La pieza diferente: cuarenta y cuatro

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Por entonces la fe era más transparente, y para consagrar una unión ante las Siete había que reunirse bajo las estrellas, a la vista de sus ojos que rigen los destinos humanos. Había llovido más temprano, las lajas de la terraza circular que coronaba el edificio central del Bjuriktalie, donde estaba el altar, estaban todavía húmedas, y los ojos mojados de las diosas parecían brillar desde los relieves.

Nuralia había llegado a sugerir que la ceremonia podía posponerse, para espanto de Zuria. Pero eventualmente había clareado, y la pequeña comitiva que asistía a la unión de Faghad de las Sulim y Turog de la casa Ihalim había conseguido juntarse bajo las estrellas.

—Debés ser la primera Sulim que acepta hombre con tan poco público —comentó la reina Keala, en voz baja, cuando vieron llegar a Nuralia, Desfret, Kiana y Dedemie, con un pequeño grupo de sígadims. Meba Qualim, acompañada nada más por Ágrate, su joven éicadim, aguardaba ya junto a Ílsitar y Gava, cerca del altar.

—No, la última ceremonia de la tía abuela Ina no debe haber sido mucho más concurrida que esta.

—Pero la tía abuela Ina era una mujer anciana, que se unía a su compañero de vejez para encontrarlo más fácil del otro lado del sueño. No es lo mismo... En todo caso, la primera Consejera que toma hombre tan a las apuradas y en privado, seguro.

—Puede ser.

Por la escalera, finalmente, vestido con una túnica roja, sencilla, que parecía flamear a la luz de las antorchas y lo hacía parecer todavía más alto y delgado de lo que era, subió Turog, acompañado de su madre Zuria, que había elegido la misma vestimenta intimidante que reservaba para las audiencias. La expresión de Zuria, pese a traerlo de la mano, era dura.

—Seducir al hijo de Zuria, al mellizo de la heredera de Nuralia Ihalim… Todavía no termino de creer ni de entender esta jugada, Faghad. Espero que sepas lo que estás haciendo —murmuró la reina, procurando mover los labios lo menos posible.

—Yo también, Keala, yo también.

Se acomodó un pliegue de su túnica celeste, también hasta la rodilla pero mucho más ornada que la de su prometido, y se acercó hacia el altar circular, donde la sacerdotisa murmuraba los saludos a las diosas y mezclaba leche y miel en un cuenco con agua para aplacar a Sílik.




Cuando, después de la ceremonia y el breve y tenso banquete, llegaron a las habitaciones de Faghad, en la Torre de Nontima, los tres baúles que contenían las escasas pertenencias de Turog de las Ihalim ya estaban ahí. La última painoner salió con paso rápido, cerró la puerta de la base de la torre, y los dejó solos en la sala azul, la que ocupaba la planta más baja (que ya era un primer piso), por primera vez desde aquella mínima entrevista en el fuerte de Aleó. Se miraron en silencio, sin saber qué decirse.

—Bueno, bienvenido —rompió el silencio Faghad—. Espero honestamente que las comodidades de vivir en la Torre de Nontima, dentro del Bjuriktalie, compensen un poco el haber tenido que dejar todo lo que te era familiar tan… repentinamente —Turog, mientras tanto, abría uno por uno los baúles, verificando que nada había quedado atrás—. Y sé que accediste a esto sólo para proteger a Dedemie, nunca podré terminar de agradecerte por eso.

Él detuvo lo que estaba haciendo para una breve reverencia formal.

—Mi honor, Consejera.

—Vamos, Turog, estamos entre iguales, más vale que empecemos a tratarnos como tales. Después de todo, nos vamos a ver mucho las caras durante los próximos años —él la miró disimulando mal un resto de tristeza—. Y podría haber sido peor para los dos. Por lo menos ambos sabemos a qué atenernos... Dedemie me contó de tu escriba lubacaya, tu Aorion, también.

