La pieza diferente: cuarenta y cinco

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Aorion Onite copió por última vez el mensaje urgente que debía partir esa noche en los pies de las badronas y en los morrales de las mensajeras. La Reina se había reunido nuevamente esa tarde con las Iniciadas del otro lado del sueño, así que buena parte de Lubacay estaba en alerta. El mayor problema residía en informar a las familias desperdigadas por los pueblos de la línea costera. Y, sobre todo, a las que habían elegido armar sus poblados entre las altas montañas, esos sitios a los que las badronas no suelen llegar, desde y hacia donde la marcha es larga y peligrosa. Y que, se recordó incómoda Aorion, hacía muchos años que sólo respondían nominalmente a las Mnatesogran: iba a hacer falta la voz imperiosa e insistente de las mensajeras y de las Iniciadas en el Consejo del Valle para conseguir convocarlas.

Y eso, pensó preocupada, podía tardar.

Limpió el cálamo, tapó con cuidado el cuerno de tinta, se echó hacia atrás en la silla y se masajeó la mano cansada. Había dormido, pero le pesaba el cuerpo como si hubiese pasado la noche en vela. Dejó caer la cabeza hacia atrás y miró las lejanas vigas oscuras del techo. Cuando volvió a enderezarla, su mesa de escritura pareció girar, y sintió su silla flotar en algo espeso, inestable. Dejó unos momentos las dos palmas de las manos sobre la mesa para recuperarse.

Eventualmente iba a tener que decírselo a sus compañeras. A la vieja Siliana, al menos, y confiar en que los años le darían el tacto necesario para informárselo a las demás. Pero decirlo ahora implicaba admitir que había hecho más que diplomacia en Mabalaya. Quizás si esperaba un poco podría todavía borronear algo las fechas.

—¿Estás bien? —preguntó Dala, desde la mesa de al lado.

—No es nada. Mucho calor y mucho rato quieta, ya se me va a pasar —Aorion hizo su mejor esfuerzo para sonreír. Notó la mirada suspicaz de Siliana, que continuó por unos momentos trazando las letras con la memoria de sus manos, sin mirar el papel—. Terminé con mi parte, igual, si nadie precisa ayuda con lo suyo voy a volver a casa, a mojarme la cabeza y descansar un poco.

—Estamos todas terminando —dijo Siliana sin dejar la mano quieta. Su tarea era mucho más abultada que la de todas ellas, aun la de Aorion. Pero la vieja escriba también era quien más rápido y eficientemente trabajaba, y estaba en las últimas líneas del que probablemente fuera el último documento que debía copiar—. Si te hace falta descanso, adelante, no te retendremos.

—No es nada, en serio, si hace falta que…

—Podés irte, Aorion.

—Gracias, Siliana —respondió con una inclinación de cabeza. Hizo un gesto de saludo dirigido vagamente a todas y salió, intentando mantener firme el paso.

Si hubiera tenido que explicar cómo hizo para volver a su casa y subir la escalera, se hubiese encontrado en problemas. Pero una de las pocas ventajas de vivir en una ciudad que se prepara para una invasión radica en que quienes no tienen mucho que hacer tienen mucho de qué preocuparse, así que Aorion no debió volver a fingir entereza ante nadie. Cuando finalmente llegó a su habitación quedó un rato en cuclillas, los ojos fijos en un trozo de trapo en el suelo frío, antes de recuperarse lo suficiente para notar la badrona que la observaba desde la ventana, esperándola.

Sí, antes que nada, pensó, tenía que decírselo a él.

Se puso de pie, arqueó la espalda, y se acercó a la badrona, que se dejó quitar, mansa, el mensaje. Lo desenrolló: era más largo que otras veces. Se echó en la cama para leer.

—¿Qué esperabas, Aorion, hija de Mia Onite y vaya una a saber quién? —se dijo, con la voz quebrada, después de releer el mensaje un par de veces—¿Que la cabeza de las Ihalim consintiera en entregarlo a una escriba pobre? ¿A una enemiga?

Volvió a releer. Le ofrecía la vaga limosna de resguardarla de la guerra. Y la tibia promesa de volver a verla cuando lo peor hubiera pasado. Por cuenta de la Consejera de la Reina. La mujer que lo había aceptado ante las Siete.

Buscó en su memoria el rostro de Faghad de las Sulim, pero su recuerdo de la elección de la Consejera era vago, y además Dedemie los había hecho ver todo desde bastante atrás. En la coronación le había pasado perfectamente desapercibida. Por lo poco que podía recordar de ella, era casi una niña. Demasiado joven para el cargo, recordó. Con el cabello renegrido que, según Dedemie, había heredado de su padre, hijo de las Zaelim. Pero el rostro la eludía.

¿En qué estaba pensando Turog para siquiera proponerle algo así? Ni siquiera era seguro, lo más probable era que la Consejera Faghad intentara deshacerse de ella tan pronto como la tuviera a su alcance. No dejaba de ser la amante del hombre que había tomado para sí.

Estaban, sin embargo, esas dos frases: “Ni Faghad ni yo buscamos esto, unirnos fue para ambos el mal menor. Podré explicártelo mejor cuando volvamos a vernos.”

—Para qué engañarte, Aorion, ¿qué mujer podría considerar unirse a Turog un mal menor?

Leyó una vez más el mensaje antes de romperlo.

El hermano de la heredera de una de las Cuatro Casas de Mabalaya, y Faghad de las Sulim, hija de la reina Dapes. Esperable, claro. Lo inesperado era ella. Y la hija o el hijo que había tenido la desdicha de concebir.

Faghad de las Sulim, como quien había crecido para el mando, pensó, seguramente dominaría, de las Cinco Lenguas, por lo menos el lubacó, la de las grandes narraciones y los misterios y plegarias de Delero. Y en el raro caso de que no, tendría una traductora de confianza. Turog sólo entendía las palabras y frases sueltas que ella le había enseñado, y jamás había visto el idioma en su forma escrita. Así que redactó la respuesta, una negativa breve y cortante, en su lengua materna, para tener la certeza de que la primera en leerlo sería ella.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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