La pieza diferente: cuarenta

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Keala, pensativa, mordió la gabaya madura que tenía en la mano, y tuvo que detener con los labios el hilo de jugo que le bajó por la mano. Faghad se limitó a su copa de daghar, que ya empezaba a entibiarse.

—¿Cómo podés estar tan segura de lo que va a responder Nablea? Lo esperable sería que intente negociar, debe imaginar que sólo pretendemos un impuesto sobre Isidena.

—La reina de Lubacay supo antes que nosotras que esta guerra iba a ocurrir, no en vano es una Reina Iniciada. Está fortificando Isidena mientras hablamos, lo sé de buena fuente.

Faghad le sostuvo la mirada, pero no agregó nada más. Keala terminó su gabaya en silencio, y llegó a la conclusión de que no valía la pena indagar sobre dónde había conseguido, tan rápido, informantes en Lubacay su hermana, que no salía del Bjuriktalie para más que apuntar unas flechas y practicar unos pases de esgrima en el fuerte de Aleó. Por algo, volvió a decirse, la había elegido como consejera.

—Entonces habrá que convocar a Meba y a Nuralia. con la gente que las Qualim y las Ihalim pueden reunir bien podemos llegar a Isidena antes de que Ildei pueda aducir que la guerra nunca llegó a declararse. Y por mucho que Lubacay fortifique Isidena, la ciudad va a caer rápido.

—La reina Nablea no espera otra cosa, según tengo entendido.

—¿Y su pueblo la sigue a defender una ciudad perdida?

—Su pueblo no sabe que las Iniciadas ya resignaron Isidena, por supuesto.

Keala volvió a fijar sus ojos en los ojos negros, inescrutables, de su hermana.

—¿Qué noticias hay de Riorrem?

Recién entonces Faghad bajó la mirada, bebió de un trago el resto de daghar que le quedaba, y se levantó a buscar una botella de klazheara en una de las repisas de la sala de audiencias de su hermana.

—De mi padre no sé nada. Puedo suponer que llegó a Nales, porque la badrona que recibí hoy de Ildei es una de las suyas, yo la reconocí y ella a mí. El mensaje tenía una sola línea: “Recibido el aviso de la leva, las Zaelim comparecerán con su ejército a Bjurikti tan pronto como sea posible”. Ambiguo como suena.

Y le extendió a su hermana una serga dorada, con el ínfimo mensaje en su interior. Algo en la furia de la letra diminuta y apretada hizo que la reina adivinara en los trazos la mano de la misma Ildei.

—¿Habrá modo de convocar a Nuralia Ihalim y a Meba Qualim para esta misma noche?

—Podemos intentarlo. Supondría que sí. Igual nos estamos manteniendo dentro de los plazos que calculamos en primer término, y ya están ambas avisadas, es sólo organizarse y dar la orden de marchar.

Keala se echó hacia el respaldo de su ancho asiento, intranquila.

—Va a ser una invasión inevitablemente desordenada. Y Nablea nos estará esperando.

—Es el ejército de Bjurikti contra una ciudad que es casi un pueblo. Y Lubacay no lo va a defender demasiado seriamente, a la reina Nablea le importa más concentrarse en la defensa de Baricai. Isidena no va a resistir mucho, no creo que intenten más que demorarnos. A lo sumo será un sitio breve, hasta tanto llegue Nales.

—Y entonces tendremos que preocuparnos de no recibir una muy accidental flecha naleta.

Faghad rió, pero sus ojos negros se mantuvieron serios.

—Procuraremos no tentar a la suerte, hermana, conviene que te mantengas lejos del frente de batalla —dijo, y se bebió la klazheara de un solo trago—. ¿Envío yo las cartas o las enviarás en persona?

—No te preocupes, Faghad, lo haré yo. Convocaré para la primera estrella, así que te queda lo que resta de la mañana y de la tarde.

—Tiempo suficiente para aprender a tocar el glario, ¿no?

Keala rió.

—O escribirse una crónica de la caída del fuerte de Anaé.

