La pieza diferente: cincuenta y uno

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Con un movimiento muy rápido, al punto de que a Nígot le costó reconstruirlo completo, Libítare Qualim tensó el arco y lo apuntó a unos arbustos aparentemente inmóviles, cerca del muro destruido que alguna vez había contenido el jardín en el que estaban. Se escuchó un sonido ahogado, y un jovencito esmirriado, casi un niño, desarmado y con una pierna herida y mal vendada, cayó con una flecha atravesada en la garganta. Una mujer vieja, que esperaba en una hilera de ciudadanos de Isidena, formados para el censo en lo que quedaba del amplio jardín de una de las casas más amplias de la ciudad, dejó escapar un grito agudo, y se llevó una mano a la boca. Turog no entendió las palabras del lamento en lubacó de la anciana señora, pero le pareció que reiteraba una y otra vez un nombre, supuso que el del muchacho muerto. Otro joven en la fila, de su edad, al que Nígot había obligado a desarmarse más temprano, cerró los ojos y murmuró lo que parecía, por la cadencia, una plegaria. Le pareció escuchar de sus labios el nombre de Delero, fluido en la entonación de la oración en la lengua de las Iniciadas.

—Si nadie más quiere probar la punta de mis flechas o el filo de mi espada, sugiero que continúen hacia adentro de la casa, se censen y no intenten fugarse como ese idiota allá.

La sobrina de Meba le dirigió un gesto con las cejas a una mujer regordeta, de brazo vendado con un pedazo de tela arrancado a su propia ropa y cabello sucio pegado a las orejas, que entendió y tradujo para los demás.

—Libítare, eso era por completo innecesario —protestó, en voz baja y furiosa, Dedemie—. Bastaba que lo amenazaras, iba a volver a la fila. Era un niño.

—Hay que dar el ejemplo. Ahora un niño, luego un guerrero, y más tarde alguien que pasa un reporte de nuestras tropas a Baricai.

—Seguro que volaron más badronas de las que pudimos alcanzar con nuestras flechas, antes de que la ciudad cayera. Ese reporte Nablea lo tiene, no te quepa la menor duda. Y un muchachito flaco como ese no es una badrona. Ni un guerrero.

—Hoy no, mañana quién dice. Dedemie de la casa Ihalim, ¿no está tu escuadra ya en otro sitio?

—Los hombres de las Veeklim, como los de las Dredim, marcharon con Ílsitar Sulim a explorar el territorio en el camino a Baricai. Los de las Ihalim y Sfelim están recolectando los muertos y llevándolos fuera de las murallas, para encender las piras, y no me necesitan para eso. Nada me retiene en otro sitio, así que bien puedo permanecer aquí. Agradecería que no nos compliques el trabajo a todos sumando cadáveres de gente que bien podría haber vivido. Vinimos a tomar Isidena, no a destruirla por completo. Y entiendo que tengas ganas de seguir practicando tu puntería con algo que no sean bolsas de semillas, pero esta gente ya se rindió.

Libítare se encogió de hombros, y empujó con el pomo de su espada a una mujer que, ausente, no había notado que la fila se movía. La mujer perdió un poco el equilibrio en la hierba embarrada, pero lo recuperó rápidamente y avanzó hacia donde las Qualim continuaban con su censo.

Nígot, algo asqueado, se adelantó unos pasos. Pese a que se había sacado el casco y había dejado el escudo contra un árbol cercano, le dolía la cabeza, le pesaba la loriga, de cuero reforzado con partes metálicas, las grebas le quemaban las piernas y sentía los pies lastimados. Pensaba en las muchas partes de la guerra sobre las que nadie avisa. En el muchachito todavía tirado allá en el fondo, boca abajo contra el pasto y con la flecha de Libítare que le atravesaba la garganta. En Belfar Drilim, un joven de su edad, que había viajado de Brenales a Bjurikti más o menos para el mismo momento en que él había llegado de Gadel, y cuyo cuerpo moribundo había tenido que pisar en la retirada, cuando la defensa de Isidena había contraatacado con flechas incendiarias. En el barro. En el olor de la sangre y la carne quemada, todavía pesado sobre la ciudad caída. En las casas que habían ardido hasta que los derrumbes y la rápida y abundante lluvia las habían apagado, ambigua asistencia de Delero a una de las ciudades que la veneran.