Turog se dejó caer con un sonido sordo sobre uno de los baúles nuevamente cerrados. Se pasó una mano nerviosa y rápida por el pelo, cortado casi al ras para la ceremonia, y esquivó mirarla a los ojos.

—No es que haya mucho que pueda hacerse al respecto tampoco, Consejera.

—Insisto, de hoy en adelante, Faghad. Y lo arreglaremos, no te preocupes —Faghad bajó la tapa del arcón de al lado y se sentó—. Turog, sos parte de la casa Sulim ahora, mientras yo viva responderás a mí y no a tu tía Nuralia y tu madre Zuria. Que con toda probabilidad quiere decir que nunca más tendrás que responder a ellas. Si las Siete te dan más vida que a mí y me sobrevivís, quedarás con tu hermana, que no en vano es la Heredera de las Ihalim. Además, si las Diosas quisieron que devinieras mi compañero, por algo será —le dio la mano, y buscó sus ojos—. Turog, conmigo podés contar. Y ya solucionaremos la situación de Aorion, con algunos elementos contamos.

Por primera vez, Turog levantó la vista y se miraron largamente a los ojos. Él cerró los dedos sobre la mano que sostenía la suya. Y esbozó, apenas, una sonrisa.

—Gracias, Faghad. Estos fueron días difíciles…

—Algo me dijo Dedemie, sí. Zuria no estaba demasiado feliz.

—¿Feliz? —Turog la soltó para completar con las dos manos su gesto de exasperación—. Pasé seis noches en una celda húmeda sin ventanas, camastro ni mantas a un pan duro y una copa de agua diarios, mientras mamá y Nuralia discutían si matarme o descastarme y venderme como esclavo. Si no fuera porque Dedemie convenció a Nuralia de que ser demasiado duras conmigo iba a implicar un problema serio con vos, y que eso no iba a ayudar a la causa de las Ihalim sobre el puerto de Golikti…

Faghad rió.

—No sabía que ese había sido el argumento. No es malo, hay que guardarlo en la manga —hizo un silencio—. Tal vez hasta podría usarse contra las Zaelim…

—Entendía por Dedemie que la situación con las de Nales estaba más o menos bajo control —Turog se puso de pie para inspeccionar el baúl que no había llegado a abrir. Sacó una bolsa de cuero grande, tapada por otros efectos personales guardados sin ningún orden ni cuidado aparente.

—Más o menos.

Faghad se alisó la túnica y se rascó la pantorrilla con gesto nervioso. Turog volvió a sentarse, esta vez en un almohadón contra la pared, y la miró inquisitivamente mientras forcejeaba para desatar la correa que cerraba la bolsa.

—Mi padre, Riorrem —explicó ella—. Digamos que mi abuela Ildei Zaelim no es una madre más tierna y compasiva que la tuya. Por lo pronto él no tuvo una hermana que intercediera por él, así que mi abuela lo descastó para que quedara al margen de mi protección. Y todo indica que su idea es mandarlo a las primeras filas de la arquería naleta.

—Lo siento mucho.

—Debí haberlo previsto. En todo caso, puedo hacer mucho menos por él que por vos. Puedo tratar de usar lo menos posible la arquería naleta. Y puedo pedir una dispensa, rogar que lo envíen a la reina Keala, pero es un favor que Ildei tiene margen para negar. Aunque deslizar alguna frase poco comprometida sobre la posible relación entre el futuro de papá y el del puerto de Golikti no sería mala idea, es cierto.

—Riorrem Zaelim ya ha demostrado cierta capacidad para salirse de situaciones estrechas y para torcer los designios de su madre, diría que no subestimes tanto el poder de su voluntad de supervivencia.

—Ya sé, cuento con ello. Igual no puedo evitar preocuparme por él. Ni sentirme  responsable. Tampoco hay que subestimar la furia de mi abuela —Faghad hizo un silencio antes de agregar, intentando cambiar de tema—¿Qué te pasó en la mano?

