir que te considere pusilánime, no, ni mucho menos. En fin, que noto que perdiste algo de color, y que parecés estar un poco más taciturna estos días.

—¿Y con eso qué? —respondió Aorion, alerta—. Estar a las puertas de un sitio nos tiene los nervios de punta a todas, Dala. A vos, bueno, te da por el otro lado, y parece que no podés dejar de hablar.

Dala removió su cuenco en silencio, incómoda. Abrió la boca varias veces sin decir palabra antes de decidirse a decirlo:

—Siliana y yo lo notamos, Aorion. Lo de que volviste de Mabalaya con algo más que manuscritos. Quiero decir, con algo más en el vientre. O sea, que dejaste algo más que un escritorio del otro lado de la frontera. Y debe ser horrible en estas circunstancias. Es decir, imagino que por algo habrás decidido pasar igual por esta circunstancia, ¿o es que necesitás conseguir semillas de nerena? Está bien, no me mires así, no dije nada. Era una posibilidad, tal vez había sido accidental, no te veo en esos descuidos pero una nunca sabe. En fin. Por algo será. Y si necesitaras hablar de ello…

—Prefiero que no, Dala.

—Si llegaras a necesitar hablarlo, de todas maneras, aquí estoy.

—Gracias.

Dala tomó un trago más de té, y agregó:

—Lo mismo, si quisieras puedo escribirle a mi madre, para que te reciba en Aubicai. No hace falta que pases un embarazo bajo sitio, Aorion.

Aorion recordó el último mensaje de Turog, y apretó las mandíbulas. Jugueteó un poco con su cuenco. De afuera llegaba el sonido de una falange de la guardia que cambiaba de puesto.

—Si Neria sabe de esto, va a decírselo a la reina. Y bajo las circunstancias, lo más probable es que me sugiera las mismas semillas de nerena que sugeriste antes. Llegado el caso de que no, igual no sé si toleraría demasiado bien una cabalgata hasta Aubicai. Que, aparte, nada garantiza, como dijo Kortuka más temprano, que no sea más riesgosa que permanecer intramuros. Gracias, Dala, pero bajo las circunstancias, creo que será mejor dejar todo como está. Y que aprenda a manejar mejor ese arco mañana.

La joven Dala la tomó del brazo y le sonrió.

—Bueno, veámoslo así: un motivo más para que me prestes algo de atención con los consejos de arquería.

—Gracias, de nuevo —dijo, y trató de forzar una sonrisa.

—Ahora, aprovechando que estamos solas, bien guardado que te lo tenías, eh.

—Bueno, es algo privado, y muy por fuera de mis atribuciones, verás. La Reina pidió más o menos explícitamente que me involucrara poco en Mabalaya, además.

—Lo importante, ¿valió la pena?

Aorion corrió su cuenco, ya vacío, y dejó caer el mentón en sus brazos cruzados, curvada sobre la mesa.

—Dadas las circunstancias, no sé. Podrían haberme enviado, no sé, a Mesparia, a Darderia, a cualquier otro lado, ¿no? De todas las lenguas que hablo…

—Hay que suponer que no, entonces. O sea, si hubieras preferido no conocerlo…

Dala arqueó las cejas y levantó su cuenco de té de efreda que, por hablar más y beber menos, le había quedado lleno.

—Sé que suena ridículo, materia para el glario de las malas juglaresas, pero creo que llegué a enamorarme. De todos los hombres de los ocho reinos, justo tuve que ir a enredarme con… En fin.

—A todo esto, ¿cómo se llama el muchacho en cuestión?

Aorion dudó. Pero decidió, finalmente, que dejar fluir la pena por sus labios era mejor que envenenarse por dentro. Y Dala Emante se había quedado demasiado sola en Baricai como para siquiera tener a quién comentarlo.

—¿Puedo confiar en tu completa discreción?

—Como en el silencio de Inúmare —dijo Dala, luego de terminar de un solo trago lo que le quedaba de té. Se inclinó hacia adelante.

—Turog, de la casa Ihalim.

—Ihalim... ¿Una de las Cuatro Familias, verdad?

Aorion asintió, y su compañera emitió un silbido bajito, como único comentario.

—Y hermoso como venido de la morada del río. Pero ahora le pertenece a otra mujer. Muchísimo más poderosa que yo. A la que, además, su gente no le está haciendo la guerra. En fin, que ya lo perdí, si es que alguna vez lo tuve. Me queda, si así lo quiere la gracia de Guria, la que hace florecer los campos, al menos esto —y se llevó una mano al vientre, que todavía no llegaba a delatar su estado bajo la briada amplia.

Dala le dedicó una mirada de conmisceración, y con un gesto le ofreció preparar algo más de té. Aorion asintió. El segundo cuenco lo bebieron en silencio.

Se despidieron luego, por primera vez, con un abrazo, hasta el entrenamiento del día siguiente.



Al llegar a su habitación, cuando Amberó ya prolongaba las sombras sobre la ciudad, Aorion notó que la badrona estaba de regreso, y la esperaba posada sobre su mesa de escritura. Le sirvió semillas de un frasco, desató la serga y la abrió, con dedos nerviosos que se trababan en la llave diminuta.

Esta vez, el papel traía la caligrafía recta y estudiada de la Consejera Faghad, prolijamente apretada para aprovechar al máximo el breve espacio que le concedía un mensaje para badronas. El texto estaba escrito en impecable lubacó.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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