Faghad apenas acompañó a su hermana con una sonrisa quebrada hacia el costado. Se despidió con una inclinación de cabeza, dejó la copa sobre la mesa en la que yacía la frutera bien provista de la reina, y salió hacia su torre, seguida en silencio por Ariana Gulim y el atranim de turno (Faghad tenía problemas para recordar su nombre), que la esperaban en la puerta.

Había, básicamente, dos opciones, se dijo, mientras se hacían a un lado, en un pasillo angosto que servía como atajo, para dejar pasar a dos lavanderos, cargados de ropa sucia. O bien Riorrem se sentía demasiado herido por la traición como para escribirle, o bien Ildei lo tenía prisionero. Ambas eran igualmente posibles. Y no podía enviar sencillamente una badrona a Nales para preguntar.

En todo caso, por lo menos podía estar bastante segura de que su padre estaba vivo, y las chances de una invasión a Bjurikti se habían virtualmente neutralizado. En ese sentido, suponía que sus primeros pasos como Consejera habían tenido relativo éxito: tanto ella como Riorrem y Keala habían quedado a salvo. Aunque no hubiera tenido el arte de su madre la reina Dapes para evitar una guerra. Algo es algo.

Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Faghad y la encontraron abierta, Ariana se puso en guardia, y el atranim (¿Osnir? ¿Ostir?) entró primero, con la espada desenvainada.

—Hay una emisaria de las Ihalim —informó al salir—. Dice que necesita hablar con usted, Consejera. ¿Quiere que la acompañemos en la entrevista?

—¿Quién es?

—Dedemie hija de Zuria, Consejera.

Intentó controlar el vértigo para negar, e indicar con un gesto que podían aguardar en la antesala como de costumbre. Ariana, notó, parecía preocupada.

—No me va a asesinar la heredera de las Ihalim en una audiencia, Ariana, y si la mensajera es de tal rango es de esperar que el mensaje sea por lo menos delicado.

Su sígadim asintió en silencio, no mucho más tranquila, y tomó puesto al lado de la puerta, de pie. Faghad decidió que era mejor no insistir demasiado en el asunto, y entró. Cerró la puerta, le dio un beso rápido a Dedemie, y la invitó a subir, con un gesto, a la segunda de sus salas, por una escalera interna.

—Es que quedó mi escolta escuchando tras la puerta. Ariana parece creer que buscás matarme —explicó, una vez que hubo cerrado la compuerta, mientras Dedemie se acomodaba en unos almohadones en el piso—. Ahora, ¿se puede saber qué hacés a plena luz del día en mi torre del Bjuriktalie? Habíamos dicho que era buena idea espaciar un poco nuestros encuentros privados para no despertar suspicacias, ¿te volviste completamente loca?

—Cualquiera diría que no te alegrás de verme, Faghad.

—No es eso —replicó, mientras se sentaba a su lado—, pero es una locura, Zuria va a saber que estuviste conmigo y va a querer explicaciones.

—No me subestimes tanto. Por supuesto que Nuralia y Zuria saben que estoy acá. Técnicamente me envían ellas, esto efectivamente es una audiencia. Procuré venir yo, porque el asunto es delicado y nos incumbe. Y quise ahorrarte una conversación muy incómoda con mi madre. Que además no es la heredera de las Ihalim y no tendría problemas en envenenarte en una reunión formal, los venenos lentos son su especialidad. Hablando de venenos, si tuvieras algo fuerte para tomar, nos va a hacer falta.

Faghad se puso de pie, y accionó una cadena. Enseguida apareció Diorde, que al notar a Dedemie no llegó a cubrirse el rostro con suficiente rapidez para no ser vista.

—No te preocupes, Diorde, estamos en confianza. Voy a necesitar un par de botellas de rifgeara, ¿podrás subirlas?

La esclava dárdera asintió, se abotonó el velo y descendió.

—Pero es…

—La que fue a la coronación. Sí, mientras se mantenga en silencio y se eche un poco el pelo sobre las orejas realmente nos parecemos mucho. Antes de devenir Consejera podía hacerla pasar por mí de tanto en tanto, nadie se fija mucho en una princesa joven. Riorrem y Gava, sí, y puede que Keala, pero nadie más realmente mira.

—Tiene los ojos más rasgados. Y no camina con tu misma cadencia. No, yo las reconocería sin problemas, como te reconocí alguna vez en el mercado.