Turog miró la venda, y prefirió no responder. Se encogió de hombros y continuó luchando con la correa demasiado apretada que mantenía cerrada la funda. Quedaron en silencio hasta que finalmente el nudo cedió, y Turog sacó su glario. Soltó una exclamación furiosa: el instrumento había sufrido el poco cuidado y el apuro con el que alguien había guardado todo en los tres arcones, y el clavijero se inclinaba, partido casi por completo, hacia adelante, con la tensión de las cuerdas.

—Hay otro, si querés tocar.

—No te molestes, Faghad. Tampoco quiero abusar.

—No es abuso. Ya mandaremos el tuyo a reparar. O podemos comprar otro, como prefieras. Pero me gustaría escucharte hoy, me hablaron muy bien de tu música. De paso, ya que hay que buscarlo en una de mis arcas en la Sala Amarilla, arriba de todo, puedo mostrarte el resto de la torre.

Turog asintió, aceptó la lámpara de aceite que le ofrecía Faghad, y se dejó llevar por la escalera principal, que serpenteaba su curva complicada con ventanales angostos que dejaban ver cómo se alejaban las plantas más bajas del Bjuriktalie. Entraron primero a la Sala Blanca, donde ahora, junto con los libros, estaba también la mesa de trabajo, contra uno de los ventanales. Había lámparas encendidas, pero eran menos, y estaban dentro de cuencos blancos de piedra, para evitar que el fuego tuviera posibilidades de propagarse, así que la primera imagen que Turog se llevó de la amplia habitación fue la que le permitía la penumbra. En el medio de la estancia semicircular estaba la mesa de audiencias de la Consejera, rodeada de altas sillas duras, y con un silloncito de trabajo, cómodo y mullido, reservado para Faghad.

—No parecen muy cómodas esas sillas.

—Una audiencia nunca es una situación cómoda, y prefiero que haya motivos físicos para abreviarlas.

—Veo.

—Supongo que necesitarás poner al tanto a Aorion. Dedemie me dijo que iba a traer tus badronas por la mañana, sentite libre de usar mi mesa de trabajo y todo lo que necesites de esta Sala Blanca. O de cualquiera de las otras.

—Gracias, aunque la verdad que todavía no se me ocurre cómo decirle esto —respondió Turog, mientras pasaba sus manos largas por el taco de papeles para badronas perfectamente suaves y recortados. Abrió la ventana, y asomó la cabeza. El Gamir fluía tranquilo, bajo la pálida luz de Anaé y de las estrellas. Tuvo vértigo, no supo si por la altura o por la situación. Volvió a cerrar el ventanal.

—Bueno, Turog, Zuria tampoco te hubiera dejado ir tras una simple escriba de Baricai, a quien además objetivamente conocés poco. Y estoy segura de que alguien con la formación y edad de tu Aorion tiene que haber previsto eso. Era una cuestión de tiempo. Por lo menos estás conmigo y no con alguna matriarca de muchos inviernos que pretenda guardarte para sí. Insisto en que en cierta manera este es, para los dos, el más leve de los males.

—Supongo que sí, pero igual no sabría cómo decírselo.

—Con sinceridad y un plan de contingencia. Algo pensaba esta tarde, lo primero que hay que hacer es sacarla de Baricai. Y eso es más o menos fácil, basta que se consiga un caballo y llegue a alguna de las posadas del puerto de Golikti, que desde ahí podemos enviarle compañía y medios para refugiarla con Ferga Dredim en Fanerina hasta que lo peor pase. Viniendo con una dispensa mía, y lejos del conflicto, nadie se lo cuestionará. Sólo tendrán que esperar un poco, y hará falta luego algo más de reserva que la que mostraron entre las Veeklim. Ya no sos hombre libre, y no es bueno para nadie que te pasees abiertamente por Bjurikti con otra mujer, pero supongo que es manejable.

