La pieza diferente: cuarenta y dos

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La mesa de escritura era la peor que Riorrem había usado en toda su vida de comodidades palaciegas: improvisada sobre un caballete de campaña, inestable, y con pocas zonas lisas que permitieran trazar algo parecido a letras. La tinta, para más, estaba mal mezclada y un poco aguada, y hacía necesario recargar pigmento en el fondo. Pero tenía lo mínimo indispensable para escribir su mensaje. Inclusive una badrona, que lo miraba con ojos vacuos desde la jaula. Un ave deslucida, vieja, de un color parduzco indefinible, muy distinta de los pájaros galantes que acostumbraban usar las Cuatro Familias. Una de las que, a falta de especialización y mejor entrenamiento, precisan que se les coloque un anillo de un peso determinado en el pie para saber a cuál de sus muchos destinos usuales dirigir su vuelo lento. Un ave que nadie iba a echar en falta, todo lo que los pocos amigos que le quedaban en Nales habían podido conseguirle sin levantar demasiadas sospechas de las matriarcas, arriesgando una represalia difusa de Ildei. Aunque era probable que su madre contara con que él pusiera al tanto a Faghad.

Se detuvo largo rato frente a la banda de papel fino que tenía para escribir. Era bastante grande, pero no lo suficiente para volcar completa su consternación. De todos modos, pensó, debía bastarle para intentar al menos exigir algunas explicaciones.

“¿Querida Faghad?” “¿Hija?” Volvió a mirar a su badrona. Podía más o menos confiar en que eventualmente llegaría al Bjuriktalie. Pero con toda probabilidad no iba a dirigir el mensaje a la Consejera. Iría directo a las Maestras de Badronas, con los montones de mensajes que entraban al palacio de Bjurikti desde toda Mabalaya. Y no tenía serga esta vez, ese lujo de los hijos de altas nobles y ricas comerciantes, así que llegaría abierto. Probablemente pasaría por varias manos, incluidas las de la reina Keala, antes de llegarle a ella. “Mensaje para Faghad de las Sulim, Consejera real”, terminó por escribir.



Fue la reina en persona quien llevó el mensaje a su hermana. Cuando Faghad la vio entrar sin llamar, con el papel desenrollado en la mano, la miró sin comprender.

—Mensaje de Nales —explicó Keala. Y se apresuró a aclarar—Riorrem está vivo, es suyo el escrito.

—Vivo, pero sin sus badronas.

—Así parece. Vino en un ave de las que usan las Zaelim menores para los mensajes comerciales, de esas entrenadas con anillos de bronce.

—¿Está bien?

Keala inspiró fuerte, y le alcanzó el mensaje. Se sentaron ambas en el piso, en almohadones, con las espaldas contra el muro.

—Algo así —dijo Keala, mientras su hermana alisaba el mensaje sobre el suelo para leerlo—. Entenderás que me cuesta sentir especial empatía con tu padre, pero hay que reconocer que el estado de cosas es… un tanto complicado.



Considerando la posible situación de lectura, Riorrem también contuvo su impulso inicial de dar su completa opinión sobre la estrategia (suponía que tramada por Keala de las Sulim) de iniciar una invasión que claramente estaba diseñada para mantener largo tiempo a Mabalaya en estado de emergencia externa, y horadar así las posibilidades de un levantamiento de las Zaelim.

“Conocí tu decisión, y la respuesta de tu ilustre hermana, de la peor forma posible: al llegar a Nales. Guardo en el brazo la cicatriz de lanza de la Guardia de mi madre para recordarme mi error”

Iba a agregar “de confiar en vos y en tu discreción”, pero prefirió omitirlo. Ella sabría leerlo en la ambigüedad.



—No te culpes, Faghad, hiciste lo que pudiste.

—Podría haber intentado avisarle antes de que llegara a Nales, en eso tiene razón. Lo hubiese hecho volver.

—¿Creés honestamente que después de que te decidiste por Bjurikti y por serme fiel Riorrem se iba a limitar a volverse para acompañarte en tu punto de vista e inclinarse ante mí?

—Sos hija de Dapes también.

—No discuto el amor de Riorrem por mamá, pero las dos sabemos que jamás se extendió hacia mi persona. Para tu padre siempre voy a ser la hija de Desfret Ihalim.