Se sacudió un poco el barro de las manos en el borde de la briada entallada que asomaba apenas bajo la loriga demasiado corta, para escurrirse el sudor con las palmas. Le indicó a un hombre anciano, con toda la amabilidad que pudo ponerle al gesto, que tenía que avanzar, y pese a su total desconocimiento del lubacó entendió claramente el nombre de Inúmare la que reina en el Inframundo en su respuesta. Pero prefirió hacer de cuenta que no había comprendido.



Amberó todavía no había alcanzado el cénit, pero no quedaba mucho para ello, y era bastante más tarde de lo que Faghad había planeado: hubiera querido encontrarse temprano con las tropas de Serkina, apostadas a las puertas de la ciudad, para hacer a más tardar al mediodía el desvío que implicaba unirse con las de Nales, que esperaban en los campos de Daino. Pero su sígadim Ariana y su compañero Turog no aparecían por ninguna parte, y si bien podía partir y esperar que se unieran más adelante le provocaba cierto malestar marchar sin ellos. Había bajado ya a las caballerizas con tres de los atranim del Bjuriktalie como escolta, dos muchachos jóvenes de la casa Liim (¿o eran Maelim? siempre tenía sus problemas para diferenciar a las casas libres de Brenales) y Mépar Gulim, hermano de Ariana.

Cuando las sombras habían empezado a hacerse más cortas, había enviado a Mépar a buscarlos, pero el joven tampoco había vuelto. Y Faghad empezaba a inquietarse. Estaba ya por enviar a parte de la Guardia a buscarlos cuando vio venir a los tres. Turog parecía inusualmente serio, y Ariana, visiblemente alterada, contra su formalidad habitual, corrió a abrazarla al verla.

—¿Se puede saber por dónde estaban, y qué les tomó tanto?

—Pongámonos en marcha —sugirió Turog—. Hay que salir ya mismo de Bjurikti. Te explico en el camino, cuando podamos apartarnos un poco y nos tape el ruido.

Ariana asintió enfáticamente. Intranquila, Faghad ajustó su montura, subió con un envión rápido y ágil a su caballo, y dio la orden de partir.

Turog mantuvo el ceño fruncido y los labios sellados hasta que, ya junto con las tropas de las Haelim, Fegelim, Grelim y Kalim de Serkina, alcanzaron la mitad del camino a Daino. Apartó entonces su yegua brenalina hacia la orilla ruidosa del Gamir, y Faghad entendió que debía alejarse con él. Desmontaron, y mientras los caballos bebían ella se acercó, le pasó un brazo por la espalda y recostó su cabeza sobre su hombro. Él entendió la estrategia, siguió el juego y la abrazó.

—Ahora sí, ¿me vas a decir de una buena vez qué pasó?

—Diorde. Apareció muerta en el mercado, alguien le abrió el bajo vientre con una daga larga, seguramente confundiéndola con vos.

—¿Qué?

—En el tumulto, nadie vio nada. Una mujer, no pudimos saber a ciencia cierta quién, la identificó con el Bjuriktalie, y con la Torre de Nontima. Ariana recibió y reconoció el cuerpo, por un horrible rato creyó que eras vos. Llegó a decirme que habías muerto. No pudimos averiguar mucho más.

—¡Pero esto es terrible, Turog! Hay que regresar, hay que investigarlo.

—¿Estás completamente loca? No, hay que dejar la ciudad, estar triplemente alerta, y apenas se pueda hablar con mi hermana. También procurar que no entres al combate, y que no te quedes sin una guardia de confianza. Personalmente estoy bastante seguro de que mamá está aprovechando la proximidad de las Zaelim, y el hecho de que Dedemie y yo no estamos en la Casa Roja. Haberme aceptado no te protege de lo que piensa de vos: más bien, nada más me saca del medio.

Se separaron en silencio, volvieron a montar, y apuraron el galope para retomar su posición en la marcha.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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