Turog, en la mesa de trabajo, se volvió, y la miró nuevamente a los ojos, por largo rato, apoyada en el marco de la puerta. Sonrió.

—Esa maldita costumbre que tiene mi hermana de tener razón. Sos increíble.

—Es lo mínimo que puedo hacer, sos el que menos culpa tiene en todo esto. ¿Seguimos?

Turog asintió, y volvió a la escalera. Faghad cerró las dos hojas de la puerta y se adelantó unos peldaños para guiarlo.

—¿Las puertas de los descansos qué son?

—Hay una escalerita de servicio al lado de ésta, y en estos pisos hay algunas salas de mantenimiento y de guardia. Por eso la Sala Azul y la Sala Blanca no ocupan todo el círculo. La escalera de servicio termina un poco más arriba, en un desván. Mirá —indicó, mientras abría una de las puertas, y mostraba la segunda escalera, que describía una espiral cerrada, mucho más angosta que la que ellos transitaban, y tenía peldaños terminados con madera. Él dio una mirada rápida, y volvió a cerrar la puerta. Ya habría tiempo para explorar por la mañana. Continuó subiendo.

—Bueno, hay que reacondicionarla todavía, pero la idea es que esta sea tu sala, Turog. Confío en que será una mejora respecto de tu habitación en la Casa Roja. No hubo tiempo de conseguir mobiliario acorde, y deberemos compartir mi cama más arriba por esta noche, pero te darás una idea.

El color característico del techo de la Sala Lila y los detalles de los murales que ocupaban buena parte de las paredes eran casi imperceptibles en la penumbra de las pocas lámparas prendidas. Era, se veía, una sala de estar, repleta de almohadones y sillones bajos, y con algunos libros esparcidos por varias mesitas. La circularidad de la habitación era perturbada apenas por la forma del espacio relativamente reducido que ocupaban las escaleras. Turog abrió una por una las ventanas, se paró en el círculo de mosaico que marcaba el centro de la sala, en la que podía entrar varias veces su habitación anterior, y contuvo el aliento. Necesitó sentarse. Faghad se acomodó a su lado, manteniendo un poco de distancia.

—Hubiera sido la habitación de mi padre Riorrem, si él hubiera sido un poco más fiel a la memoria de mi madre y me hubiera ayudado a buscar la paz entre las Veintiuna Familias.

Esta vez fue él quien buscó con la suya la mano de Faghad, y ella quien, tras devolver el leve apretón, la retiró y se puso de pie.

—No queda mucho por recorrer, y tengo impaciencia por escucharte tocar.

Turog se apoyó en las puntas de los dedos de la mano izquierda, para acuclillarse , pararse e ir tras ella. La siguió escaleras arriba, hacia una sala casi idéntica a la que acababan de dejar, pero con el cielorraso de un tono verde claro, banquetas bajas y armarios que cubrían varias de las paredes. Sobre uno de los costados, cerca de lo que en la penumbra Turog supuso que sería un balcón, había una mesa larga con seis sillas, que evidentemente formaban un pequeño comedor privado.

—Hay que decir que es una torre digna de una reina.

—Bueno, por algo se llama la Torre de Nontima, alguna vez lo fue. Y sabrás que mi madre pretendía que volviera a serlo, sólo que las cosas se desarrollaron distinto.

—Entiendo —dijo Turog, que recordaba bien el animado movimiento de la Casa Roja cuando Nuralia había hecho todo lo que estaba en su poder para que fuera Keala hija de Desfret Ihalim y no la hija de Riorrem Zaelim quien sumergiera su mano en el agua de las Siete.