—No es que hayas hecho mucho por tratar de hacerlo cambiar de opinión, tampoco, si consideramos la pocilga con olor a establo a la que lo enviaste apenas fueron tuyas las Habitaciones de la Reina. En todo caso ahora…

—Faghad, ¿pero qué querías que hiciera? ¿Que lo llevara a dormir conmigo? ¿Ahora esto es mi culpa?

—El Bjuriktalie es grande, hermana…

Había ya cansancio en la voz de la consejera, que releía el pequeño papel cruzada de piernas y acodada en sus rodillas. Keala, impaciente, se puso de pie.

—Si tengo que serte estrictamente sincera, no quería que se consiguiera un séquito de primos y me metiera un enclave Zaelim bajo mi propio techo. Lo envié a ese cuarto horrible porque a tu padre le gusta el buen vivir, y supuse que más temprano que tarde iba a entrar en razón y se iba a mudar a tu torre. Y confiaba más en vos que en él. Diría que los acontecimientos le han dado bastante la razón a mi desconfianza —Faghad calló, y no levantó los ojos del lugar del suelo en el que yacía el papel—. Igual es tu padre, y si hay algo, lo que sea, que yo pueda hacer…



Riorrem hubiera querido describirle a su hija el estado deplorable del equipamiento con el que su madre lo había enviado a reportarse a Bjurikti para marchar a Lubacay. O contarle de la extrema dureza del Consejo de las Zaelim, donde se había tenido que sentar una mañana y parte de una tarde a escuchar insultos e injurias del conjunto de tías y primas, en una banqueta alta e incómoda, sin apoyo ni respaldo, hasta que llegaron a la pantomima de una decisión que él sabía tomada de antemano por Ildei, su madre. No podían condenarlo a muerte porque todavía lo protegía haber sido entregado alguna vez a la reina Dapes ante las Siete, y haber engendrado a Faghad de las Sulim. Pero sí podían enviarlo a morir a la guerra que Gukduk-hé le había inspirado a la reina Keala.

El papel, sin embargo, era pequeño, y su vieja mensajera alada difícilmente pudiera cargar con todo lo que Riorrem, hijo descastado de las Zaelim, tenía para reprocharle a su hija, que lo había entregado a su suerte de semejante manera. Iba a tener que limitarse a lo esencial.

El cálamo mal cortado se enganchó en una irregularidad que la mesa transmitía al papel, y derramó gotones de tinta hacia todas partes. Menos espacio aún.

—Mierda —masculló entre dientes, cerró la frase apretando la letra y firmó por primera vez en su vida como Riorrem Gaelam, usando el nombre de la familia plebeya del que había sido su padre, el único que le habían permitido conservar. A falta de un paño secante, echó una bocanada de su aliento sobre la tinta fresca, dobló el papel con cuidado, lo envolvió en un trozo de cuero como única protección contra las inclemencias del clima y lo ató a la pata izquierda de la badrona. Le calzó el anillo de bronce más pesado en la derecha, el que indicaba que el destino era el Bjuriktalie, y la dejó ir.

—Que Gukduk-hé te perdone, pero que Sílik te encuentre, hija —murmuró, y la furia se le fue en el temblor de la voz. Y regresó a la tienda que compartía con otros nueve arqueros de Nales.



La Consejera negó lentamente, y se llevó una mano a la cabeza.

—No, Keala, Ildei lo hizo descastar para que quedara fuera de nuestro alcance. El Consejo de las Zaelim es dueño del castigo de quienes condena. No pueden, por lealtad a la memoria de Dapes, condenarlo a muerte sin consultar a las Sulim, pero enviarlo como simple arquero a las primeras filas en la invasión para que tenga muchas chances de morir en Lubacay… Bueno, eso no podemos impedirlo.

—Existe la chance de que sobreviva, también. No es exactamente lo mismo que mandarlo a matar…

Pero Keala vio los ojos turbios de su hermana y decidió que era mejor no concluir el argumento. Finalmente volvió a sentarse al lado de Faghad, y agregó:

—Supongo que lo único que podemos hacer es tratar de prescindir, hasta donde sea posible, de la arquería naleta.

Faghad le tomó la muñeca como agradecimiento mudo, y Keala entendió que era mejor dejarla sola. Pero cuando se quiso levantar, su hermana la detuvo.

—No, no te vayas, iba a buscarte más tarde de todos modos. Tengo que decirte algo. Y pedir tu consejo y autorización.


*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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