—Ahora que lo pienso, bueno, esa es Diorde, yo pasaba por ella y ella por mí el día en que te conocí. En el palacio suele usar velo, decimos a quien pregunta que tiene labio leporino y prefiere no mostrarse. Afuera no suele tener tanto cuidado.

—Debería tenerlo. No es seguro parecerse tanto a vos.

La dárdera volvió a entrar, esta vez con las dos botellas y dos copas de metal. Dedemie le dio las gracias, y se puso de pie para servirlas.

—Suficiente sobre Diorde, lo que quiero saber es qué es lo que te trae por aquí.

Dedemie tomó su copa de un trago antes de responder.

—Turog.

—¿Qué problema hay con tu hermano?

—Que está en una celda de castigo por culpa nuestra. Y puede ser peor si no hacemos algo al respecto. A ver, ¿recordás a Nígot Failim, que estuvo trayéndote mis mensajes?

—Sí, un amigo de Turog, que sirve a las Qualim.

—Por supuesto, Nígot nunca supo que los mensajes eran míos. Dio por sentado que había algo entre Turog y vos, y por seguridad mi hermano nunca lo contradijo.

—¿Y esto llegó a oídos de Zuria, tengo que entender?

—Exacto. Primero lo supo Meba Qualim, y como al parecer a Meba no le alcanza con encargarse de lo que le incumbe a la familia que tiene a cargo, no tuvo mejor idea que contárselo a Zuria. A mamá, imaginarás, no le hizo gracia. Es mucho menos grave de lo que podría haber sido si llegaba a saber de lo nuestro, claro, Turog es hombre y no tiene tanto que perder. Pero no le hizo ninguna gracia.

—¿Y qué puedo hacer yo en todo esto? ¿Desmentir a Nígot? No creo que funcione, por lo que sé de tu madre.

—No, eso no…

—¿Pedir públicamente disculpas, de mi parte y de la casa Sulim, y prometer que no va a volver a pasar? No creo que eso mejore mucho la situación de tu hermano, Dedemie.

—No, nada de eso. A ver, si es por mi madre, Turog termina descastado por traición a la Casa, y probablemente no sale vivo de ese calabozo. No tan lejos de la verdad, supone que si seguís respirando es porque él tuvo algo que ver o te puso sobre aviso, y eso implica ir contra el Consejo de las Ihalim. Gracias a las Siete y al manto de Sílik no pudo saber de lo nuestro. Pero mamá no es idiota, y pudo ver que existe relación entre el hecho de que sigas con vida en el puesto de Consejera, el de que Turog haya tenido cierto trato reciente con Baricai, y el de que estemos ante las puertas de una guerra contra las Mnatesogran que se nota mucho que es una excusa para desviar otro conflicto. Invasión que, a su entender, no conviene a los intereses de las Ihalim, porque ella y Nuralia preferirían entrar de una vez por todas en guerra con las Zaelim. No, si es por Zuria Ihalim, mi hermano Turog debería preferir estar muerto.

—Y supongo que si hay una vía de solución, viene de Nuralia.

—Y de mi larga insistencia en que tomar medidas contra Turog iba a resultar en alguna clase de represalia de tu parte, y de que era mejor usar el vínculo en nuestro favor.

—El supuesto vínculo entre Turog y yo, querés decir.

—Exacto.

Faghad entendió, y se bebió, ella también, su copa de un trago.

—O sea que básicamente la idea es que yo me una a Turog, y que, de alguna manera, absurdo como suena, generemos descendencia que junte la sangre de Zuria y la de Ildei.

—“De alguna manera”. Bueno, hay una sola. Por lo pronto, que nos ganes algo de tiempo y lo aceptes como tuyo ante las Siete. Va a estar mejor en el Bjuriktalie con vos que en una celda de la Casa Roja, te lo aseguro.

—Y tengo que asumir que esto es idea tuya.

—Sé que es mucho pedir, pero ¿harías esto por mí? ¿O se te ocurre una mejor idea, al menos, de mantener a mi hermano libre y con vida?

Se miraron en silencio, de pie, las copas vacías en las manos. Apenas se oía el ruido del Gamir, que fluía lento abajo.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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