No permanecieron mucho rato en la Sala Verde. Subieron hasta la última de las habitaciones, la Sala Amarilla. Había allí otra mesa de escritura, más armarios, dos poltronas, muchos almohadones, varias arcas y una cama espaciosa. Y mesitas llenas de un sinfín de cajas y objetos pequeños, que él supuso que ya tendría tiempo para explorar. Allí sí estaban encendidas todas las lámparas, que parecían hacer danzar los murales de las paredes. No le tomó mucho rato a Turog llegar a la rápida conclusión de que, de todos los espacios que habían recorrido, la primera sala azul y esta que ahora visitaba eran las que Faghad efectivamente solía habitar.

—Un momento —pidió ella, mientras levantaba la pesada tapa de una de las arcas y sacaba el estuche rígido, abotonado con seis tiras de cuero, que contenía su glario. Se lo entregó para que lo abriera—. Siempre quise aprender, y Keala intentó enseñarme, pero nunca tuve la paciencia necesaria, supongo. Le cambié las cuerdas hace relativamente poco, porque pretendíamos volver a intentarlo. Pero después ocurrió lo de mamá y hubo que guardarlo de nuevo.

—No sabía que la Reina tocaba el glario.

—No suele hacerlo en público, no, pero le dedica buena parte de su tiempo libre. Compone buenos versos y melodías, y canta bastante bien.  Yo… Bueno, digamos que nunca tuve esos talentos.

Turog sonrió.

—Puedo intentar enseñarte, no podés ser peor que mi hermana. Pero te advierto que Dedemie nunca aprendió.

—Podemos intentarlo.

El último de los botones cedió, y Turog se quedó un rato contemplando el instrumento antes de tomarlo. Era antiguo, claramente obra de Enna Ingam, como el de Nuralia, y mucho mejor que su glario maltratado, que aguardaba vencido y quebrado cinco pisos más abajo. Finalmente lo tomó por el mango, dejó la funda en el suelo, se sentó en el alféizar de una de las ventanas, lo afinó con paciencia y cerró los ojos para entonar una tonada triste, propia, que no había tenido mucho tiempo de probar.

Faghad se tendió sobre un almohadón grande, frente a otra ventana abierta, fijó la mirada sobre la pálida morada blanca de Ambaké y lo escuchó en silencio.

—Tiene razón Dedemie, con eso de que trae paz escucharte.

—Gracias —respondió él con una sonrisa algo incómoda—. En realidad, gracias por todo, Faghad, tengo que reconocer que esperaba una bienvenida menos cálida.

—¿Por qué?

—Bueno, después de todo, esto fue una de esas ideas descabelladas de Dedemie.

Faghad chistó, se levantó del almohadón y se sentó en el borde de la cama.

—No sirve de nada hacernos la vida miserable a los dos. Si nos toca cabalgar, procuremos que al menos sea un paseo más o menos agradable.

Turog jugueteó un rato más con una melodía improvisada en el instrumento, pero le temblaban un poco las manos, y prefirió hacer silencio.

—Hablando de cabalgatas —agregó él, incómodo, mientras volvía el glario a la funda—no sé cuál es tu idea respecto de esta noche…

—Sin ánimo de ofender, sé que lo más seguro para los dos es sellar la unión pronto y buscar descendencia, y que eventualmente nos va a tocar encargarnos de eso, pero la verdad es que no tengo voluntad, ya pasé por mucho hoy, y preferiría postergarlo un poco.

—Ninguna ofensa, la verdad que yo tampoco tengo muchas ganas… No es por despreciarte, es decir…

Faghad rió.

—Tranquilo, nada de qué excusarse. Habrá que compartir la cama esta noche, igual, para no levantar sospechas. Además todavía no tengo otra para ofrecerte.

Él asintió, y volvió a agradecer. Dejó el glario en su funda sobre la mesa de escritura, el único espacio en el que había algo de superficie libre.

Hacía calor, pero arriba en la torre corría un viento fresco cuando finalmente apagaron, entre los dos, las lámparas. Esa noche, bajo la luz pálida de Aleó, Faghad y Turog durmieron juntos. Pero conservaron las túnicas puestas.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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